Lunes 5 de febrero 2001


"MI TRANSITO ENTRE LA OSCURIDAD Y LA MUERTE"

El ingeniero de la empresa constructora Simán, Juan Gerardo Alvarado, sobrevivió, luego de permanecer sepultado 25 horas bajo un alud en Comasagua. En ese infortunado viaje, lo acompañaban tres personas más. Sólo una de ellas logró sobreponerse a la adversidad. Fortaleza, serenidad y, sobre todo, mucha fe, evitaron que cayeran en ese profundo abismo que llamamos muerte. A continuación, el estremecedor relato

Oscar Tenorio
El Diario de Hoy

Mis últimos días han transcurrido en esos polvosos caminos que parten las crestas de las montañas hasta que se pierden en las alturas de Comasagua. Diría que conozco, a la perfección, esos cerros, con sus curvas y sus cafetales. Inevitablemente, parte de mi vida quedará allí, entre tanta tierra removida, con la huella de mi trabajo y los recuerdos de una cercana desgracia que me acercó a la muerte.

Eran las 11:15 de la mañana cuando aceleré el movimiento del "pick-up". Tenía que llegar rápido a La Flecha, justo en el desvío para Comasagua. Allí me esperaba Rosa Alicia Alas, una subcontratista que se encargaría de engramar parte de las laderas de la carretera que la empresa para la que laboro construye en esa zona.

Era la segunda ocasión que la veía desde que me la presentaron. Y la encontré allí, atenta. La acompañaba un obrero, el engramador, y un niño. Pronto, me enteré de que era su hijo.

En el corto camino que teníamos que recorrer saludamos a algunas personas con las que trabajamos en el proyecto de construcción de la carretera. En pocos minutos, llegamos a la zona que se iba a engramar; pero el trabajo no terminaría allí, por lo que abordamos otra vez "el pick-up" y avanzamos sobre el polvoso camino.

Llegamos a un lugar en donde la calle pasa en medio de un cerro. Justo cuando entramos en ese espacio, observé que nos caían pequeñas porciones de tierra desde las alturas; pensé que estaban chapodando.

No sentía nada, debido al movimiento del "pick-up". Pero, de repente, las oscilaciones se incrementaron, los árboles se movían de un lado a otro, la tierra se partía. ¡Todo aquello era anormal!

En esos confusos segundos, observé que a unos 20 metros de distancia caminaba un señor que, de pronto, se detuvo. Tembloroso, nos miró aterrorizado. Estaba espantado por la forma como se movía la tierra.

¡Jesús!, pensé, ¡es un terremoto!. Cuando detuve la marcha, cayó un poco de tierra delante de nosotros. Intenté retroceder; metí con fuerza la pierna en el clutch, pero ya no pude hacer el cambio.

La tierra no sólo se movía. Caía como catarata abierta sobre nosotros. Golpeaba duro. No sé cuantos metros cúbicos comenzaron a caer pero, en segundos, nos había construido una trampa mortal. Intempestivamente, todo se oscureció. Habíamos sido sepultados por una destructora y mortal avalancha.

La confusión también nos cegaba, mientras escuchaba el crujir de los hierros, el grito desesperado de mis acompañantes que se ahogaban en el alud. Luego, vino el silencio, la penumbra, el miedo y la lucha más importante de nuestras vidas.

¿Qué pasó?, preguntó Rosita.

- Ha sido un terremoto, respondí.

Entonces ella gritó que metiera retroceso, pero ya era imposible. Mi pierna izquierda estaba aprisionada entre el clutch y la parte del tablero del "pick-up".

Ella me volvió a gritar que le ayudara a salvar al niño, aunque se quedara ella allí. Le pedí calma, que trabajaríamos para salir. Procuraba transmitirles tranquilidad, aunque tenía la certeza de que el pequeño había muerto en esos instantes de confusión y oscuridad. No lo escuché gritar ni gemir.

El obrero sí seguía vivo, acongojado. Una y otra vez, pedía ayuda.

La incertidumbre

"Y estábamos allí, con pocas posibilidades de movimiento. La lata de la capota estaba apenas a unos centímetros de mi rostro. Volví a ver a Rosita y estaba bien, aunque insistía en que le ayudara a sacar al niño. El obrero, de quien no sabía el nombre, seguía gritando".

