Lunes 10 de julio


... Y vieron que el fútbol era bueno

Aquello de buscar un espacio rectangular, una pelota de plástico, y cuatro ladrillos para delimitar los dos marcos no es sólo una forma de diversión, sino muchas veces una infalible terapia. Un parqueo que linda con el transitado Bulevar Venezuela ha servido a la comunidad Trujillo para alejar a su juventud del camino de las drogas y de la delincuencia.

Daniel Herrera
El Diario de Hoy

Todas las noches, una pelota rebota en la conciencia de la ciudad. Pateada por los jóvenes de la comunidad Trujillo, una de las decenas de humildes comunidades urbanas paridas por el terremoto de 1986, la esfera de cuero reta al malandro y al desempleo. Luego de nueve meses, los buenos siguen ganando.

La Trujillo es el pronombre -en lo absoluto posesivo- de los capitalinos que vivían en esa zona invisible comprendida entre el Barrio Candelaria y el Mercado Central hasta el terremoto del 10 de octubre. Exiliados, primero por el sismo y después por el marasmo de las autoridades, cientos de familias escogieron un predio baldío entre la Primera Avenida Sur y la 29 de Agosto para reiniciar su vida.

Apenas tres años más tarde, la ofensiva guerrillera de noviembre de 1989 asaltó de nuevo la bitácora de los Pérez, los Martínez, los Buendía, los Quezada. La disposición geográfica de la zona, cercada por varias de las colonias más peligrosa del Sur Poniente de San Salvador, permitió que los combatientes se refugiasen a placer en los angostos pasajes de la comunidad.

Media década después no fueron soldados e insurgentes, sino ladrones y drogadictos quienes hicieron nicho en la Trujillo. El panorama era incierto de nueva cuenta. Lo que ninguno imaginaba era que una pelota resolvería lo que las macanas policiales no habían podido.

La FIFA de los humildes

A principios de este año, el Comité de Vecinos de la Trujillo, una agrupación formada mayoritariamente por padres de familia, comenzó a buscar estrategias no punitivas para encarar la peligrosidad de la zona. Como respuesta más inmediata idearon montar un multitudinario torneo de fútbol. La pregunta era adónde, ante la ausencia de un al menos humilde pedazo de zacate.

Por años, un pequeño parqueo que da al Bulevar Venezuela había servido de canchita para mascones de barriada, pero además de que no es lo mismo dócil césped que avieso cemento, la acera sufre una inclinación de treinta grados en esa demarcación. Asimismo, y siempre y cuando no hubiese parqueado al menos un vehículo, un generoso basurero hacía las veces de banderín de córner.

A lo hecho, pecho. Azuzados por la necesidad, los miembros del Comité capitalizaron los pocos recursos disponibles. Según relata Fernando Guzmán, uno de los inspiradores de la idea, "lo primero fue convencer a los vecinos que tienen carro de que no lo dejarán allí por las noches. Lo hicimos con el afán de ya no ver tanta perdición en nuestra comunidad. Tanto hulepega y drogadicto".

Luego, con fondos de la misma directiva, compraron pintura para maquillar el parqueo con todas las líneas de un campo de juego. Hablando de belleza, la cosmetóloga local proporcionó una conexión eléctrica para colocar un foco a guisa de torres de iluminación. Las tenderas decidieron repartir gaseosas y pan dulce, y dos que tres vendedores de "pan chuco" se les aliaron.

Exito brutal

La voz corrió por la comunidad y por las colonias aledañas. Así, una semana antes del "Primer Torneo de Futbolito Macho de la Comunidad Trujillo", ya había seis equipos, todos de hombres. Cuando se cortó la cinta de inauguración, el 1o. de julio, debió organizarse a ocho equipos en masculino y a dos de femenino.

Los nombres iban desde los argentinófilos River Plate o Boca Juniors, hasta los "filiales" de entidades con solera europea, como el Internazionale o el Arsenal. Hay ahí gente de la Trujillo, pero también de la Comunidad Cruz Roja y del Mercado Central.

Hace un par de meses, con algo de miedito por aquello del riesgo, se anunció a las personas interesadas que se acercaran a inscribir a su equipo por una cuota de ¢25 colones, más una cantidad igual en concepto de inscripción. El máximo de jugadores es de seis, y tres son los que juegan.

Si al menos ese lujo, el de comenzar a considerarse autogestionables, le ha mejorado el ánimo a los organizadores, la cercanía con el Bulevar es un peligro para los futbolistas. "Muchas veces la pelota se va hacia la calle, y más de alguno va detrás de ella. Lo que queremos es cercar", comentó Wilber Angel, miembro de la directiva.

Claro, el espíritu puede más. Tanto, que hasta quieren sacar de su bolsa para alumbrar la zona como debe ser. "Creo que la Alcaldía nos puede ayudar, sobre todo considerando que pagamos impuestos hasta por la luz del paso a desnivel", señaló Fernando Guzmán. "Hay un predio atrás de la comunidad que bien se podría utilizar para una cancha, un parque o un lugar donde uno pueda llegar a divertirse", ripostó Angel. Es cosa de no rendirse, de no ponerle cortapisas a los sueños.

La calle. El espacio de nadie. La pelota. El jolgorio de todos. Tire usted una pelota a la calle y verá quién conquista a quién.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Escenarios] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'00] [Portada] [Planeta Alternativo]