El analfabetismo del
dólar
Son salvadoreños humildes. Viven en
cantones y caseríos lejanos. Día
tras día, sobreviven con los poco que
consiguen. La transacción del
dólar es algo tan lejano y confuso, que
es mejor hincarse ante un altar para pedir un
poco de claridad
El Diario de
Hoy
Guadalupe
Moreno no niega su ignorancia. Con una
fatídica resignación, acepta que
en sus cuarenta y tantos años apenas ha
aprendido a leer algunos pasajes de la Biblia,
por pura convicción cristiana. La llegada
del dólar será como una tormenta
de arena en el hostil desierto de sus
días.
Nada de cuentas largas ni enredadas. Ni
muchos menos conversiones a la ligera ni
decimales quisquillosos. Tan sólo sabe
controlar el pequeño espacio en el que
sobrevive: la venta de mariscos que junto a otra
amiga, mantienen en el mercado de Nejapa. "La
libra de ese pescado vale diez colones y punto".
Aún no se resigna a aceptar que esa
transacción sufrirá una
estrepitosa metamorfosis.
Aunque sus días transcurren en el
sosiego del pequeño y aseado mercado, su
pensamiento está en lugares tan dispares.
Nació en el cantón "Los Amates",
en San Isidro Cabañas, y vive en las
afueras de Zaragoza, en La Libertad. Todos los
días, repite la misma romería, del
caluroso sur al nostálgico norte. Un
devenir que le cuesta 15 colones diarios por el
derecho se subirse en el bus de la
subsistencia.
En la oscuridad
"Imagínese que mis padres nunca me
dieron educación. Nunca fui a una
escuela", confiesa la mujer, con una sonrisa
parca y una piel morena de tanto retar al sol.
Con semejantes debilidades y austeridades,
cómo entender "eso de los
dólares".
Lo único que ella y Rosa Amanda de
Cabrera, su socia y amiga, saben es lo que ha
salido en la televisión. "Que el
dólar aquí, que el dólar
allá, que los préstamos y los
intereses, que el bienestar de todos...".
Eso para ellas no es nada, sólo
luciérnagas en una noche oscura e
interminable. Nadie les ha explicado cómo
les va a afectar y a beneficiar a ellas la
entrada en vigencia del nuevo sistema.
Lo que más les preocupa es cómo
van a dar cambios en dólares, si apenas
sacan el dinero "para irla pasando".
"Aquí nosotros los pobres como le vamos a
dar vuelto a alguien que venga a pagarnos con un
billete de a cien dólares.
Díganos, cómo vamos a hacer".
La situación económica las
tiene en la orilla de un gigantesco desfiladero.
En el fondo está el desierto de las
frustraciones. "Si el 'pistillo' que hoy
sacamos, nos sirve para mañana. Vamos a
vuelta de rueda. La verdad, que la
situación económica está
bien fregada. Si no salimos corriendo es porque
tenemos verguenza. Esto es terrible, pero, ni
modo, hay que hacerle frente".
Un poco de luz
Sobrevivir en medio de ese asfixiante
desierto, es lo que mejor ha aprendido Guadalupe
Moreno. Trabaja con dinero prestado al 20 por
ciento de interés. Las ventas en el
mercado de Nejapa están mal; uno que otro
domingo, se mueve el negocio. Y de lo poco que
saca con la venta de mariscos, tiene que pagar
las deudas y alimentar a seis de los 10 hijos
que procreó.
Su incertidumbre es pasmosa. Tiene miedo de
equivocarse y de que la timen. En su
analfabetismo, prefiere espantar las moscas que
merodean encima de los pescados que no ha
logrado vender, que hacer cálculos y
conversiones de dólares a colones y
viceversa. De nada sirve, por que no entiende.
En su mente los números y las letras son
asuntos infinitamente lejanos.
Rosa Amanda tiene más temple. Aunque
prefiere que sólo se quede el
colón, pronto aprenderá ese
trueque. La seguridad de su palabra y la
tranquilidad de su mirada, no la cotradicen.
Lastimosamente, ellas no son las
únicas extraviadas. "Usted le pregunta a
esa gente y nadie sabe nada de eso - se lamenta
Rosa Amanda- . Están igual que nosotras".
Sus vecinas, la que echa tortillas, la pupusera,
la de los quesos, la verdulera... tienen la
misma expresión de incertidumbre y
desolación.
Ante tanta vacilación, algunos buscan
el consuelo divino . A pocos pasos del mercado,
está la vieja iglesia. Aún
conserva sus paredes revestidas con madera
tallada, sus blancas paredes carcomidas y el
altar repujado con ribetes dorados. Debajo de
cada ventana, está un camarín con
su santo, con la túnica de siempre y la
mirada piadosa.
Hasta allí llegan los desconsolados y
los afligidos. Son devotos humildes que vienen
de cantones y caseríos lejanos. Visten
ropas ajadas, porque no tienen plancha. Y Aunque
la tuvieran de nada serviría porque
tampoco tiene energía
eléctrica.
Caminan despacio, con la cabeza agachada,
hasta llegar a la banca en donde se hincan,
juntan sus manos y murmuran. Ruegan por lo
suyos, por la siembra, por la situación
económica. Pronto, las plegarias
incluirán al dólar, por el
acertijo que vendrá. El analfabetismo
sucumbe y el tiempo no perdona.