Pronósticos
de Sagitario
Ayer, confortada con las lágrimas y
los gemidos de todo el pueblo, enterramos a la
yegua de mi tío Ciriaco. Recién el
mes pasado había cumplido 65 años
de transitar los caminos por donde las
fechorías de mi tío la
llevó, y hasta el último instante
lo hizo con la resignación de su noble
obediencia.
Murió
virgen, porque desde que la bautizamos con el
nombre de Catherine, siendo aún
potranquita, se sintió elevada a la
categoría de yegua real y rechazó
a cuanto caballo plebeyo se le acercaba, y se
pasó la vida esperando la llegada del
caballo de su vida que no eran otros que el del
Rey Arturo, el del Príncipe Valiente o el
del Llanero Solitario. Cualquiera de ellos,
menos el aguacatero pinto del compadre
Nicomedes.
En los albores de la vejez, cuando tuvo el
pálpito de que el tren del amor la estaba
dejando, hizo a un lado sus sueños de
desposarse con la realeza e intentó
entregarse al primer caballo que se lo pidiera,
pero ya para entonces dejaba a su paso un olor a
mantequilla rancia que ni los burros
soportaban.
Fue la que mejor conoció a mi
tío, porque lo cargó sobre su lomo
en las buenas y en las malas, y compartió
con él las llegadas furtivas y las
esperas inclementes bajo la lluvia.
En su larga vida miles de veces
escuchó la misma canción entonada
frente a miles de puertas, esperando tranquila,
mordisqueando zacate para matar el tedio pero
siempre lista para el auxilio de la huida
imprevista. Llegó a ser tan conocida y
querida por las mujeres del pueblo que, a la
hora de su muerte, muchas de ellas pidieron
permiso para cortar un trozo de su crin y
guardarlo en donde debe estar: detrás del
corpiño y encima del corazón.
Para mi tío fue como perder a su mejor
amigo. Por eso cavó la tumba entre
sollozos, la sepultó al borde de los
gritos y sólo se consoló cuando mi
abuela lo reconvino a que la dejara descansar en
paz. "Ya estaba vieja y hastiada de tanta
parranda".
De modo que ahora estoy escribiendo mis
pronósticos en una casa inundada por la
pena, en una noche sin relinchos y evocando el
mar de recuerdos que la yegua me dejó.
Tampoco tengo el concurso de mi tío,
porque sólo llegó a la casa y
colgó en la puerta un listón
negro, le quitó las cuerdas a la guitarra
y la guardó bajo llave, y se fue a
dormir.
De la pena contagiada, tampoco quiero
extenderme en razones. Ganan los de Oriente
(Firpo, Dragón, Aguila, Balboa y
Limeño), porque el espíritu de
Catherine abrebará en las aguas del
Lempa, en su cabalgata sideral.