Aquello ya no era una cabina de un automotor. Simplemente, era una tumba de metal bajo varios metros de tierra. Con el poco movimiento que tenía, hice un inventario de la desgracia: el "pick-up" había quedado inclinado hacia su derecha. El parabrisas de atrás estaba destruido, la capota se había apachado, debido al impacto del alud. Por suerte, poca tierra había entrado a ese pequeño espacio, ya que los vidrios estaban cerrados.

Nos iluminaba una tenue luz de la lámpara interior del automotor, que se había encendido sin activarla; por un momento, creí que era la luz de una salida al final del penoso camino. Pero, simplemente, era una ilusión, tan frágil como ese hilo de aire que nos mantenía aún con vida.

Y estábamos allí, con pocas posibilidades de movimiento. La lata de la capota estaba apenas a unos centímetros de mi rostro. Quería moverme con más facilidad, pero mi pierna continuaba aprisionada. Cedía poco a poco, mientras la sangre se detenía entre tanta artería obstruida. Me tocaba la rodilla y sentía que era la de otro. Volví a ver a Rosita y estaba bien, aunque insistía en que le ayudara a sacar el niño. El obrero, de quien no sabía el nombre, seguía gritando, revolviéndose entre tanta tierra. Pedía que lo auxiliara y constantemente me preguntaba la hora.

Sinceramente, yo no había perdido la calma. Era cuando más serenidad y fortaleza se necesitaba. Les decía que fuéramos positivos, que nos tranquilizáramos, que hiciéramos lo posible por superar la adversidad.

La esperanza

"Sin embargo, jamás creí que estuviéramos olvidados, abandonados a una muerte lenta".

Ya había pasado una hora y el silencio nos apabullaba. Con un gran esfuerzo, logré sacar mi pierna. Sabía que, si no lo hacía, me iba a morir. Cuando lo logré, pensé que todo sería más fácil.

Busqué el teléfono celular y marqué el 911 y el número de mi casa, pero no funcionaba. Volvía a intentarlo y nada. Otra vez y otra vez... Lo mismo sucedía con el radio que portaba. Probaba con una frecuencia y no se escuchaba ni la mas mínima señal.

Sin embargo, jamás creí que estuviéramos olvidados, abandonados a una muerte lenta. En ese momento, recordé a todos aquellos que saludamos cuando veníamos para acá. Ellos, sin duda, les decía a los demás, preguntarán por nosotros y, al no vernos, nos buscarán. Eso me tranquilizaba. Pronto vendrán...

Desconocía la cantidad de tierra que nos había caído encima ni la magnitud de la tragedia. Por el momento, creía que aquella desgracia sólo era nuestra.

Pero las minutos pasaban y tan sólo escuchaba las voces de los acongojados, quienes agotaban los últimos respiros de paciencia. Revisaba el reloj de vez en cuanto y el tiempo pasaba rápido, de media en media hora.

Como pudimos, en las horas más activas de nuestra desgracia, sacamos algunas de las herramientas que estaban detrás del asiento. Con una cuchilla de mano, que siempre porto, comencé a escarbar hacia el lado de mi ventana.

En la oscuridad y la humedad, metía la mano y sacaba un poquito de tierra, que colocaba en el asiento, entre Rosita y yo. Ya había liberado como un metro, pero no encontraba el final. ¿Tanta tierra nos habrá caído encima?, me preguntaba.

Los Lamentos

"Sólo entonces supe que ya no podríamos salir a arañazos. Pedía auxilio, pero los gritos quedaban allí mismo, ahogados entre tanta impotencia".

Cuando volví a ver el reloj, eran las siete de la noche. Seguía manteniendo la calma, pero Rosita ya no hablaba como antes. Llorosa, estaba sucumbiendo ante la angustia. Con sus débiles lamentos, siempre imploraba lo mismo: rescatar a su hijo. Alargué mi brazo y la tomé de la mano. Se la apreté con tanta fuerza para darle seguridad. Atrás, el obrero seguía lamentándose, como que si además de la tierra tuviera encima una roca o un árbol que lo asfixiaban.

A esa hora, con dificultad nos buscarían. Y volvía a pensar en ellos, en mis acompañantes, en la noche, en el oxígeno. Poco a poco, el aire se nos terminaba. La respiración era cada vez más rápida, mientras sentía sobre mi pecho una gran presión. Sentía que mis pulmones estallarían en cualquier momento.

Sólo entonces supe que ya no podríamos salir a arañazos. Busqué el interruptor del claxon del carro, pero se había dañado. Como pude, uní las terminales y comencé a pitar, mientras el aparato soltaba pequeñas descargas de energía al unir mal los alambres. También pedía auxilio, pero los gritos quedaban allí mismo, ahogados entre tanta impotencia.

