... Y vieron que el
fútbol era bueno
Aquello de buscar un espacio rectangular,
una pelota de plástico, y cuatro
ladrillos para delimitar los dos marcos no es
sólo una forma de diversión, sino
muchas veces una infalible terapia. Un parqueo
que linda con el transitado Bulevar Venezuela ha
servido a la comunidad Trujillo para alejar a su
juventud del camino de las drogas y de la
delincuencia.
- Daniel
Herrera
- El Diario
de Hoy
Todas
las noches, una pelota rebota en la conciencia
de la ciudad. Pateada por los jóvenes de
la comunidad Trujillo, una de las decenas de
humildes comunidades urbanas paridas por el
terremoto de 1986, la esfera de cuero reta al
malandro y al desempleo. Luego de nueve meses,
los buenos siguen ganando.
La Trujillo es el pronombre -en lo absoluto
posesivo- de los capitalinos que vivían
en esa zona invisible comprendida entre el
Barrio Candelaria y el Mercado Central hasta el
terremoto del 10 de octubre. Exiliados, primero
por el sismo y después por el marasmo de
las autoridades, cientos de familias escogieron
un predio baldío entre la Primera Avenida
Sur y la 29 de Agosto para reiniciar su
vida.
Apenas tres años más tarde, la
ofensiva guerrillera de noviembre de 1989
asaltó de nuevo la bitácora de los
Pérez, los Martínez, los
Buendía, los Quezada. La
disposición geográfica de la zona,
cercada por varias de las colonias más
peligrosa del Sur Poniente de San Salvador,
permitió que los combatientes se
refugiasen a placer en los angostos pasajes de
la comunidad.
Media década después no fueron
soldados e insurgentes, sino ladrones y
drogadictos quienes hicieron nicho en la
Trujillo. El panorama era incierto de nueva
cuenta. Lo que ninguno imaginaba era que una
pelota resolvería lo que las macanas
policiales no habían podido.
La FIFA de los humildes
A principios de este año, el
Comité de Vecinos de la Trujillo, una
agrupación formada mayoritariamente por
padres de familia, comenzó a buscar
estrategias no punitivas para encarar la
peligrosidad de la zona. Como respuesta
más inmediata idearon montar un
multitudinario torneo de fútbol. La
pregunta era adónde, ante la ausencia de
un al menos humilde pedazo de zacate.
Por años, un pequeño parqueo
que da al Bulevar Venezuela había servido
de canchita para mascones de barriada, pero
además de que no es lo mismo dócil
césped que avieso cemento, la acera sufre
una inclinación de treinta grados en esa
demarcación. Asimismo, y siempre y cuando
no hubiese parqueado al menos un
vehículo, un generoso basurero
hacía las veces de banderín de
córner.
A lo hecho, pecho. Azuzados por la necesidad,
los miembros del Comité capitalizaron los
pocos recursos disponibles. Según relata
Fernando Guzmán, uno de los inspiradores
de la idea, "lo primero fue convencer a los
vecinos que tienen carro de que no lo
dejarán allí por las noches. Lo
hicimos con el afán de ya no ver tanta
perdición en nuestra comunidad. Tanto
hulepega y drogadicto".
Luego, con fondos de la misma directiva,
compraron pintura para maquillar el parqueo con
todas las líneas de un campo de juego.
Hablando de belleza, la cosmetóloga local
proporcionó una conexión
eléctrica para colocar un foco a guisa de
torres de iluminación. Las tenderas
decidieron repartir gaseosas y pan dulce, y dos
que tres vendedores de "pan chuco" se les
aliaron.
Exito brutal
La voz corrió por la comunidad y por
las colonias aledañas. Así, una
semana antes del "Primer Torneo de Futbolito
Macho de la Comunidad Trujillo", ya había
seis equipos, todos de hombres. Cuando se
cortó la cinta de inauguración, el
1o. de julio, debió organizarse a ocho
equipos en masculino y a dos de femenino.
Los nombres iban desde los
argentinófilos River Plate o Boca
Juniors, hasta los "filiales" de entidades con
solera europea, como el Internazionale o el
Arsenal. Hay ahí gente de la Trujillo,
pero también de la Comunidad Cruz Roja y
del Mercado Central.
Hace un par de meses, con algo de miedito por
aquello del riesgo, se anunció a las
personas interesadas que se acercaran a
inscribir a su equipo por una cuota de ¢25
colones, más una cantidad igual en
concepto de inscripción. El máximo
de jugadores es de seis, y tres son los que
juegan.
Si al menos ese lujo, el de comenzar a
considerarse autogestionables, le ha mejorado el
ánimo a los organizadores, la
cercanía con el Bulevar es un peligro
para los futbolistas. "Muchas veces la pelota se
va hacia la calle, y más de alguno va
detrás de ella. Lo que queremos es
cercar", comentó Wilber Angel, miembro de
la directiva.
Claro, el espíritu puede más.
Tanto, que hasta quieren sacar de su bolsa para
alumbrar la zona como debe ser. "Creo que la
Alcaldía nos puede ayudar, sobre todo
considerando que pagamos impuestos hasta por la
luz del paso a desnivel", señaló
Fernando Guzmán. "Hay un predio
atrás de la comunidad que bien se
podría utilizar para una cancha, un
parque o un lugar donde uno pueda llegar a
divertirse", ripostó Angel. Es cosa de no
rendirse, de no ponerle cortapisas a los
sueños.
La calle. El espacio de nadie. La pelota. El
jolgorio de todos. Tire usted una pelota a la
calle y verá quién conquista a
quién.