"MI TRANSITO ENTRE
LA OSCURIDAD Y LA MUERTE"
El ingeniero de la empresa constructora
Simán, Juan Gerardo Alvarado,
sobrevivió, luego de permanecer sepultado
25 horas bajo un alud en Comasagua. En ese
infortunado viaje, lo acompañaban tres
personas más. Sólo una de ellas
logró sobreponerse a la adversidad.
Fortaleza, serenidad y, sobre todo, mucha fe,
evitaron que cayeran en ese profundo abismo que
llamamos muerte. A continuación, el
estremecedor relato
- Oscar
Tenorio
- El Diario
de Hoy
Mis
últimos días han transcurrido en
esos polvosos caminos que parten las crestas de
las montañas hasta que se pierden en las
alturas de Comasagua. Diría que conozco,
a la perfección, esos cerros, con sus
curvas y sus cafetales. Inevitablemente, parte
de mi vida quedará allí, entre
tanta tierra removida, con la huella de mi
trabajo y los recuerdos de una cercana desgracia
que me acercó a la muerte.
Eran las 11:15 de la mañana cuando
aceleré el movimiento del "pick-up".
Tenía que llegar rápido a La
Flecha, justo en el desvío para
Comasagua. Allí me esperaba Rosa Alicia
Alas, una subcontratista que se
encargaría de engramar parte de las
laderas de la carretera que la empresa para la
que laboro construye en esa zona.
Era la segunda ocasión que la
veía desde que me la presentaron. Y la
encontré allí, atenta. La
acompañaba un obrero, el engramador, y un
niño. Pronto, me enteré de que era
su hijo.
En el corto camino que teníamos que
recorrer saludamos a algunas personas con las
que trabajamos en el proyecto de
construcción de la carretera. En pocos
minutos, llegamos a la zona que se iba a
engramar; pero el trabajo no terminaría
allí, por lo que abordamos otra vez "el
pick-up" y avanzamos sobre el polvoso
camino.
Llegamos a un lugar en donde la calle pasa en
medio de un cerro. Justo cuando entramos en ese
espacio, observé que nos caían
pequeñas porciones de tierra desde las
alturas; pensé que estaban
chapodando.
No sentía nada, debido al movimiento
del "pick-up". Pero, de repente, las
oscilaciones se incrementaron, los
árboles se movían de un lado a
otro, la tierra se partía. ¡Todo
aquello era anormal!
En esos confusos segundos, observé que
a unos 20 metros de distancia caminaba un
señor que, de pronto, se detuvo.
Tembloroso, nos miró aterrorizado. Estaba
espantado por la forma como se movía la
tierra.
¡Jesús!, pensé, ¡es
un terremoto!. Cuando detuve la marcha,
cayó un poco de tierra delante de
nosotros. Intenté retroceder; metí
con fuerza la pierna en el clutch, pero ya no
pude hacer el cambio.
La tierra no sólo se movía.
Caía como catarata abierta sobre
nosotros. Golpeaba duro. No sé cuantos
metros cúbicos comenzaron a caer pero, en
segundos, nos había construido una trampa
mortal. Intempestivamente, todo se
oscureció. Habíamos sido
sepultados por una destructora y mortal
avalancha.
La confusión también nos
cegaba, mientras escuchaba el crujir de los
hierros, el grito desesperado de mis
acompañantes que se ahogaban en el alud.
Luego, vino el silencio, la penumbra, el miedo y
la lucha más importante de nuestras
vidas.
¿Qué
pasó?, preguntó Rosita.
- Ha sido un terremoto, respondí.
Entonces ella gritó que metiera
retroceso, pero ya era imposible. Mi pierna
izquierda estaba aprisionada entre el clutch y
la parte del tablero del "pick-up".
Ella me volvió a gritar que le ayudara
a salvar al niño, aunque se quedara ella
allí. Le pedí calma, que
trabajaríamos para salir. Procuraba
transmitirles tranquilidad, aunque tenía
la certeza de que el pequeño había
muerto en esos instantes de confusión y
oscuridad. No lo escuché gritar ni
gemir.
El obrero sí seguía vivo,
acongojado. Una y otra vez, pedía
ayuda.
La incertidumbre
"Y estábamos allí, con pocas
posibilidades de movimiento. La lata de la
capota estaba apenas a unos centímetros
de mi rostro. Volví a ver a Rosita y
estaba bien, aunque insistía en que le
ayudara a sacar al niño. El obrero, de
quien no sabía el nombre, seguía
gritando".
Aquello ya no era una cabina de un automotor.
