| |

Cicatrices
que nunca sanan
Daniel
y Alejandra son dos niños que tienen en su cuerpo las huellas
más profundas de la pólvora.
|
|
| Con el trasfondo de Navidad. Entre papas
fritas y jugo de naranja, Alejandra y Daniel contaron su trágica
experiencia con la pólvora. Foto
Roberto Velasco |
Alejandra Yamileth González, de nueve años, nunca
sale a la calle sin ponerse antes su inseparable sombrero blanco
con flores rosadas.
A pesar de que éste protege las también rosadas cicatrices
de la cara de los rayos del sol, la niña no se desprende
de esta prenda, aunque esté en un lugar cerrado y con sombra.
Es que me da pena, me siento distinta, explica Alejandra,
cuando se refiere a ese objeto que disimula sólo en parte
las huellas de aquel siniestro ocurrido hace cinco meses en su casa
de Ciudad Delgado.
Amante de los estudios y de compartir con los demás compañeros,
la joven tuvo que dejar de asistir a clases por las quemaduras sufridas
cuando un lote de mechas para cohetes tomó fuego y se quemó
en su cuarto.
Sin embargo, dos meses ingresada en el Hospital Benjamín
Bloom, uno más encerrada en su casa, no impidieron recuperar
el tiempo perdido. En 2004, la joven cursará tercer grado.
El otro año quiero ir a la escuela, pero todavía
no me han matriculado, musita entre dientes.
Hoy, los juegos infantiles como escondelero o mica pasaron
a un segundo plano para la ella.
Su única preocupación es recuperarse de las señales
que abundan en todo su cuerpo. Me pueden golpear, exclama.
Mientras Alejandra se esconde tras sus manos y el sombrero, Daniel
Chávez sale a jugar con sus amiguitos de la cuadra, a pesar
de las marcas alteradas en su pierna derecha, recordatorio de la
guerra de silbadores en la que participó el pasado
31 de diciembre.
Andar en bicicleta o recibir golpes en la parte quemada por jugar
al fútbol no es molestia para él, aunque toma las
medidas de protección necesarias.
Sólo con pantalón ando y así juego. Ya
no me gustan los shores, sólo los pantalones,
comenta en tono serio. Al preguntarle si es por la cicatriz el motivo
de su desagrado hacia esa prenda de vestir, deja escapar una sonrisa.
Cuando le explotaron los silbadores en su bolsillo, Daniel iba con
shores, lo que provocó que el fuego le quemara
desde arriba de la pierna hasta el pie.
A sus nueve años, este niño de sonrisa pícara
y con un brillo especial en los ojos aprendió la lección
de un juego que, muchas veces, termina en una terrible y dolorosa
desgracia.
A cerca de si comprará pólvora para celebrar este
24 de diciembre, la respuesta de Daniel salta de sus labios como
si estuviera presa desde hace tiempo.
Yo no voy a comprar, mejor compró comida y si me regalan
se los voy a dar a mi hermano o los voy a botar o a regalar,
responde con decisión.
Alejandra, hija de una de tantas familias que sobreviven de la elaboración
de cohetes, recomienda que el dinero para la pólvora se utilice
en comprar ropa o juguetes.
Con papas fritas en la mesa
El Diario de Hoy citó a los dos niños en un céntrico
restaurante de comida rápida.
- No frijoles, ni tamales. Alejandra y Daniel mostraron sus preferencia
por las papas fritas.
- La niña vino acompañada de la mejor amiga de su
mamá.
- El varón se trajo a su madre y a su hermano mayor.
- Ambos tienen 9 años. Alejandra va a cursar tercer grado
en 2004; Daniel no ha puesto aún un pie en la escuela.
|
|