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Inicio del Sitio Martes 30 de Diciembre
 

 

 
 

Caluroso recibimiento

El calor tropical de El Salvador no afecta a los hermanos que regresan a El Salvador a ver a sus familias, ya que es el beso o el abrazo lo que vienen esperando desde que salen de sus países de residencia. Llegan de Norteamérica y otras partes del mundo.

Texto y Fotos: Gustavo Rico Baños
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Un fuerte abrazo. Recibió de bienvenida Francisco Henríquez, procedente de Houston, de parte de su sobrino Franklin Merino.

María Esther, de 55 años, abrazaba emocionada a su hijo, de 25, que llegaba procedente de Los Ángeles, luego de tres años de separación.

Esta escena se repite una y otra vez en el aeropuerto El Salvador, donde los salvadoreños de la diáspora llegan a diario por centenares para reencontrarse con sus familias para Navidad y Año Nuevo.

Poco antes, pacientes señoras no dejaban de sobar el bolso, o de mover de un lado a otro la bolsa con comida.

Los pasillos se llenan de gente y bullicio. En pantallas se anuncia la llegada de los vuelos.

La gente mira el cielo esperando ver el vuelo en que vienen sus parientes y pensando “tal vez nos ven desde allá arriba”.

Ni el calor veraniego ni las noticias de violencia ni las incomodidades de un viaje detienen a los compatriotas. Un abrazo, un beso o una simple muestra de afecto filial bien valen la pena para volver.

Jóvenes robustos abrazan a frágiles abuelos, que lloran al ver cómo han cambiado los niños que vieron irse.

La terminal es un mar de gorras y sombreros; sobre todo de modesta gente de la campiña salvadoreña, en pleno mediodía.

Algunos cuentan que ahorraron durante días para pagar el transporte desde el aeropuerto hasta sus casas.

Muchos de ellos viajan en bus, pero de regreso quieren llevar al hijo en carro, en la comodidad de un microbús alquilado o un pick up.

“¿Por cuánto me lleva a Usulután?”, pregunta una bronceada abuela, que espera a su hija que venga de Houston.

Muchos de ellos no escatiman los gastos, con tal de hacer sentir cómodos a los suyos, aunque eso signifique, quedar sin un centavo cuando el pariente vuelva a Estados Unidos.
“¿Qué tal te fue, mi hijo (a)?”, es la frase que más se escucha.

También se observan jóvenes enamorados o esposos que se reencuentran.

Los recién llegados reflejan en sus rostros que han trabajado duro para volver a poder pasar una temporada con sus familias.

El cansancio y el desvelo se dibujan en los rostros de los que llegan de Los Ángeles en el vuelo de temprano y que han tenido que viajar por la noche.

Es así cómo una familia humilde que vivió hace dos mil años en Nazareth, en cuyo seno nació el Hijo de Dios, reúne a cientos de miles de familias en El Salvador, contra las que no han podido ni el tiempo ni la distancia.

 
La vigilancia
En el aeropuerto ha sido vital para la seguridad de los salvadoreños que regresan a su tierra.
El saludo al familiar, al amigo, a los circunstantes, es la primera muestra de satisfacción que expresan los llegados.
La búsqueda de los parientes recién llegados es una de las etapas que requieren más paciencia. Luego el arribo compensará cualquier la espera. A luz de día
Esta pequeña rehusó dejar su almohada, fiel compañera de viaje, luego del vuelo que le tomó la noche.
 

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