Martes 2 de enero 2001


Unos desprevenidos, otros acostumbrados al dólar

Oriente, gracias a las remesas, palpa desde hace tiempo los billetes verdes. Pero no todos tienen la suerte de tener parientes en Estados Unidos, así lo constató la periodista que viajó a tierras de La Unión y San Miguel. La prueba puede resultar cara

Roxana Huezo
El Diario de Hoy

El año 2000 se acabó, pero la fiesta a penas inicia.

En la zona oriental del país la libre circulación del dólar ha causado dos impactos. En Intipucá, La Unión, hablar de dólares no es nada nuevo. De sus 89 mil habitantes más del 50 por ciento tiene familiares en los Estados Unidos. Las remesas no le hacen falta a nadie al final de cada mes.

"Welcome to Intipucá" dice el rótulo a la entrada de la ciudad. No puede ser más distintivo.

El otro efecto es el de la incertidumbre, incluyéndome.

Tenía cincuenta dólares en el bolsillo. En Usulután entré a un restaurante de comida rápida, a uno de esos que venden pollo y que el olor se siente a dos cuadras antes de llegar y ordenar.

Tomé el menú y los precios ya estaban dolarizados. No había problema, estaba preparada. Pedí la cuenta. El mesero llegó y de un tajo dijo: "Son ocho dólares con cincuenta y siete centavos". No era la primera en pagar con los billetes de nueva circulación.

El cambio me lo dio en dólares. Ahí empezó mi calvario, no sabía qué hacer con tantas monedas.

Seguí mi recorrido. Llegué a San Miguel, quería ir al mercado, pero las señoras vendedoras decidieron no trabajar.

Encontré una gasolinera, la primera, con los precios en dólares, pero no tenía la cantidad en colones. El galón de gasolina regular costaba $2.04. Seguí avanzando, llegué a otra estación, ahí el galón costaba $2.69.

Después me subí a un bus de la Ruta 90-F, que recorre el centro migueleño. Me senté y el cobrador me pidió "el pasaje".

&emdash;¿Cuánto cuesta?, le pregunté.

&emdash;Un colón por cada uno. Ibamos el fotoperiodista y yo.

&emdash;¿Le puedo pagar con dólares? ...es que no tengo colones.

&emdash;Bueno... si no hay de otra, replicó encogiendo los hombros, Roger Hernández.

&emdash;¿Serían... 22 centavos, verdad? Pero sólo tengo cincuenta centavos, me debe el vuelto".

&emdash;"Pero no tengo", me aseguró, con una risa burlona, mientras observaba la moneda. Pensaba que lo estaba engañando o que todo era una broma.

Tenía dos opciones: me bajaba del autobús o lo autorizaba a quedarse con el cambio. Se lo regalé. Al final terminé pagando dos colones por cada uno, sólo por avanzar tres cuadras. Fuimos los primeros pasajeros en pagarle con dólares.

Continuamos con la caminata. Valió la pena, encontramos a un joven que vendía manzanas y uvas. Cada manzana costaba 5 colones. Compré dos, y le puse en sus manos un dólar y medio.

De nuevo perdí. El vendedor no sabía cómo manejar las monedas. Por lo menos conseguí que me las diera. Al principio prefirió decirme que no aceptaba el pago. Estaba confundido.


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