Lunes 11 de diciembre 2000


El analfabetismo del dólar

Son salvadoreños humildes. Viven en cantones y caseríos lejanos. Día tras día, sobreviven con los poco que consiguen. La transacción del dólar es algo tan lejano y confuso, que es mejor hincarse ante un altar para pedir un poco de claridad

El Diario de Hoy

Guadalupe Moreno no niega su ignorancia. Con una fatídica resignación, acepta que en sus cuarenta y tantos años apenas ha aprendido a leer algunos pasajes de la Biblia, por pura convicción cristiana. La llegada del dólar será como una tormenta de arena en el hostil desierto de sus días.

Nada de cuentas largas ni enredadas. Ni muchos menos conversiones a la ligera ni decimales quisquillosos. Tan sólo sabe controlar el pequeño espacio en el que sobrevive: la venta de mariscos que junto a otra amiga, mantienen en el mercado de Nejapa. "La libra de ese pescado vale diez colones y punto". Aún no se resigna a aceptar que esa transacción sufrirá una estrepitosa metamorfosis.

Aunque sus días transcurren en el sosiego del pequeño y aseado mercado, su pensamiento está en lugares tan dispares. Nació en el cantón "Los Amates", en San Isidro Cabañas, y vive en las afueras de Zaragoza, en La Libertad. Todos los días, repite la misma romería, del caluroso sur al nostálgico norte. Un devenir que le cuesta 15 colones diarios por el derecho se subirse en el bus de la subsistencia.

En la oscuridad

"Imagínese que mis padres nunca me dieron educación. Nunca fui a una escuela", confiesa la mujer, con una sonrisa parca y una piel morena de tanto retar al sol. Con semejantes debilidades y austeridades, cómo entender "eso de los dólares".

Lo único que ella y Rosa Amanda de Cabrera, su socia y amiga, saben es lo que ha salido en la televisión. "Que el dólar aquí, que el dólar allá, que los préstamos y los intereses, que el bienestar de todos...".

Eso para ellas no es nada, sólo luciérnagas en una noche oscura e interminable. Nadie les ha explicado cómo les va a afectar y a beneficiar a ellas la entrada en vigencia del nuevo sistema.

Lo que más les preocupa es cómo van a dar cambios en dólares, si apenas sacan el dinero "para irla pasando". "Aquí nosotros los pobres como le vamos a dar vuelto a alguien que venga a pagarnos con un billete de a cien dólares. Díganos, cómo vamos a hacer".

La situación económica las tiene en la orilla de un gigantesco desfiladero. En el fondo está el desierto de las frustraciones. "Si el 'pistillo' que hoy sacamos, nos sirve para mañana. Vamos a vuelta de rueda. La verdad, que la situación económica está bien fregada. Si no salimos corriendo es porque tenemos verguenza. Esto es terrible, pero, ni modo, hay que hacerle frente".

Un poco de luz

Sobrevivir en medio de ese asfixiante desierto, es lo que mejor ha aprendido Guadalupe Moreno. Trabaja con dinero prestado al 20 por ciento de interés. Las ventas en el mercado de Nejapa están mal; uno que otro domingo, se mueve el negocio. Y de lo poco que saca con la venta de mariscos, tiene que pagar las deudas y alimentar a seis de los 10 hijos que procreó.

Su incertidumbre es pasmosa. Tiene miedo de equivocarse y de que la timen. En su analfabetismo, prefiere espantar las moscas que merodean encima de los pescados que no ha logrado vender, que hacer cálculos y conversiones de dólares a colones y viceversa. De nada sirve, por que no entiende. En su mente los números y las letras son asuntos infinitamente lejanos.

Rosa Amanda tiene más temple. Aunque prefiere que sólo se quede el colón, pronto aprenderá ese trueque. La seguridad de su palabra y la tranquilidad de su mirada, no la cotradicen.

Lastimosamente, ellas no son las únicas extraviadas. "Usted le pregunta a esa gente y nadie sabe nada de eso - se lamenta Rosa Amanda- . Están igual que nosotras". Sus vecinas, la que echa tortillas, la pupusera, la de los quesos, la verdulera... tienen la misma expresión de incertidumbre y desolación.

Ante tanta vacilación, algunos buscan el consuelo divino . A pocos pasos del mercado, está la vieja iglesia. Aún conserva sus paredes revestidas con madera tallada, sus blancas paredes carcomidas y el altar repujado con ribetes dorados. Debajo de cada ventana, está un camarín con su santo, con la túnica de siempre y la mirada piadosa.

Hasta allí llegan los desconsolados y los afligidos. Son devotos humildes que vienen de cantones y caseríos lejanos. Visten ropas ajadas, porque no tienen plancha. Y Aunque la tuvieran de nada serviría porque tampoco tiene energía eléctrica.

Caminan despacio, con la cabeza agachada, hasta llegar a la banca en donde se hincan, juntan sus manos y murmuran. Ruegan por lo suyos, por la siembra, por la situación económica. Pronto, las plegarias incluirán al dólar, por el acertijo que vendrá. El analfabetismo sucumbe y el tiempo no perdona.


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