Simplemente, era una tumba de metal bajo varios
metros de tierra. Con el poco movimiento que
tenía, hice un inventario de la
desgracia: el "pick-up" había quedado
inclinado hacia su derecha. El parabrisas de
atrás estaba destruido, la capota se
había apachado, debido al impacto del
alud. Por suerte, poca tierra había
entrado a ese pequeño espacio, ya que los
vidrios estaban cerrados.
Nos iluminaba una tenue luz de la
lámpara interior del automotor, que se
había encendido sin activarla; por un
momento, creí que era la luz de una
salida al final del penoso camino. Pero,
simplemente, era una ilusión, tan
frágil como ese hilo de aire que nos
mantenía aún con vida.
Y estábamos allí, con pocas
posibilidades de movimiento. La lata de la
capota estaba apenas a unos centímetros
de mi rostro. Quería moverme con
más facilidad, pero mi pierna continuaba
aprisionada. Cedía poco a poco, mientras
la sangre se detenía entre tanta
artería obstruida. Me tocaba la rodilla y
sentía que era la de otro. Volví a
ver a Rosita y estaba bien, aunque
insistía en que le ayudara a sacar el
niño. El obrero, de quien no sabía
el nombre, seguía gritando,
revolviéndose entre tanta tierra.
Pedía que lo auxiliara y constantemente
me preguntaba la hora.
Sinceramente, yo no había perdido la
calma. Era cuando más serenidad y
fortaleza se necesitaba. Les decía que
fuéramos positivos, que nos
tranquilizáramos, que hiciéramos
lo posible por superar la adversidad.
La esperanza
"Sin embargo, jamás creí que
estuviéramos olvidados, abandonados a una
muerte lenta".
Ya había pasado una hora y el silencio
nos apabullaba. Con un gran esfuerzo,
logré sacar mi pierna. Sabía que,
si no lo hacía, me iba a morir. Cuando lo
logré, pensé que todo sería
más fácil.
Busqué el teléfono celular y
marqué el 911 y el número de mi
casa, pero no funcionaba. Volvía a
intentarlo y nada. Otra vez y otra vez... Lo
mismo sucedía con el radio que portaba.
Probaba con una frecuencia y no se escuchaba ni
la mas mínima señal.
Sin
embargo, jamás creí que
estuviéramos olvidados, abandonados a una
muerte lenta. En ese momento, recordé a
todos aquellos que saludamos cuando
veníamos para acá. Ellos, sin
duda, les decía a los demás,
preguntarán por nosotros y, al no vernos,
nos buscarán. Eso me tranquilizaba.
Pronto vendrán...
Desconocía la cantidad de tierra que
nos había caído encima ni la
magnitud de la tragedia. Por el momento,
creía que aquella desgracia sólo
era nuestra.
Pero las minutos pasaban y tan sólo
escuchaba las voces de los acongojados, quienes
agotaban los últimos respiros de
paciencia. Revisaba el reloj de vez en cuanto y
el tiempo pasaba rápido, de media en
media hora.
Como pudimos, en las horas más activas
de nuestra desgracia, sacamos algunas de las
herramientas que estaban detrás del
asiento. Con una cuchilla de mano, que siempre
porto, comencé a escarbar hacia el lado
de mi ventana.
En la oscuridad y la humedad, metía la
mano y sacaba un poquito de tierra, que colocaba
en el asiento, entre Rosita y yo. Ya
había liberado como un metro, pero no
encontraba el final. ¿Tanta tierra nos
habrá caído encima?, me
preguntaba.
Los Lamentos
"Sólo entonces supe que ya no
podríamos salir a arañazos.
Pedía auxilio, pero los gritos quedaban
allí mismo, ahogados entre tanta
impotencia".
Cuando volví a ver el reloj, eran las
siete de la noche. Seguía manteniendo la
calma, pero Rosita ya no hablaba como antes.
Llorosa, estaba sucumbiendo ante la angustia.
Con sus débiles lamentos, siempre
imploraba lo mismo: rescatar a su hijo.
Alargué mi brazo y la tomé de la
mano. Se la apreté con tanta fuerza para
darle seguridad. Atrás, el obrero
seguía lamentándose, como que si
además de la tierra tuviera encima una
roca o un árbol que lo asfixiaban.
A esa hora, con dificultad nos
buscarían. Y volvía a pensar en
ellos, en mis acompañantes, en la noche,
en el oxígeno. Poco a poco, el aire se
nos terminaba. La respiración era cada
vez más rápida, mientras
sentía sobre mi pecho una gran
presión. Sentía que mis pulmones
estallarían en cualquier momento.
Sólo entonces supe que ya no
podríamos salir a arañazos.
Busqué el interruptor del claxon del
carro, pero se había dañado. Como
pude, uní las terminales y comencé
a pitar, mientras el aparato soltaba
pequeñas descargas de energía al
unir mal los alambres. También
pedía auxilio, pero los gritos quedaban
allí mismo, ahogados entre tanta
impotencia.
