¿Alguien sabe
cómo se llama la canciíon
dólar?
La profecía está por
cumplirse: Y llegará un día en el
que vendrá una moneda de un país
poderoso, y echará raíces en estas
tierras. Y al final, no quedará
colón sobre colón... Y a muchos
vendedores de mercados, el nuevo régimen
los encontrará aturdidos y temerosos. Y
la calculadora será la
salvación
El Diario de
Hoy
En
el negocio del regateo, la incertidumbre es mala
consejera. La palabra debe ser precisa y la
oferta tentadora. La camaradería llega
por añadidura. Entre la "transa" y el
"cuánto me ofrece mi amor", se apresuran
los vendedores del mercado La Tiendona, sin
saber cómo será el negocio a
imagen y semejanza del dólar.
El asunto no es tan fácil. Por el
momento, los cálculos son tan enrevesados
como las pequeñas y atiborradas calles
que parten en mil pedazos el mercado de
legumbres más grande que existe en el
país. Entre pepinos y lechugas, quintales
y arrobas, el frío es lo de menos. Lo
importante es salir de esa tormentosa
ignorancia. ¿Alguien ha visto una
calculadora? Podría ayudarles un poco a
sobrellevar la incertidumbre. Confundidos, la
mayoría pide una explicación
más popular de lo que pasará.
Como el desdichado que sufre de una ceguera
repentina, María Amanda Hernández
ve más sombras que luces. Lleva cinco
años vendiendo en La Tiendona. Ha visto y
ha padecido de todo por "el billete".
La última vez, en octubre - recuerda
con una gran entereza, sin asustarse- , la
asaltaron en Guatemala cuando traía
frutas para vender en La Tiendona. "Los
chapines" le pusieron una pistola en la cabeza y
otra en el abdomen. "Querían sólo
los quetzales, nada de colones. Al final, nos
quitaron todas las prendas de oro que
andábamos y se fueron con el dinero. Nos
dejaron tirados".
Los muchos
Al recordar la llegada del omnipotente
dólar, la expresión de su rostro
cambia repentinamente. La seguridad de la
luchadora se desvanece en una mueca de
vacilación. Sus brazos dejan de moverse y
la mirada se pierde en un punto que pareciera
estar arriba del hombro de cualquiera.
La incertidumbre la inquieta y la hace
sucumbir. Reacciona y recuerda las preguntas de
todos: ¿Y cómo vamos a hacer?. El
negocio del colón se lo puede a la
perfección, sus ajustes y sus trampas,
pero el dólar se baila a otro ritmo.
Lo que más le preocupa es como manejar
dos sistemas al mismo tiempo, el de la moneda
local y el del dólar. "Fíjese
bien, la piña la doy a dos colones cada
una. Y si viene alguien a comprarme cuatro
piñas y me paga con un billete de a
veinte dólares, ¿Cuánto le
voy a dar vuelto?, ¿Y si no quiere colones
y no tengo dólares?, ¿Y las monedas
para ajustar?. Ahí es donde se puede
confundir uno". El "menudeo" enreda a
cualquiera.
Las preocupaciones de sus ayudantes, atentos
a la conversación de la patrona, van
más allá. "El problema es que el
dólar también se presta a un
montón de cosas "chuecas", como el lavado
de dinero y el secuestro. Ahora resulta que los
delincuentes sólo van a andar encima del
dólar".
"Este tiene razón - lo secunda
María Amanda con un rápido
movimiento de cabeza-. hace poco, en una tienda
que está allá afuera mataron a un
muchacho por un billete de a cincuenta colones.
Sólo póngase a pensar con un pobre
cristiano que ande comprando aquí con un
billete de a cien dólares.
Púchica, si ese ya es bastante
dinero".
El incesante bullicio y el aullido de los
claxons apenas interrumpen las intrigantes
conversaciones. El ayudante, inquisidor y de
pocas palabras, vuelve con otra inquietud que no
lo ha dejado tranquilo en los últimos
días: "¿Y los dólares falsos?
Nosotros sabemos bien cuando un colón es
falso, pero un dólar. Por más que
digan como son, ese va a estar más
difícil?.
"Nosotros al menos sabemos la o y la e. Pero
la pobre gente que no sabe nada. Esos son los
primeros que se van a bajar", vaticina
María Amanda, mientras acomoda sus nuevas
prendas de oro y el delantal. Se levanta y
vuelve al negocio de sus piñas, entre
dudas y temores.
Los pocos
En ese barullo, el único que parece
saber como se bailará la cancionsita del
dólar es el vendedor de relojes y
calculadoras. José Quintanilla ya hizo
sus cuentas y la calculadora que vende en 25
colones la dará en tres dólares.
Para él, el negocio será mejor,
porque ganaría un colón con 25
centavos de más ( en tres dólares
serán 26 colones con 25 centavos).
Sonríe aún más al
sospechar que la venta de calculadoras se
convertirá en "un negocio redondo",
cuando el año nuevo empiece. Todos
necesitarán una, para ajustar sus
cuentas. Serán las salvavidas e esas
agitadas aguas.
José Quintanilla ha "apantallado" a
los que lo rodean. Sostiene con más
fuerza la bandeja repleta de relojes y de
calculadoras "hechos en la China", mientras
Erick, un joven cargador de bultos al que le
dicen "el chele", le pide consejo: "Hey, por
llevar una carga de aquí a La
(cervecería) Constancia cobramos cinco
colones, cuál será la tarifa en
dólar".
El cálculo y la respuesta son
rápidas: "En verdad, serían 57
centavos de dólar, pero vos cobra los 60
o los 75 y así sacas más
ganancia". "El chele" vuelve a ver a sus viejos
compañeros, encorvados y curtidos por el
tiempo, y los reconviene: "Pongan
atención, para que después no nos
bajen. Este ese el negocio de los más
vivos...".