Unos desprevenidos,
otros acostumbrados al dólar
Oriente, gracias a las remesas, palpa
desde hace tiempo los billetes verdes. Pero no
todos tienen la suerte de tener parientes en
Estados Unidos, así lo constató la
periodista que viajó a tierras de La
Unión y San Miguel. La prueba puede
resultar cara
- Roxana
Huezo
- El Diario
de Hoy
El
año 2000 se acabó, pero la fiesta
a penas inicia.
En la zona oriental del país la libre
circulación del dólar ha causado
dos impactos. En Intipucá, La
Unión, hablar de dólares no es
nada nuevo. De sus 89 mil habitantes más
del 50 por ciento tiene familiares en los
Estados Unidos. Las remesas no le hacen falta a
nadie al final de cada mes.
"Welcome to Intipucá" dice el
rótulo a la entrada de la ciudad. No
puede ser más distintivo.
El otro efecto es el de la incertidumbre,
incluyéndome.
Tenía cincuenta dólares en el
bolsillo. En Usulután entré a un
restaurante de comida rápida, a uno de
esos que venden pollo y que el olor se siente a
dos cuadras antes de llegar y ordenar.
Tomé el menú y los precios ya
estaban dolarizados. No había problema,
estaba preparada. Pedí la cuenta. El
mesero llegó y de un tajo dijo: "Son ocho
dólares con cincuenta y siete centavos".
No era la primera en pagar con los billetes de
nueva circulación.
El cambio me lo dio en dólares.
Ahí empezó mi calvario, no
sabía qué hacer con tantas
monedas.
Seguí mi recorrido. Llegué a
San Miguel, quería ir al mercado, pero
las señoras vendedoras decidieron no
trabajar.
Encontré una gasolinera, la primera,
con los precios en dólares, pero no
tenía la cantidad en colones. El
galón de gasolina regular costaba $2.04.
Seguí avanzando, llegué a otra
estación, ahí el galón
costaba $2.69.
Después me subí a un bus de la
Ruta 90-F, que recorre el centro
migueleño. Me senté y el cobrador
me pidió "el pasaje".
&emdash;¿Cuánto cuesta?, le
pregunté.
&emdash;Un colón por cada uno. Ibamos
el fotoperiodista y yo.
&emdash;¿Le puedo pagar con
dólares? ...es que no tengo colones.
&emdash;Bueno... si no hay de otra,
replicó encogiendo los hombros, Roger
Hernández.
&emdash;¿Serían... 22 centavos,
verdad? Pero sólo tengo cincuenta
centavos, me debe el vuelto".
&emdash;"Pero no tengo", me aseguró,
con una risa burlona, mientras observaba la
moneda. Pensaba que lo estaba engañando o
que todo era una broma.
Tenía dos opciones: me bajaba del
autobús o lo autorizaba a quedarse con el
cambio. Se lo regalé. Al final
terminé pagando dos colones por cada uno,
sólo por avanzar tres cuadras. Fuimos los
primeros pasajeros en pagarle con
dólares.
Continuamos con la caminata. Valió la
pena, encontramos a un joven que vendía
manzanas y uvas. Cada manzana costaba 5 colones.
Compré dos, y le puse en sus manos un
dólar y medio.
De nuevo perdí. El vendedor no
sabía cómo manejar las monedas.
Por lo menos conseguí que me las diera.
Al principio prefirió decirme que no
aceptaba el pago. Estaba confundido.