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Un
alacrán entre la desidia y la violencia
No
puedo negar que fui uno de los muchos que se entusiasmaron con la
llegada de Chalatenango a la Primera División, y debo recordar
que una encuesta realizada por EDH Deportes reveló que el
50% de los periodistas deportivos le auguraron un buen futuro al
club norteño.
El equipo era prometedor. Todo un departamento (miles de aficionados
y un solo equipo), un grupo joven y talentoso y la llegada de un
grupo de extranjeros que, si bien no son los mejores de la liga,
habían realizado una labor decorosa con sus antiguos clubes.
Aunque ahora su paso por Chalatenango parece ser una mancha muy
oscura en su currículum deportivo, un traspié que
sin duda querrán olvidar.
Pero ese entusiamo lo perdí por el oscuro ambiente que ha
dejado la violencia generada por la hinchada chalateca, la cual,
desde la llegada de su equipo a la Mayor, cuando enfrentó
a Firpo en el Estadio Gregorio Martínez, ensució su
primer juego después de 10 años. Una semana después
quisieron linchar a un aficionado en Santa Ana, ante la amargura
del primer revés.
En la octava fecha se dieron de golpes con los aficionados del Arcense.
En la fecha 13 se toparon con unos de su nivel: la afición
aliancista. Como no pudieron hacer más, agredieron por tercera
vez a los medios.
La muestra más indignante la dieron en Santa Rosa de Lima,
cuando provocaron y agredieron con piedras a un grupo de seguidores
que no están organizados como barra, olvidando que una derrota
es parte de la misma esencia del fútbol. Con el correr de
las jornadas han demostrado ser muy duros, pero muy
poco nobles en la derrota.
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