Cuentenos otro
chiste
Miles de aficionados hondureños
regresaron a su país la noche del
domingo, festejando la paliza que su
selección le propinó a la nuestra,
y agradeciendo el trato que les brindaron las
autoridades los hinchas
salvadoreños.
- Gustavo
Rico Baños
- El Diario
de Hoy
La
convicción de triunfo movilizó a
miles de aficionados hondureños que se
dejaron venir desde San Pedro Sula, Tegucigalpa,
Choluteca, Dalí, y diferentes partes de
la geografía catracha.
Despues que el cuarto gol perforará la
cabaña cuscatleca, ya se podía
observar a hinchas del hermano país
embriagados de gloria, en tanto que a su diestra
y a su siniestra, jóvenes desilusionados,
con la bandera salvadoreña en la espalda,
iniciaban la diáspora.
"¡¡Fue Horriiiibleeeee!!!,
¡¡¡Somos una .......!!!!,
¡¡¡La misma llamarada de
tuza!!!!", eran las expresiones que se
repetían sin cesar.
"¡¡Devuélvanme mi
dinero!!!", gritaban otros, mientras que los
hondureños permanecían en el
interior del estadio observando la
carnicería que aún no
terminaba.
Minutos más tarde, los aficionados de
Hibueras se apostaron afuera de los camerinos
para vitorear a sus ídolos. Quedaba el
largo regreso a casa.
Entre hoy y mañana
Un joven catracho, con la sonrisa de oreja a
oreja y un gigantesco sombrero a franjas celeste
y blanco, explicaba junto a otros
compañeros la alegría que
invadía el autobús que los
llevaría al hotel donde estaban
alojados.
No regresaban el mismo día. "Entre hoy
y mañana, regresaran todo los
aficionados, Viva Honduras!!!", demostraban
todos juntos, y ellos sólo eran parte de
uno de las decenas de tours que salieron de
diferentes partes del vecino país.
Unos se quedarían hospedados en
hoteles, y otros regresaban el mismo día,
esperando su retorno en horas de la
madrugada.
Sobre la carretera a Comalapa, y sobre el
Litoral encontramos varios vehículos que
regresaban a casa por la frontera del
Amatillo.
En una de esas unidades viajaban los los
siete miembros de la familia Díaz
Aguilar, provenientes de ciudad Dalí, que
esperaban llegar a las tres de la mañana
a casa.
"Cuando lleguen a Honduras, los vamos a
recibir con los brazos abiertos", decía
una de las mujeres, que agradecía el
clima de paz con el que habían llegado, y
en el que se habían ido.
Moisés Arguello y Cornelio
Calderón de 34 años,
provenían de Choluteca, población
ubicada al sur de Honduras. Con la garganta
todavía resquebrajada por la
alegría, confesó que "venimos unas
dos mil personas, y esperamos llegar a las tres
de la mañana".
Lo
futbolístico no se diluía de sus
conversaciones. Cecilio Posada, de 25
años, discutía con su paisano y
compañero de asiento Orian
Cáceres: "esperábamos un 2-1, no
un score tan abultado, hoy nos espera jugar
contra Jamaica", mencionaban mientras compraban
algo de comer.
Pick ups y camiones eran vistos durante todo
el camino, contrastando con los vehículos
de los aficionados salvadoreños que
regresaban a casa, muchos de ellos aún
con la cara pintada.
Un motociclista ebrio se detuvo mientras el
colega Herbert Saravia hacía fotos en la
carretera. Su estado de ebriedad era evidente.
La vincha azul con letras blancas de El Salvador
aún permanecía en su cabeza,
más no así sus sentidos.
Parecía un rey bufo.
Al irnos del lugar, el motociclista iba
delante de nosotros dejando una estela de
chispas en todo el camino, ya que la pata de la
motocicleta rozaba con el pavimento. Lo
único que esperábamos era su
caída frente a nuestro carro, hasta que
volvió a detenerse, esperando que le
bajara la borrachera.
Luego, en una gasolinera a la par del Puente
de Oro, dos hinchas capitalinos, Elder Rivas, y
Joel Levas, coementaban que en Tegucigalpa se
pusieron a la venta mil quinientos boletos para
el partido del domingo, y que los demás
fueron comprados en El Salvador. "Toda sombra
sur era de Honduras", decía Rivas, con
orgullo.
A su lado se encontraba Reyna Isabel,
empleada de la gasolinera vecina al puente de
Oro. Entre servicio y servicio, bromeaba con un
colega del autoservicio, con un sombrero que un
aficionado hondureño le habían
regalado.
En esa estábamos cuando Herbert me
aviso que acababa de pasar un vehículo
con una gran bandera hondureña clavada en
la parte de atrás del vehículo,
por lo que comenzó una inesperada
persecución en las oscura carretera
oriental.
Luego de sobrepasar a tres pick ups, a un
camión y a una furgoneta, encontramos a
nuestra presa. Cuando la luz del flash de la
cámara bañaba la parte trasera del
vehículo, tres adormiladas cabezas
salieron a flote de repente. Y, bajo la
intermitente luz artificial del equipo Nikon,
los aficionados optaron por sacudir otra gran
bandera que llevaban consigo.