Desistí y decidí guardar las energías para el día siguiente. ¿El día siguiente? Sí, estaba convencido de que viviría.

Los recuerdos

"En aquel asfixiante silencio, apareció la imagen de mis seres más queridos. Cómo estaría mi esposa, María Rosa; mis hijas, Mariela y Roxana".

A las 10:00 de la noche, me quedé solo en esa lucha. Rosita ya no me contestaba, sólo se lamentaba, como un recién nacido. Su respiración apenas se escuchaba, como el rocío que baja por una hoja. ¿Por qué Dios?, ¿por qué a nosotros?

Aquellas quejas se estrellaban contra mi rostro, como golpes, y me hacían reaccionar. Eso no puede ser así. Aunque no soy ningún devoto ni ferviente feligrés, mantenía firme mi fe y mis creencias cristianas. Dios no nos había castigado, eso había sucedido, porque así sería.

En aquel asfixiante silencio, apareció la imagen de mis seres más queridos. Cómo estaría mi esposa, María Rosa; mis hijas, Mariela y Roxana. Estarán muy preocupadas por mí, porque no he llegado. Por lo general, todos los días regreso a las siete de la noche y vienen a mi encuentro, con sus abrazos, sus cariños, con su vital presencia.

Y recordar que me casé con María Rosa hace 13 años, un año después de que comencé a trabajar en la constructora Simán. Y apenas un año antes, en 1985, ne había graduado de ingeniero en la UCA.

Por un instante, dejé de repasar esas páginas de ese preciado álbum y busqué en la oscuridad a mis acompañantes. Rosita y el obrero apenas gemían. Otra vez les pedí calma. Por favor, aguanten...

La muerte

"De repente, sus últimas energías se acabaron. Fue cuando dio dos suspiros, uno largo y uno muy corto. Así, terminaba su suplicio.

Entonces, tuve la certeza de que el pobre obrero había fallecido".

Entre tanto lamento y recuerdo, llegó la funesta madrugada. El obrero murió justó a las dos de la madrugada. Sí, yo sentí cuando falleció. Con desesperación, movió sus manos, en un último intento por quitarse tanta tierra de encima. Me preguntaba si era alguien que venía a rescatarnos, pero no, era el acongojado señor. De repente, sus últimas energías se acabaron. Fue cuando dio dos suspiros, uno largo y uno muy corto. Así, terminaba su suplicio.

Entonces, tuve la certeza de que el pobre obrero había fallecido. Lo sentí, como que si yo le hubiera cerrado sus ojos al dar la última exhalación. Le pedí a Dios por él, aunque en ningún momento sentí miedo por tener la muerte tan cerca.

En esa lucha, sólo quedábamos Rosita y yo. Los momentos más difíciles habían llegado. Sentía que me moría, porque ya el poco aire que nos mantenía, no nos satisfacía; ya respirábamos cansados.

Entonces, comencé a darle gracias a Dios por lo que me había permitido vivir: por mi esposa y mis hijas, por mis padres, que aún están vivos; por la gran unión que siempre ha existido con mis hermanos, por mis cuñados, que han sido tan buena onda conmigo. Por el montón de amigos que tengo...

Con todas mis fuerzas, le agradecí a Dios por los momentos bonitos que he vivido con todos ellos. En verdad, no me sentí desesperado, sino agradecido; podía recibir la muerte con mucha tranquilidad.

¿Y cómo me voy a morir? Desmayado. Aunque patalee, como lo hizo el obrero, ya de nada serviría, porque ya estaré desconectado.

La verdad, en esta oscura y extraña frontera que da con ese profundo abismo que llamamos muerte, sólo cuenta lo que llevamos en los más profundo de nuestro ser, los sentimientos más puros y miles de recuerdos que corren a toda velocidad. Aquí, las cosas materiales no sirven de nada.

Aunque mi mente estaba agitada, sentía que el tiempo no pasaba. Volvía a ver el reloj y apenas habían transcurrido cinco minutos desde la lejana vez en que había repetido el mismo procedimiento.

Todo era más lento en la agonía de la asfixia. Pero, de forma inesperada, ocurrió algo extraño. Escuché los chillidos de unos animalitos, pero pensé que era mi imaginación que comenzaba a ceder ante la debilidad. Pero no. Sentí cuando pasaron junto a nosotros y movieron un palo que tenía en una de mis manos.

