Jueves 1 de junio


Un don muy especial

La vida deportiva de Salvador Manzur ha sido excepcional. Nació con la lucha olímpica en la sangre, y fue campeón. Pero un día, como si el destino le trazara una ruta paradójica, dejó la lucha y se metió al ajedrez. Fue un ajedrecista modesto, pero descubrió una cosa: un don especial para forjar campeones.

Roberto Aguila
El Diario de Hoy

Salvador Manzur es un hombre singular. Como hijo de Salvador Manzur Oliva, aquel artista del pancracio que luchaba bajo el nombre de Ray Manzur, desde muy niño se cobijó bajo los gimnasios y se familiarizó con el sudor y los porrazos.

Así le nació el amor por la lucha olímpica, deporte donde brilló junto con su hermano Gustavo por largos diez años. En ese lapso largo de una vida y dedicación ejemplar, mandó en la lucha olímpica desde la vez que se coronó Campeón Centramericano Infantil.

En esas andaba cuando un día, siendo estudiante universitario, se detuvo para observar una partida de ajedrez que jugaban unos compañeros. Ese mismo día se sentó frente al tablero y pidió que le enseñaran a mover las piezas. Sin advertirlo siquiera, inmediatamente quedó preso en la trampa de los caballos y alfiles para no salirse jamás.

Guardando los aperos de la lucha olímpica bajo llave, desde entonces se entregó al tablero y le dio otro giro a su destino deportivo. O sea, en una vuelta en redondo que a muchos les parecerá paradójica, cambió el esfuerzo físico por el esfuerzo mental, y se sintió bien.

La razón que faltaba

Como ajedrecista compitió en los torneos universitarios con relativo éxito. Queriendo saber más del juego ciencia se inscribió en la Federación Salvadoreña de Ajedrez, y allí, arropado con un temperamento de piedra, libró una lucha tenaz desde la tercera categoría hasta llegar a primera. Estando aqui es que consiguió su mayor logro ajedrecístico como jugador: un subcampeonato nacional.

Sin que eso significara rendirse y claudicar, acaso aquel peso que significaba redoblar la lucha para llegar más alto, lo hizo derivar en pedagogo del ajedrez. Alli, en esa función de enseñar al que no sabe, y sobre todo a los niños, encontró su enorme vocación escondida: un don especial para descubir y moldear campeones.

Su primer gran fruto fue la excepcional Nayda Avalos. Incentivado por ese éxito, ahora está al frente del equipo de ajedrez del Liceo Francés. Y sigue sintiéndose bien, porque ha encontrado una mina de oro en cipotes que nacieron para ganar. Con ellos se adjudicó el Torneo TACA, en donde el equipo infantil se adornó cuatro oros y una plata, y el equipo juvenil barrió con los primeros lugares.

Su mano sabia promete entregar campeones para el equipo estudiantil que competirá en el CODICADER, y bien se sabe que lo que Salvador Manzur promete es cosa cierta. Allá estuvo en su cátedra del Liceo Francés presentándonos a sus niños que lo llenan de orgullo.

Ellos son, en infantiles de 9 a 11 años: Nataly Varela, Grazzia Grimaldi, Beatríz Guzmán, Jaime Chinchilla, Carlos Juárez y Lourdes Bustillo. En juveniles de 12 a 15 años: Juan Carlos Liévano, Antonio Mazariego, Mario Juárez, Lucio Bustillo y Roberto Juárez.

Para Salvador Manzur la lucha olímpica es historia. Su presente de maestro del ajedrez le sonríe todos los días. Y se siente mejor que nunca.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Escenarios] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'00] [Portada] [Planeta Alternativo]