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La Mano dura de Donlito
La mano dura debería de estar en los hogares y en las aulas.
Yo creo
haber tenido siempre mano dura, dura para trabajar, dura para escribir,
dura para decidir, dura para corregir y lo más importante,
dura conmigo mismo para reconocer cuando la he regado.
Para tener mano dura hay que primero tener la mano bien
dura para con uno mismo, pues de lo contrario, la mano dura se vuelve
como el queso que nos ha hecho famosos en los Yunaites, duro blandito.
El problema de las maras en nuestro país se había desbordado,
pero eso de las pandillas viene desde hace mucho tiempo.
De cipote, mi territorio en el barrio la Vega, que hasta sin iglesia
de ha quedado y que ahora está en proceso de extinción,
no sólo por los pasos a dos niveles, como por las inundaciones,
se limitaba al norte por el río Acelhuate, al sur por la Calle
Lara, límite con el barrio San Jacinto, al oriente por la finca
Letona, nuestro lugar de esparcimiento y al poniente por la 10a. Avenida
Sur que era donde yo residía.
Más allá de esos limites, el Ñolito (así
me decían de cipote) era hombre muerto, perdón cipote
muerto. Pero aún así, el barrio me quedaba chico y cada
vez que ganaba un año de edad, también ganaba independencia
para visitar otras latitudes.
Recuerdo que una vez me sacaron chipusteado de la Colonia Militar,
por andar vigiando una cipota, hija de un coronel. En los otros barrios
aledaños, como San Esteban, Candelaria, San Jacinto y Santa
Anita, recuerdo que era bien recibido y tenía mi cherada.
Nuestras pandillas eran pacificas y más que todo lo eran porque
dentro de nuestras casas teníamos la mano dura.
Yo soy hijo de madre soltera, a toda honra, además, en este
querido país somos mayoría. La mano dura en la casa
de don Lito provenía de mi querida abuelita Doña Catalina
Funes Vda. de Montalvo.
Pero la verdad es que mi abuelita Catalina, era como nuestro famoso
queso duro blandito, sus manos eran una suavidad para confeccionar
ropa y hacer bordados como también para contarnos cuentos de
miedo, pero cuando tenía la cuerda de la máquina de
coser en la mano, se volvía dura, muy dura y nos arriaba hacia
el buen camino a todos los nietos, especialmente a éste que
escribe.
También recuerdo plenamente a doña Mercedes Tamayo Vda.
de Rosales, abuelita de mi chero Luis, quien también imponía
la mano dura con una rienda para caballo, no sólo a sus nietos
si no a todos los cipotes traviesos.
Claro que la abuela de Luis era ganadera y la mía costurera,
pero no importaba, las abuelas siempre tuvieron mano dura y les resbalaban
los derechos humanos. El chilillo era un utensilio de uso cotidiano,
como decir la escoba o el sacudidor.
Además recuerdo que nuestros héroes no eran tan violentos:
El Zorro no mataba a nadie, más bien les arañaba una
Z en el pecho a los delincuentes; el Llanero Solitario, era bien pulsudo
con la pistola, pues les daba en la mano a los bandidos.
Otros héroes, como Tarzán el rey de la Selva, Zandokán,
el Tigre de la Malasia y aún Tamacún, el Vengador Errante,
no eran violentos, sino más bien justicieros, combatían
el mal. Con Julio Verne, le di la Vuelta al mundo en 80 días
y visité el Centro de la tierra y llegué a las entrañas
de los océanos.
También recuerdo la mano dura del colegio; mis
mentores, cuando había que corregir nos daban con una regla,
o me ponían a cuidar un pilar a la salida de clase, bien recuerdo
los pilares del edificio de mi colegio, era uno de los cuidanderos
más experimentados.
Recuerdo que aprendí a escribir haciendo planas: debo
portarme bien en clase o no debo manchar las paredes ni
los pupitres, llené cuadernos.
¡Vaya manera de corregir! Es tan efectiva qué no se ha
borrado de mi mente. Recuerdo que aprendí a multiplicar haciendo
cubos, que era multiplicar un número de tres cifras al cubo.
El Hermano Heliodoro tenía un librito con las respuestas y
se tomaba el trabajo de corregir.
Después en el Zamorano, donde estudié agricultura, ahí
se me hicieron callosas y duras las manos con el trabajo, pero más
duro era el reglamento disciplinario, al que había que adaptarse
y someterse.
Los que hemos tenido la dicha de saborear la mano dura
durante casi toda la vida, los que sabemos que la mano dura es parte
de lo cotidiano, los que sabemos que la vida no es tan dura cuando
una mano dura siempre ha estado encima de nosotros para enseñarnos
por donde hay que caminar, entonces realizamos que era bien necesario
una mano dura, aunque bastante tarde, bastante polémica, muy
política y con muchos errores, pero por algo había que
comenzar.
Ojala que la bendita mano dura regrese a los hogares y
centros de estudio, donde verdaderamente es mucho mas efectiva. He
dicho. |
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