Jueves 7 de diciembre 2000


¿Alguien sabe cómo se llama la canciíon dólar?

La profecía está por cumplirse: Y llegará un día en el que vendrá una moneda de un país poderoso, y echará raíces en estas tierras. Y al final, no quedará colón sobre colón... Y a muchos vendedores de mercados, el nuevo régimen los encontrará aturdidos y temerosos. Y la calculadora será la salvación

El Diario de Hoy

En el negocio del regateo, la incertidumbre es mala consejera. La palabra debe ser precisa y la oferta tentadora. La camaradería llega por añadidura. Entre la "transa" y el "cuánto me ofrece mi amor", se apresuran los vendedores del mercado La Tiendona, sin saber cómo será el negocio a imagen y semejanza del dólar.

El asunto no es tan fácil. Por el momento, los cálculos son tan enrevesados como las pequeñas y atiborradas calles que parten en mil pedazos el mercado de legumbres más grande que existe en el país. Entre pepinos y lechugas, quintales y arrobas, el frío es lo de menos. Lo importante es salir de esa tormentosa ignorancia. ¿Alguien ha visto una calculadora? Podría ayudarles un poco a sobrellevar la incertidumbre. Confundidos, la mayoría pide una explicación más popular de lo que pasará.

Como el desdichado que sufre de una ceguera repentina, María Amanda Hernández ve más sombras que luces. Lleva cinco años vendiendo en La Tiendona. Ha visto y ha padecido de todo por "el billete".

La última vez, en octubre - recuerda con una gran entereza, sin asustarse- , la asaltaron en Guatemala cuando traía frutas para vender en La Tiendona. "Los chapines" le pusieron una pistola en la cabeza y otra en el abdomen. "Querían sólo los quetzales, nada de colones. Al final, nos quitaron todas las prendas de oro que andábamos y se fueron con el dinero. Nos dejaron tirados".

Los muchos

Al recordar la llegada del omnipotente dólar, la expresión de su rostro cambia repentinamente. La seguridad de la luchadora se desvanece en una mueca de vacilación. Sus brazos dejan de moverse y la mirada se pierde en un punto que pareciera estar arriba del hombro de cualquiera.

La incertidumbre la inquieta y la hace sucumbir. Reacciona y recuerda las preguntas de todos: ¿Y cómo vamos a hacer?. El negocio del colón se lo puede a la perfección, sus ajustes y sus trampas, pero el dólar se baila a otro ritmo.

Lo que más le preocupa es como manejar dos sistemas al mismo tiempo, el de la moneda local y el del dólar. "Fíjese bien, la piña la doy a dos colones cada una. Y si viene alguien a comprarme cuatro piñas y me paga con un billete de a veinte dólares, ¿Cuánto le voy a dar vuelto?, ¿Y si no quiere colones y no tengo dólares?, ¿Y las monedas para ajustar?. Ahí es donde se puede confundir uno". El "menudeo" enreda a cualquiera.

Las preocupaciones de sus ayudantes, atentos a la conversación de la patrona, van más allá. "El problema es que el dólar también se presta a un montón de cosas "chuecas", como el lavado de dinero y el secuestro. Ahora resulta que los delincuentes sólo van a andar encima del dólar".

"Este tiene razón - lo secunda María Amanda con un rápido movimiento de cabeza-. hace poco, en una tienda que está allá afuera mataron a un muchacho por un billete de a cincuenta colones. Sólo póngase a pensar con un pobre cristiano que ande comprando aquí con un billete de a cien dólares. Púchica, si ese ya es bastante dinero".

El incesante bullicio y el aullido de los claxons apenas interrumpen las intrigantes conversaciones. El ayudante, inquisidor y de pocas palabras, vuelve con otra inquietud que no lo ha dejado tranquilo en los últimos días: "¿Y los dólares falsos? Nosotros sabemos bien cuando un colón es falso, pero un dólar. Por más que digan como son, ese va a estar más difícil?.

"Nosotros al menos sabemos la o y la e. Pero la pobre gente que no sabe nada. Esos son los primeros que se van a bajar", vaticina María Amanda, mientras acomoda sus nuevas prendas de oro y el delantal. Se levanta y vuelve al negocio de sus piñas, entre dudas y temores.

Los pocos

En ese barullo, el único que parece saber como se bailará la cancionsita del dólar es el vendedor de relojes y calculadoras. José Quintanilla ya hizo sus cuentas y la calculadora que vende en 25 colones la dará en tres dólares. Para él, el negocio será mejor, porque ganaría un colón con 25 centavos de más ( en tres dólares serán 26 colones con 25 centavos).

Sonríe aún más al sospechar que la venta de calculadoras se convertirá en "un negocio redondo", cuando el año nuevo empiece. Todos necesitarán una, para ajustar sus cuentas. Serán las salvavidas e esas agitadas aguas.

José Quintanilla ha "apantallado" a los que lo rodean. Sostiene con más fuerza la bandeja repleta de relojes y de calculadoras "hechos en la China", mientras Erick, un joven cargador de bultos al que le dicen "el chele", le pide consejo: "Hey, por llevar una carga de aquí a La (cervecería) Constancia cobramos cinco colones, cuál será la tarifa en dólar".

El cálculo y la respuesta son rápidas: "En verdad, serían 57 centavos de dólar, pero vos cobra los 60 o los 75 y así sacas más ganancia". "El chele" vuelve a ver a sus viejos compañeros, encorvados y curtidos por el tiempo, y los reconviene: "Pongan atención, para que después no nos bajen. Este ese el negocio de los más vivos...".


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