Unas taltuzas. Eran por lo menos unas tres. En su propia lucha, habían logrado llegar hasta donde nosotros. En ese momento, sentí que por el orificio que habían cavado, nos estaba llegando oxígeno. Aunque eso no fuera cierto, así quería creerlo, necesitaba algo para aferrarme a la vida. Y así fue, mientras escuché a las taltuzas perderse en esa montaña.

La lucha

"Con mucha alegría, le dije a Rosita que nos habían llegado a rescatar; entonces, tomó aliento y comenzó a hablar, a recuperar la esperanza".

Revisé una vez más el reloj y ya eran las cuatro de la madrugada. A esa hora ya se han levantado muchos, me dije. Y con las pocas energías que me quedaban, volví a pitar, a gritar y a chiflar con insistencia. Pero no escuché nada.

Fue hasta las 8:45 de la mañana que sentí que estaban escarbando sobre nosotros. Con mucha alegría, le dije a Rosita que nos habían llegado a rescatar; entonces, tomó aliento y comenzó a hablar, a recuperar la esperanza.

Habían llegado en uno de los momentos más críticos, porque la tierra se había movido y nos cubría y apretaba, mientras los pulmones nos dolían aún más.

Debido a los movimientos de las máquinas que se agitaban allí arriba, se desprendió un poco de tierra justo en el espacio que había abierto horas antes. La tierra cayó sobre mi rostro y apenas me dejaba espacio para respirar.

Ya estaba literalmente enterrado. De mis fosas nasales, salía lodo y mis ojos apenas los podía abrir, salpicados por esas diminutas partículas que entraban entre mis párpados.

Como pude, les grité que taparan ese hoyo porque nos estaba soterrando más. Y así, aun en la adversidad, asumí el control de la situación. Ansioso, les pedí una manguera para poder tomar un poco de aire fresco.

Pronto llevaron un tubo, un poliducto, que hicieron llegar cerca de mi rostro. Me acerqué y tomé la primera bocanada de aire, que sentí tan fresco, como el que se respira en las montañas más altas. Y así escuché a nuestros rescatistas, obreros de la zona que hacían lo que podían por sacarnos de allí.

Rosita también necesitaba aire con urgencia, pero el poliducto, por su forma, no podía llegar hasta donde ella. Minutos después, los obreros, metieron en el poliducto una manguera, hice llegar hasta donde ella. Sintió que volvía a nacer, al recibir ese aire redentor y las primeras gotas de agua.

La excavación continuaba, mientras escuchaba por el poliducto a mis compañeros de trabajo y mi cuñado, quienes se habían unido a la tarea. De inmediato, les pregunté a ellos por mi esposa, pero sólo me decían que "le iban a avisar". Yo sentía que aquellas respuestas eran evasivas, y que algo le había pasado a ella y no me lo querían decir.

La luz

"Cuando aquello había terminado, comencé a llorar y a soltar todas esas lágrimas que con tanta valentía había contenido".

Justo a las 12:30 del día, 25 horas después de haber sido devorados por la tierra, sentía que una mano se acercó a mi hombro. Era un especialista en rescate, que, poco a poco, comenzó a quitarme la tierra que me aprisionaba.

Cuando me liberó, aquel hombre me sacó por la maltrecha ventana del "pick-up". Me cargaron en una camilla improvisada y volví a ver la luz, esa claridad que me regresaba a la vida. Con mucha satisfacción, todos comenzaron a aplaudir y a abrasarse, mientras sacaban también a Rosita.

Entre tanta alegría y debilidad, los socorristas me llevaron pronto a un helicóptero que me trasladaría al Hospital Militar. Me sentía mareado, pero por ver lo que había pasado allá abajo. Sólo entonces, me di cuenta de la magnitud de ese terremoto.

En el hospital me habían estabilizado, pero mi vida estaba incompleta. No sabía nada de mi esposa ni de mis hijas. De repente, alguien me dijo que ella estaba allí; cuando la vi, se me hizo un nudo en la garganta y la abracé con todas mis fuerzas.

Cuando aquello había terminado, comencé a llorar y a soltar todas esas lágrimas que con tanta valentía había contenido.

Ahora, que tengo el privilegio de volver a vivir, quiero agradecerle a aquellos que lucharon por mi vida: a ese cobrador de buses de Comasagua, a aquel señor que sólo había saludado un par de veces y tanto desconocido que me sacó de esa oscuridad. Esta es mi historia.


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