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Como llorar cubos de hielo

El Salvador cayó con nueve hombres ante Canadá, vía penaltis.

Claudio Martínez/Enviado
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

El rezo. Luis Castro fue héroe y villano: tapó un penal clave, y luego falló el disparo final de la serie. Foto: EDH

Miró hacia arriba, todo lo alto la pelota se levantó luego de impactar en el travesaño. Luego miró hacia abajo, con la pesadumbre de saber que en sus tacos se había quedado la ilusión de la clasificación hacia Atenas 2004.

Luis Castro –de él se trata- se puso a orar del mismo modo que hizo en pasadas victorias. Le agradecía a Dios igual. Mientras, todos los canadienses acudían a saludar al meta Andrew Olivieri, cuyo único mérito fue ver pasar el balón por arriba de su cuerpo.

Así, con ese dramatismo, se definió la clasificación. El Salvador, que para nada hizo un buen partido, resistió a todo con un coraje pocas veces visto. Venció al frío y se sobrepuso al arbitraje del discutido Brian Hall, que le quitó dos jugadores del terreno de juego.

Al margen del resultado, que para la estadística quedará que fue 0-1 y eliminación por penales, el equipo de Paredes mostró determinación. Parecía que todo iba a terminarse al 49’, cuando todo estaba dado para que El Salvador se desmoronara.

Dos minutos antes había caído el primer gol, una escapada arrolladora de Placentino. Luego llegó la sanción del penal a favor de Canadá y la expulsión de Eliseo Quintanilla por protestar.

La gran atajada de Manotas le inyectó al equipo el ánimo que necesitaba para fortalecerse.

A partir de ahí, ya con inferioridad numérica, El Salvador se dedicó a dejar que pasara el tiempo y contraatacar cuando se podía.

Fue fundamental el ingreso de Diego Mejía, quien se asoció con Galdámez.

Así llegó la jugada más importrante, la que hubiera cambiado la historia: la de Alfredo Pacheco.

Un tiro libre que de tan perfecto no fue gol : se estrelló caprichosamente en el ángulo superior derecho de la cabaña rojiblanca.

Después, ya con dos jugadores menos, apostó mas que nunca a que corrieran los minutos para encomendarse al Manotas Castro, el hombre de los penales, el mismo que con sus atajadas les dio la medalla de oro en San Salvador 2002. Sin embargo, el portero también estaba en la lista de ejecutores.

Era el número seis, detrás de los cinco de la primera serie. Iba a ser el primer penal de su carrera, lo admitió después en el camerino, cuando la tristeza ya era realidad.

El defensa William Torres intenta cortar el avance de un canadiense. Foto: EDH

Del color blanco al verde en unas horas

El Estadio Apple Bowl amaneció con cuatro pulgadas de nieve, pero lograron dejarlo bien

Alrededor de las 7:40 de la mañana, cuando Doug Welder llegó al Estadio Apple Bowl, tenía una misión concreta: Transformar esa pista de patinaje sobre hielo que había dejado la intensa nevada de la noche anterior en un campo de fútbol apto para jugar un partido oficial de la Concacaf.
La tarea no era fácil, pero de eso vive este corpulento canadiense. Con tres ayudantes y una especie de tractor para levantar la nieve, logró en cuatro horas recuperar el verde que estaba sepultado bajo una homogénea capa de cuatro pulgadas de nieve.

“Es un trabajo artesanal, pero quedará casi perfecto. En un rato llegarán los inspectores para comprobar que el césped esté en buenas condiciones”, anticipó Welder. Menos de una hora después, un rato antes del mediodía, el estadio había recibido la aprobación.

Líneas naranjas

Como algunos partes meteorológicos especulaban con la posibilidad de nuevas nevadas, se decidió –más que nada por precaución– pintar las líneas del campo de juego de color amarillo. “De lo contrario, con la caída de los primeros copos nadie sabrá dónde terminan los límites de la cancha”, expresó Welder.

A pesar de todo el cuidado, los jugadores salvadoreños se quejaron del estado del césped cuando hicieron el reconocimiento un rato antes del comienzo del juego.
“Hay partes donde no hay grama y lo rellenaron con arena. Si uno se cae aquí, ni te cuento cómo quedan las rodillas”, sintetizó, siempre con humor, Emerson Umaña. Sus compañeros asintieron.

Ramón Canales, salvadoreño de ley

Paredes frunció el ceño cuando lo vio. No lo podía creer. No entendía qué hacía allí. Después, al fin, se estrecharon las manos como dos viejos amigos. “¿Qué hacés aquí?”, preguntó el entrenador.
Ramón Canales, un salvadoreño que desde hace doce años vive en Ottawa, la capital de Canadá, se lo explicó a fondo.

Cuando el hombre se enteró de que la selecta jugaría en Kelowna, unos 3,000 kilómetros al oeste de Ottawa, se inventó una excusa para poder asistir al juego. Como trabaja en la división de viajes y turismo de American Express y justo necesitaban un informe sobre los actractivos de esta ciudad, todo le salió redondo: viaje de negocios, pasaje y la felicidad de ver jugar a la selección.

Oriundo de Mejicanos, Canales soñó con ser futbolista profesional. “Era volante central, pero no pasé de los juveniles de Alianza, donde tuve como compañeros a Kilmar Jiménez y Dawson Prado”, cuenta.

A Paredes lo conoce de los tiempos en que estaba en los juveniles del ADET, en 1984. “Hacía seis años que no lo veía, aunque hemos estado en contacto”, concluyó. Ayer se pusieron al día, tras varias horas de charla. Ah, viejos tiempos.

 

 

 

 

 

 


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