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Cargadores de la VIDA

Son muy puntuales. Desde tempranas horas permanecen en distintos puntos del país, esperando rastras o camiones cargados de cualquier material, con la esperanza de que el chófer les dé el trabajo de descargarlo o cargarlo.

Texto y fotos: Mauricio Cáceres
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

David Martínez carga sacos en las bodegas de Agrosol, en Lourdes. Después sube al camión y deshace su trabajo. Foto EDH

Para nosotros éste es un trabajo en el cual a veces ganamos y a veces no, porque no sale ningún viaje, y de esto nos toca mantener a nuestra familia”, dice Ricardo Hernández, de 64 años, y quien ya lleva 35 de ellos siendo mozo o cargador de camiones y rastras.

Aunque parezca mentira, Ricardo ha sustentado a sus seis hijos con este trabajo. No a todos les ha podido dar estudios, pero sí les ha ayudado.

A pesar de tener fracturado el brazo, siempre llega a a las 6:00 de la mañana para esperar con entusiasmo la jornada diaria, en la que también compite con jóvenes.

Los cargadores esperan la señal de algún motorista que necesita trabajadores. Todos tienen que correr. Compiten para ver quién llega primero y se quede con el trabajo.

Las cantidades que reciben por cargar o descargar, sin importar el producto o material del que se trate, oscila entre los $6 y $15. A los mozos les pagan por cada viaje.

Los lugares donde los jornaleros esperan ser contratados son peligrosos, por la velocidad de los vehículos.

Por ejemplo, se reúnen en El Poliedro, en Colón; en El Congo, carretera a Santa Ana; y el Bulevar del Ejército.

Roberto Rodríguez espera con paciencia el trabajo todas las mañanas. Dice estar muy orgulloso de la labor que desempeña. Foto EDH

En estos sitios están expuestos no sólo a que los atropelle un carro.

Cuando suben en una rastra no saben si volverán. En las carreteras, los vuelcos y choques son una fatal probabilidad.

Muchos cargadores pierden hasta su vida y otros, con suerte, sólo sufren fracturas que les dejan incapacitados.

Por ejemplo, a Alejandro Santos García, de 59 años, un accidente en una fundidora le dejó con un impedimento físico, y con una pensión de 21 dólares mensuales.

“Mis dos piernas se quemaron cuando tenía 20 años, y desde entonces me rebusco para trabajar cargando y descargando cosas no muy pesadas para poder mantener a mi familia.

No tenemos seguro de vida. A veces, nuestros compañeros vienen en ataúdes. Nunca nadie se hace responsable cuando una rastra vuelca”, manifiesta García.

 

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