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La Mano dura de Donlito

La mano dura debería de estar en los hogares y en las aulas.

Edward Gutiérrez
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Yo creo haber tenido siempre mano dura, dura para trabajar, dura para escribir, dura para decidir, dura para corregir y lo más importante, dura conmigo mismo para reconocer cuando la he regado.

Para tener “mano dura” hay que primero tener la mano bien dura para con uno mismo, pues de lo contrario, la mano dura se vuelve como el queso que nos ha hecho famosos en los Yunaites, duro blandito.

El problema de las maras en nuestro país se había desbordado, pero eso de las pandillas viene desde hace mucho tiempo.

De cipote, mi territorio en el barrio la Vega, que hasta sin iglesia de ha quedado y que ahora está en proceso de extinción, no sólo por los pasos a dos niveles, como por las inundaciones, se limitaba al norte por el río Acelhuate, al sur por la Calle Lara, límite con el barrio San Jacinto, al oriente por la finca Letona, nuestro lugar de esparcimiento y al poniente por la 10a. Avenida Sur que era donde yo residía.

Más allá de esos limites, el Ñolito (así me decían de cipote) era hombre muerto, perdón cipote muerto. Pero aún así, el barrio me quedaba chico y cada vez que ganaba un año de edad, también ganaba independencia para visitar otras latitudes.

Recuerdo que una vez me sacaron chipusteado de la Colonia Militar, por andar vigiando una cipota, hija de un coronel. En los otros barrios aledaños, como San Esteban, Candelaria, San Jacinto y Santa Anita, recuerdo que era bien recibido y tenía mi cherada.

Nuestras pandillas eran pacificas y más que todo lo eran porque dentro de nuestras casas teníamos la “mano dura”.

Yo soy hijo de madre soltera, a toda honra, además, en este querido país somos mayoría. La mano dura en la casa de don Lito provenía de mi querida abuelita Doña Catalina Funes Vda. de Montalvo.

Pero la verdad es que mi abuelita Catalina, era como nuestro famoso queso duro blandito, sus manos eran una suavidad para confeccionar ropa y hacer bordados como también para contarnos cuentos de miedo, pero cuando tenía la cuerda de la máquina de coser en la mano, se volvía dura, muy dura y nos arriaba hacia el buen camino a todos los nietos, especialmente a éste que escribe.

También recuerdo plenamente a doña Mercedes Tamayo Vda. de Rosales, abuelita de mi chero Luis, quien también imponía la mano dura con una rienda para caballo, no sólo a sus nietos si no a todos los cipotes traviesos.

Claro que la abuela de Luis era ganadera y la mía costurera, pero no importaba, las abuelas siempre tuvieron mano dura y les resbalaban los derechos humanos. El chilillo era un utensilio de uso cotidiano, como decir la escoba o el sacudidor.

Además recuerdo que nuestros héroes no eran tan violentos: El Zorro no mataba a nadie, más bien les arañaba una Z en el pecho a los delincuentes; el Llanero Solitario, era bien pulsudo con la pistola, pues les daba en la mano a los bandidos.

Otros héroes, como Tarzán el rey de la Selva, Zandokán, el Tigre de la Malasia y aún Tamacún, el Vengador Errante, no eran violentos, sino más bien justicieros, combatían el mal. Con Julio Verne, le di la Vuelta al mundo en 80 días y visité el Centro de la tierra y llegué a las entrañas de los océanos.

También recuerdo la “mano dura” del colegio; mis mentores, cuando había que corregir nos daban con una regla, o me ponían a cuidar un pilar a la salida de clase, bien recuerdo los pilares del edificio de mi colegio, era uno de los cuidanderos más experimentados.

Recuerdo que aprendí a escribir haciendo planas: “debo portarme bien en clase” o “no debo manchar las paredes ni los pupitres”, llené cuadernos.

¡Vaya manera de corregir! Es tan efectiva qué no se ha borrado de mi mente. Recuerdo que aprendí a multiplicar haciendo cubos, que era multiplicar un número de tres cifras al cubo. El Hermano Heliodoro tenía un librito con las respuestas y se tomaba el trabajo de corregir.

Después en el Zamorano, donde estudié agricultura, ahí se me hicieron callosas y duras las manos con el trabajo, pero más duro era el reglamento disciplinario, al que había que adaptarse y someterse.

Los que hemos tenido la dicha de saborear la “mano dura” durante casi toda la vida, los que sabemos que la mano dura es parte de lo cotidiano, los que sabemos que la vida no es tan dura cuando una mano dura siempre ha estado encima de nosotros para enseñarnos por donde hay que caminar, entonces realizamos que era bien necesario una mano dura, aunque bastante tarde, bastante polémica, muy política y con muchos errores, pero por algo había que comenzar.

Ojala que la bendita “mano dura” regrese a los hogares y centros de estudio, donde verdaderamente es mucho mas efectiva. He dicho.
 

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