Desistí y decidí guardar las
energías para el día siguiente.
¿El día siguiente? Sí, estaba
convencido de que viviría.
Los recuerdos
"En aquel asfixiante silencio,
apareció la imagen de mis seres
más queridos. Cómo estaría
mi esposa, María Rosa; mis hijas, Mariela
y Roxana".
A las 10:00 de la noche, me quedé solo
en esa lucha. Rosita ya no me contestaba,
sólo se lamentaba, como un recién
nacido. Su respiración apenas se
escuchaba, como el rocío que baja por una
hoja. ¿Por qué Dios?, ¿por
qué a nosotros?
Aquellas quejas se estrellaban contra mi
rostro, como golpes, y me hacían
reaccionar. Eso no puede ser así. Aunque
no soy ningún devoto ni ferviente
feligrés, mantenía firme mi fe y
mis creencias cristianas. Dios no nos
había castigado, eso había
sucedido, porque así sería.
En
aquel asfixiante silencio, apareció la
imagen de mis seres más queridos.
Cómo estaría mi esposa,
María Rosa; mis hijas, Mariela y Roxana.
Estarán muy preocupadas por mí,
porque no he llegado. Por lo general, todos los
días regreso a las siete de la noche y
vienen a mi encuentro, con sus abrazos, sus
cariños, con su vital presencia.
Y recordar que me casé con
María Rosa hace 13 años, un
año después de que comencé
a trabajar en la constructora Simán. Y
apenas un año antes, en 1985, ne
había graduado de ingeniero en la
UCA.
Por un instante, dejé de repasar esas
páginas de ese preciado álbum y
busqué en la oscuridad a mis
acompañantes. Rosita y el obrero apenas
gemían. Otra vez les pedí calma.
Por favor, aguanten...
La muerte
"De repente, sus últimas
energías se acabaron. Fue cuando dio dos
suspiros, uno largo y uno muy corto. Así,
terminaba su suplicio.
Entonces, tuve la certeza de que el pobre
obrero había fallecido".
Entre tanto lamento y recuerdo, llegó
la funesta madrugada. El obrero murió
justó a las dos de la madrugada.
Sí, yo sentí cuando
falleció. Con desesperación,
movió sus manos, en un último
intento por quitarse tanta tierra de encima. Me
preguntaba si era alguien que venía a
rescatarnos, pero no, era el acongojado
señor. De repente, sus últimas
energías se acabaron. Fue cuando dio dos
suspiros, uno largo y uno muy corto. Así,
terminaba su suplicio.
Entonces, tuve la certeza de que el pobre
obrero había fallecido. Lo sentí,
como que si yo le hubiera cerrado sus ojos al
dar la última exhalación. Le
pedí a Dios por él, aunque en
ningún momento sentí miedo por
tener la muerte tan cerca.
En esa lucha, sólo quedábamos
Rosita y yo. Los momentos más
difíciles habían llegado.
Sentía que me moría, porque ya el
poco aire que nos mantenía, no nos
satisfacía; ya respirábamos
cansados.
Entonces, comencé a darle gracias a
Dios por lo que me había permitido vivir:
por mi esposa y mis hijas, por mis padres, que
aún están vivos; por la gran
unión que siempre ha existido con mis
hermanos, por mis cuñados, que han sido
tan buena onda conmigo. Por el montón de
amigos que tengo...
Con todas mis fuerzas, le agradecí a
Dios por los momentos bonitos que he vivido con
todos ellos. En verdad, no me sentí
desesperado, sino agradecido; podía
recibir la muerte con mucha tranquilidad.
¿Y cómo me voy a morir?
Desmayado. Aunque patalee, como lo hizo el
obrero, ya de nada serviría, porque ya
estaré desconectado.
La verdad, en esta oscura y extraña
frontera que da con ese profundo abismo que
llamamos muerte, sólo cuenta lo que
llevamos en los más profundo de nuestro
ser, los sentimientos más puros y miles
de recuerdos que corren a toda velocidad.
Aquí, las cosas materiales no sirven de
nada.
Aunque mi mente estaba agitada, sentía
que el tiempo no pasaba. Volvía a ver el
reloj y apenas habían transcurrido cinco
minutos desde la lejana vez en que había
repetido el mismo procedimiento.
Todo era más lento en la agonía
de la asfixia. Pero, de forma inesperada,
ocurrió algo extraño.
Escuché los chillidos de unos animalitos,
pero pensé que era mi imaginación
que comenzaba a ceder ante la debilidad. Pero
no. Sentí cuando pasaron junto a nosotros
y movieron un palo que tenía en una de
mis manos.
