Martes 18 de julio


Cuentenos otro chiste

Miles de aficionados hondureños regresaron a su país la noche del domingo, festejando la paliza que su selección le propinó a la nuestra, y agradeciendo el trato que les brindaron las autoridades los hinchas salvadoreños.

Gustavo Rico Baños
El Diario de Hoy

La convicción de triunfo movilizó a miles de aficionados hondureños que se dejaron venir desde San Pedro Sula, Tegucigalpa, Choluteca, Dalí, y diferentes partes de la geografía catracha.

Despues que el cuarto gol perforará la cabaña cuscatleca, ya se podía observar a hinchas del hermano país embriagados de gloria, en tanto que a su diestra y a su siniestra, jóvenes desilusionados, con la bandera salvadoreña en la espalda, iniciaban la diáspora.

"¡¡Fue Horriiiibleeeee!!!, ¡¡¡Somos una .......!!!!, ¡¡¡La misma llamarada de tuza!!!!", eran las expresiones que se repetían sin cesar.

"¡¡Devuélvanme mi dinero!!!", gritaban otros, mientras que los hondureños permanecían en el interior del estadio observando la carnicería que aún no terminaba.

Minutos más tarde, los aficionados de Hibueras se apostaron afuera de los camerinos para vitorear a sus ídolos. Quedaba el largo regreso a casa.

Entre hoy y mañana

Un joven catracho, con la sonrisa de oreja a oreja y un gigantesco sombrero a franjas celeste y blanco, explicaba junto a otros compañeros la alegría que invadía el autobús que los llevaría al hotel donde estaban alojados.

No regresaban el mismo día. "Entre hoy y mañana, regresaran todo los aficionados, Viva Honduras!!!", demostraban todos juntos, y ellos sólo eran parte de uno de las decenas de tours que salieron de diferentes partes del vecino país.

Unos se quedarían hospedados en hoteles, y otros regresaban el mismo día, esperando su retorno en horas de la madrugada.

Sobre la carretera a Comalapa, y sobre el Litoral encontramos varios vehículos que regresaban a casa por la frontera del Amatillo.

En una de esas unidades viajaban los los siete miembros de la familia Díaz Aguilar, provenientes de ciudad Dalí, que esperaban llegar a las tres de la mañana a casa.

"Cuando lleguen a Honduras, los vamos a recibir con los brazos abiertos", decía una de las mujeres, que agradecía el clima de paz con el que habían llegado, y en el que se habían ido.

Moisés Arguello y Cornelio Calderón de 34 años, provenían de Choluteca, población ubicada al sur de Honduras. Con la garganta todavía resquebrajada por la alegría, confesó que "venimos unas dos mil personas, y esperamos llegar a las tres de la mañana".

Lo futbolístico no se diluía de sus conversaciones. Cecilio Posada, de 25 años, discutía con su paisano y compañero de asiento Orian Cáceres: "esperábamos un 2-1, no un score tan abultado, hoy nos espera jugar contra Jamaica", mencionaban mientras compraban algo de comer.

Pick ups y camiones eran vistos durante todo el camino, contrastando con los vehículos de los aficionados salvadoreños que regresaban a casa, muchos de ellos aún con la cara pintada.

Un motociclista ebrio se detuvo mientras el colega Herbert Saravia hacía fotos en la carretera. Su estado de ebriedad era evidente. La vincha azul con letras blancas de El Salvador aún permanecía en su cabeza, más no así sus sentidos. Parecía un rey bufo.

Al irnos del lugar, el motociclista iba delante de nosotros dejando una estela de chispas en todo el camino, ya que la pata de la motocicleta rozaba con el pavimento. Lo único que esperábamos era su caída frente a nuestro carro, hasta que volvió a detenerse, esperando que le bajara la borrachera.

Luego, en una gasolinera a la par del Puente de Oro, dos hinchas capitalinos, Elder Rivas, y Joel Levas, coementaban que en Tegucigalpa se pusieron a la venta mil quinientos boletos para el partido del domingo, y que los demás fueron comprados en El Salvador. "Toda sombra sur era de Honduras", decía Rivas, con orgullo.

A su lado se encontraba Reyna Isabel, empleada de la gasolinera vecina al puente de Oro. Entre servicio y servicio, bromeaba con un colega del autoservicio, con un sombrero que un aficionado hondureño le habían regalado.

En esa estábamos cuando Herbert me aviso que acababa de pasar un vehículo con una gran bandera hondureña clavada en la parte de atrás del vehículo, por lo que comenzó una inesperada persecución en las oscura carretera oriental.

Luego de sobrepasar a tres pick ups, a un camión y a una furgoneta, encontramos a nuestra presa. Cuando la luz del flash de la cámara bañaba la parte trasera del vehículo, tres adormiladas cabezas salieron a flote de repente. Y, bajo la intermitente luz artificial del equipo Nikon, los aficionados optaron por sacudir otra gran bandera que llevaban consigo.


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