Viernes 10 de noviembre 2000


Pronósticos de Sagitario

Ayer, confortada con las lágrimas y los gemidos de todo el pueblo, enterramos a la yegua de mi tío Ciriaco. Recién el mes pasado había cumplido 65 años de transitar los caminos por donde las fechorías de mi tío la llevó, y hasta el último instante lo hizo con la resignación de su noble obediencia.

Murió virgen, porque desde que la bautizamos con el nombre de Catherine, siendo aún potranquita, se sintió elevada a la categoría de yegua real y rechazó a cuanto caballo plebeyo se le acercaba, y se pasó la vida esperando la llegada del caballo de su vida que no eran otros que el del Rey Arturo, el del Príncipe Valiente o el del Llanero Solitario. Cualquiera de ellos, menos el aguacatero pinto del compadre Nicomedes.

En los albores de la vejez, cuando tuvo el pálpito de que el tren del amor la estaba dejando, hizo a un lado sus sueños de desposarse con la realeza e intentó entregarse al primer caballo que se lo pidiera, pero ya para entonces dejaba a su paso un olor a mantequilla rancia que ni los burros soportaban.

Fue la que mejor conoció a mi tío, porque lo cargó sobre su lomo en las buenas y en las malas, y compartió con él las llegadas furtivas y las esperas inclementes bajo la lluvia.

En su larga vida miles de veces escuchó la misma canción entonada frente a miles de puertas, esperando tranquila, mordisqueando zacate para matar el tedio pero siempre lista para el auxilio de la huida imprevista. Llegó a ser tan conocida y querida por las mujeres del pueblo que, a la hora de su muerte, muchas de ellas pidieron permiso para cortar un trozo de su crin y guardarlo en donde debe estar: detrás del corpiño y encima del corazón.

Para mi tío fue como perder a su mejor amigo. Por eso cavó la tumba entre sollozos, la sepultó al borde de los gritos y sólo se consoló cuando mi abuela lo reconvino a que la dejara descansar en paz. "Ya estaba vieja y hastiada de tanta parranda".

De modo que ahora estoy escribiendo mis pronósticos en una casa inundada por la pena, en una noche sin relinchos y evocando el mar de recuerdos que la yegua me dejó. Tampoco tengo el concurso de mi tío, porque sólo llegó a la casa y colgó en la puerta un listón negro, le quitó las cuerdas a la guitarra y la guardó bajo llave, y se fue a dormir.

De la pena contagiada, tampoco quiero extenderme en razones. Ganan los de Oriente (Firpo, Dragón, Aguila, Balboa y Limeño), porque el espíritu de Catherine abrebará en las aguas del Lempa, en su cabalgata sideral.


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