Unas taltuzas. Eran por lo menos unas tres.
En su propia lucha, habían logrado llegar
hasta donde nosotros. En ese momento,
sentí que por el orificio que
habían cavado, nos estaba llegando
oxígeno. Aunque eso no fuera cierto,
así quería creerlo, necesitaba
algo para aferrarme a la vida. Y así fue,
mientras escuché a las taltuzas perderse
en esa montaña.
La lucha
"Con mucha alegría, le dije a
Rosita que nos habían llegado a rescatar;
entonces, tomó aliento y comenzó a
hablar, a recuperar la esperanza".
Revisé una vez más el reloj y
ya eran las cuatro de la madrugada. A esa hora
ya se han levantado muchos, me dije. Y con las
pocas energías que me quedaban,
volví a pitar, a gritar y a chiflar con
insistencia. Pero no escuché nada.
Fue hasta las 8:45 de la mañana que
sentí que estaban escarbando sobre
nosotros. Con mucha alegría, le dije a
Rosita que nos habían llegado a rescatar;
entonces, tomó aliento y comenzó a
hablar, a recuperar la esperanza.
Habían llegado en uno de los momentos
más críticos, porque la tierra se
había movido y nos cubría y
apretaba, mientras los pulmones nos
dolían aún más.
Debido a los movimientos de las
máquinas que se agitaban allí
arriba, se desprendió un poco de tierra
justo en el espacio que había abierto
horas antes. La tierra cayó sobre mi
rostro y apenas me dejaba espacio para
respirar.
Ya estaba literalmente enterrado. De mis
fosas nasales, salía lodo y mis ojos
apenas los podía abrir, salpicados por
esas diminutas partículas que entraban
entre mis párpados.
Como pude, les grité que taparan ese
hoyo porque nos estaba soterrando más. Y
así, aun en la adversidad, asumí
el control de la situación. Ansioso, les
pedí una manguera para poder tomar un
poco de aire fresco.
Pronto llevaron un tubo, un poliducto, que
hicieron llegar cerca de mi rostro. Me
acerqué y tomé la primera bocanada
de aire, que sentí tan fresco, como el
que se respira en las montañas más
altas. Y así escuché a nuestros
rescatistas, obreros de la zona que
hacían lo que podían por sacarnos
de allí.
Rosita también necesitaba aire con
urgencia, pero el poliducto, por su forma, no
podía llegar hasta donde ella. Minutos
después, los obreros, metieron en el
poliducto una manguera, hice llegar hasta donde
ella. Sintió que volvía a nacer,
al recibir ese aire redentor y las primeras
gotas de agua.
La excavación continuaba, mientras
escuchaba por el poliducto a mis
compañeros de trabajo y mi cuñado,
quienes se habían unido a la tarea. De
inmediato, les pregunté a ellos por mi
esposa, pero sólo me decían que
"le iban a avisar". Yo sentía que
aquellas respuestas eran evasivas, y que algo le
había pasado a ella y no me lo
querían decir.
La luz
"Cuando aquello había terminado,
comencé a llorar y a soltar todas esas
lágrimas que con tanta valentía
había contenido".
Justo a las 12:30 del día, 25 horas
después de haber sido devorados por la
tierra, sentía que una mano se
acercó a mi hombro. Era un especialista
en rescate, que, poco a poco, comenzó a
quitarme la tierra que me aprisionaba.
Cuando me liberó, aquel hombre me
sacó por la maltrecha ventana del
"pick-up". Me cargaron en una camilla
improvisada y volví a ver la luz, esa
claridad que me regresaba a la vida. Con mucha
satisfacción, todos comenzaron a aplaudir
y a abrasarse, mientras sacaban también a
Rosita.
Entre tanta alegría y debilidad, los
socorristas me llevaron pronto a un
helicóptero que me trasladaría al
Hospital Militar. Me sentía mareado, pero
por ver lo que había pasado allá
abajo. Sólo entonces, me di cuenta de la
magnitud de ese terremoto.
En el hospital me habían estabilizado,
pero mi vida estaba incompleta. No sabía
nada de mi esposa ni de mis hijas. De repente,
alguien me dijo que ella estaba allí;
cuando la vi, se me hizo un nudo en la garganta
y la abracé con todas mis fuerzas.
Cuando aquello había terminado,
comencé a llorar y a soltar todas esas
lágrimas que con tanta valentía
había contenido.
Ahora, que tengo el privilegio de volver a
vivir, quiero agradecerle a aquellos que
lucharon por mi vida: a ese cobrador de buses de
Comasagua, a aquel señor que sólo
había saludado un par de veces y tanto
desconocido que me sacó de esa oscuridad.
Esta es mi historia.