Navidad sin
pavo
En vez de pavo, habrá pollo; en vez
de vino, Coca Cola. A cambio de ropa nueva o
estrenos, lavarán bien la que tienen. Esa
será una respuesta para demostrar que la
Navidad no es responder estrictamente con la
etiqueta, sino con el amor familiar y la
unión de la misma
Gustavo Rico/Elena
Bauer
Navidad
es esa extraña sensación de que
algo bueno vendrá el próximo
año, aunque pocas veces suceda en los
viejos y olvidados mesones.
Allí, muchos salvadoreños se
las ingenian para construir su hogar en
desoladas habitaciones de casas viejas que dan
la sensación de ser cuevas de
láminas de zinc o de ruinas mayas.
Los pobladores de esos sectores son cientos
de familias que viven en antiguas residencias de
principios de siglo, en medio de derruidas
paredes y bajo techos que están
incapacitados para detener un aguacero
fuerte.
Muchas de ellas cayeron con el terremoto del
86. Otras aún albergan personas, bajo la
amenaza de caerles encima. Es frecuente que
allí se cuelen, entre las paredes, el
frío y el polvo, aunque la pobreza no es
impedimento para que muchos padres le obsequien
una Feliz Navidad a sus hijos, o para que una
muñeca sin brazos tenga más valor
que en cualquier otra época del
año.
Tragedia y coraje
Historias trágicas y de valor se
entremezclan y cobran vida en los mesones que
existen en todo el país, donde la Navidad
es una época para recordar y esperar un
año más benefactor.
El arbolito que la huérfana de padre
Alma Patricia, de 15 años, ha puesto
arriba de un mueble ilumina el cuartito de
paredes de bahareque, junto a unos posters de
artistas que le gustan a la joven. Para ella,
estas fechas tienen un significado feliz. Para
su abuelita, Emilia Menjívar, es tiempo
de tristeza, ya que en diciembre falleció
su hijo, hace cinco años.
La septuagenaria Emilia vende yuca y
pastelitos para el sustento de sus nietas y para
costear la educación de éstas.
Desde que su hija mayor murió en un
accidente de tránsito, hace tres meses,
Elsa Marina Acosta Peraza, de 40 años,
cuida a su nieto de dos años y su hijo
menor de 11.
"La Navidad es para los niños, ya que
ellos disfrutan con los cohetes y la comida,
para los adultos ya no significa tanto", comenta
doña Elsa Marina.
"Para el próximo año, espero
que ya no haya tanta delincuencia e injusticia,
para que ya no pasen casos como cuando mataron a
mi hija", recuerda doña Elsa, entre
llantos y sollozos.
Esperanza infantil
La mayoría de niños que viven
en los mesones capitalinos sigue con la
esperanza de que lleguen a los oídos de
Santa Claus sus peticiones ignoradas año
con año.
Pero celebrar la cena navideña junto a
sus padres,se convierte en un evento importante
con solo la presencia de ellos. Cuentan con
pocos invitados.
Fátima, Karla y Miriam Monzón
Lozano, de nueve, siete y cinco años,
respectivamente, no saben si esta Navidad la van
a pasar junto a su progenitora, ya que ella se
fue hace tres meses a trabajar a Nueva York,
buscando un mejor futuro para sus
pequeñinas.
"Para mí, Navidad es un momento muy
bonito, aunque nosotras la vamos a pasar sin
nuestra mamá", comenta la mayor de las
tres hermanas, mientras observa a su abuelita
Cristina Pineda, de 70 años, vender
dulces en la acera de enfrente. Su hermanita
Miriam Monzón llora a diario por la falta
de su madre. Fátima dice que ya se
acostumbró a dicha situación.
Patricia Marlene Hernández Najarro, de
10 años, cuenta que para todos los 24 de
diciembre siempre va a misa, para oír la
palabra de Dios. "Para mí, es pasarlo con
mucha alegría junto a mi familia",
comenta la pequeña que espera de Santa
Claus una bicicleta.
Unidos en la pobreza
"Navidad es tiempo de armonía, paz y
comprensión. Significa estar en paz con
Dios y con nosotros mismos", reflexiona Flor de
María Cruz, de 23 años, residente
de la comunidad Solís, un mesón
del barrio Lourdes de San Salvador.
Su tía Calixta Cruz, de 60 años
y 14 de vivir en el mesón, cuenta que
para el 24 y 31 de diciembre siempre van a misa,
a convivir con toda la familia "la época
de alegría y fe".
El
deseo que tiene doña Calixta para el
año próximo es poder comprar los
cuartitos que ahora alquila.
Su vecina María Tránsito
Cornejo, de 60, explica que las fiestas de
diciembre celebran la venida del Mesías,
por lo que pasan estas fechas con mucho gozo.
Cuenta que la alegría de sus nietos es el
mejor regalo para ella.
"La Navidad significa volver a renacer",
explica Ada Constancia, joven de 17 años
y madre de una hija de año y medio. Para
su madre Ana es una época de "gastos", ya
que no cree en la Navidad.
María del Carmen Abrego, de 43
años, es un ejemplo de lucha, con tres
hijos para mantener. María es maestra y
estudiante universitaria, a dos materias para
graduarse.
Junto a sus hijos, Stephanie, de 12, y
José Mario Alemán, de 8, menciona
que espera celebrar la Navidad en su
mesón por dos razones: la primera, porque
no hay más donde ir, y la segunda, por
miedo a que los cohetes incendien las piezas de
madera.
Pollo frito y una manzana para cada
niño será la cena del
próximo 24 de diciembre para esta devota
católica y sus hijos, y quién
tendrá como invitada especial a su vecina
"Juanita", de 67 años, quien tiene como
única familia a su vecina María
Abrego.
Juanita tiene su pequeña pieza
decorada con papel de china y adornos propios de
la fecha. "Aquí, junto a la virgencita",
dice Juanita, al señalar su
pequeño arbolito, de unos 10
centímetros de alto.