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Como
llorar cubos de hielo
El
Salvador cayó con nueve hombres ante Canadá, vía
penaltis.
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| El rezo. Luis Castro fue héroe y
villano: tapó un penal clave, y luego falló el
disparo final de la serie. Foto: EDH |
Miró hacia arriba, todo lo alto la pelota se levantó
luego de impactar en el travesaño. Luego miró hacia
abajo, con la pesadumbre de saber que en sus tacos se había
quedado la ilusión de la clasificación hacia Atenas
2004.
Luis Castro de él se trata- se puso a orar del mismo
modo que hizo en pasadas victorias. Le agradecía a Dios igual.
Mientras, todos los canadienses acudían a saludar al meta
Andrew Olivieri, cuyo único mérito fue ver pasar el
balón por arriba de su cuerpo.
Así, con ese dramatismo, se definió la clasificación.
El Salvador, que para nada hizo un buen partido, resistió
a todo con un coraje pocas veces visto. Venció al frío
y se sobrepuso al arbitraje del discutido Brian Hall, que le quitó
dos jugadores del terreno de juego.
Al margen del resultado, que para la estadística quedará
que fue 0-1 y eliminación por penales, el equipo de Paredes
mostró determinación. Parecía que todo iba
a terminarse al 49, cuando todo estaba dado para que El Salvador
se desmoronara.
Dos minutos antes había caído el primer gol, una escapada
arrolladora de Placentino. Luego llegó la sanción
del penal a favor de Canadá y la expulsión de Eliseo
Quintanilla por protestar.
La gran atajada de Manotas le inyectó al equipo el ánimo
que necesitaba para fortalecerse.
A partir de ahí, ya con inferioridad numérica, El
Salvador se dedicó a dejar que pasara el tiempo y contraatacar
cuando se podía.
Fue fundamental el ingreso de Diego Mejía, quien se asoció
con Galdámez.
Así llegó la jugada más importrante, la que
hubiera cambiado la historia: la de Alfredo Pacheco.
Un tiro libre que de tan perfecto no fue gol : se estrelló
caprichosamente en el ángulo superior derecho de la cabaña
rojiblanca.
Después, ya con dos jugadores menos, apostó mas que
nunca a que corrieran los minutos para encomendarse al Manotas Castro,
el hombre de los penales, el mismo que con sus atajadas les dio
la medalla de oro en San Salvador 2002. Sin embargo, el portero
también estaba en la lista de ejecutores.
Era el número seis, detrás de los cinco de la primera
serie. Iba a ser el primer penal de su carrera, lo admitió
después en el camerino, cuando la tristeza ya era realidad.
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| El defensa William Torres intenta
cortar el avance de un canadiense. Foto:
EDH |
Del color blanco al verde en unas horas
El Estadio Apple Bowl amaneció con cuatro pulgadas de nieve,
pero lograron dejarlo bien
Alrededor de las 7:40 de la mañana, cuando Doug Welder llegó
al Estadio Apple Bowl, tenía una misión concreta:
Transformar esa pista de patinaje sobre hielo que había dejado
la intensa nevada de la noche anterior en un campo de fútbol
apto para jugar un partido oficial de la Concacaf.
La tarea no era fácil, pero de eso vive este corpulento canadiense.
Con tres ayudantes y una especie de tractor para levantar la nieve,
logró en cuatro horas recuperar el verde que estaba sepultado
bajo una homogénea capa de cuatro pulgadas de nieve.
Es un trabajo artesanal, pero quedará casi perfecto.
En un rato llegarán los inspectores para comprobar que el
césped esté en buenas condiciones, anticipó
Welder. Menos de una hora después, un rato antes del mediodía,
el estadio había recibido la aprobación.
Líneas naranjas
Como algunos partes meteorológicos especulaban con la posibilidad
de nuevas nevadas, se decidió más que nada por
precaución pintar las líneas del campo de juego
de color amarillo. De lo contrario, con la caída de
los primeros copos nadie sabrá dónde terminan los
límites de la cancha, expresó Welder.
A pesar de todo el cuidado, los jugadores salvadoreños se
quejaron del estado del césped cuando hicieron el reconocimiento
un rato antes del comienzo del juego.
Hay partes donde no hay grama y lo rellenaron con arena. Si
uno se cae aquí, ni te cuento cómo quedan las rodillas,
sintetizó, siempre con humor, Emerson Umaña. Sus compañeros
asintieron.
Ramón Canales, salvadoreño de ley
Paredes frunció el ceño cuando lo vio. No lo podía
creer. No entendía qué hacía allí. Después,
al fin, se estrecharon las manos como dos viejos amigos. ¿Qué
hacés aquí?, preguntó el entrenador.
Ramón Canales, un salvadoreño que desde hace doce
años vive en Ottawa, la capital de Canadá, se lo explicó
a fondo.
Cuando el hombre se enteró de que la selecta jugaría
en Kelowna, unos 3,000 kilómetros al oeste de Ottawa, se
inventó una excusa para poder asistir al juego. Como trabaja
en la división de viajes y turismo de American Express y
justo necesitaban un informe sobre los actractivos de esta ciudad,
todo le salió redondo: viaje de negocios, pasaje y la felicidad
de ver jugar a la selección.
Oriundo de Mejicanos, Canales soñó con ser futbolista
profesional. Era volante central, pero no pasé de los
juveniles de Alianza, donde tuve como compañeros a Kilmar
Jiménez y Dawson Prado, cuenta.
A Paredes lo conoce de los tiempos en que estaba en los juveniles
del ADET, en 1984. Hacía seis años que no lo
veía, aunque hemos estado en contacto, concluyó.
Ayer se pusieron al día, tras varias horas de charla. Ah,
viejos tiempos.
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