Un don muy
especial
La vida deportiva de Salvador Manzur ha
sido excepcional. Nació con la lucha
olímpica en la sangre, y fue
campeón. Pero un día, como si el
destino le trazara una ruta paradójica,
dejó la lucha y se metió al
ajedrez. Fue un ajedrecista modesto, pero
descubrió una cosa: un don especial para
forjar campeones.
- Roberto
Aguila
- El Diario
de Hoy
Salvador
Manzur es un hombre singular. Como hijo de
Salvador Manzur Oliva, aquel artista del
pancracio que luchaba bajo el nombre de Ray
Manzur, desde muy niño se cobijó
bajo los gimnasios y se familiarizó con
el sudor y los porrazos.
Así le nació el amor por la
lucha olímpica, deporte donde
brilló junto con su hermano Gustavo por
largos diez años. En ese lapso largo de
una vida y dedicación ejemplar,
mandó en la lucha olímpica desde
la vez que se coronó Campeón
Centramericano Infantil.
En esas andaba cuando un día, siendo
estudiante universitario, se detuvo para
observar una partida de ajedrez que jugaban unos
compañeros. Ese mismo día se
sentó frente al tablero y pidió
que le enseñaran a mover las piezas. Sin
advertirlo siquiera, inmediatamente quedó
preso en la trampa de los caballos y alfiles
para no salirse jamás.
Guardando los aperos de la lucha
olímpica bajo llave, desde entonces se
entregó al tablero y le dio otro giro a
su destino deportivo. O sea, en una vuelta en
redondo que a muchos les parecerá
paradójica, cambió el esfuerzo
físico por el esfuerzo mental, y se
sintió bien.
La razón que faltaba
Como ajedrecista compitió en los
torneos universitarios con relativo
éxito. Queriendo saber más del
juego ciencia se inscribió en la
Federación Salvadoreña de Ajedrez,
y allí, arropado con un temperamento de
piedra, libró una lucha tenaz desde la
tercera categoría hasta llegar a primera.
Estando aqui es que consiguió su mayor
logro ajedrecístico como jugador: un
subcampeonato nacional.
Sin que eso significara rendirse y claudicar,
acaso aquel peso que significaba redoblar la
lucha para llegar más alto, lo hizo
derivar en pedagogo del ajedrez. Alli, en esa
función de enseñar al que no sabe,
y sobre todo a los niños, encontró
su enorme vocación escondida: un don
especial para descubir y moldear campeones.
Su primer gran fruto fue la excepcional Nayda
Avalos. Incentivado por ese éxito, ahora
está al frente del equipo de ajedrez del
Liceo Francés. Y sigue sintiéndose
bien, porque ha encontrado una mina de oro en
cipotes que nacieron para ganar. Con ellos se
adjudicó el Torneo TACA, en donde el
equipo infantil se adornó cuatro oros y
una plata, y el equipo juvenil barrió con
los primeros lugares.
Su mano sabia promete entregar campeones para
el equipo estudiantil que competirá en el
CODICADER, y bien se sabe que lo que Salvador
Manzur promete es cosa cierta. Allá
estuvo en su cátedra del Liceo
Francés presentándonos a sus
niños que lo llenan de orgullo.
Ellos son, en infantiles de 9 a 11
años: Nataly Varela, Grazzia Grimaldi,
Beatríz Guzmán, Jaime Chinchilla,
Carlos Juárez y Lourdes Bustillo. En
juveniles de 12 a 15 años: Juan Carlos
Liévano, Antonio Mazariego, Mario
Juárez, Lucio Bustillo y Roberto
Juárez.
Para Salvador Manzur la lucha olímpica
es historia. Su presente de maestro del ajedrez
le sonríe todos los días. Y se
siente mejor que nunca.