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“No me queda tiempo para ir a la escuela”

Ingrid Magdalena Martínez, de 16 años, ha decidido dejar de estudiar, para ayudar a vender a su madre.

Karina García
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Según la Fundación Olof Palme, las niñas tienden a ser más discriminadas en el área rural.Foto EDH

- ¿Estás estudiando?

- No.

- ¿Por qué?

- No me queda tiempo.

Ingrid Martínez es una joven de 16 años que trabaja como vendedora en el Mercado Central.

A su edad, debería estar cursando primer año de bachillerato. Sin embargo, en 2002 decidió no asistir más a clases.

Su formación escolar se detuvo en sexto grado, según ella, por causa de su empleo.

- ¿No crees que es importante continuar con los estudios?

Evade la mirada y la sitúa sobre las bolsas de arroz que rodean su puesto. Guarda silencio y sonríe a medias.

Mientras se resguarda del flash de la cámara, cuenta que su labor inicia a las 8:00 de la mañana y termina a las 8:00 de la noche.

Cuando asistía al Centro Escolar Edelmira Molina, coordinaba sus estudios con el trabajo.

Acudía a clases por la mañana y hacía las tareas por la tarde, mientras le ayudaba a su mamá.

Pero la tarea le resultó tan pesada que decidió optar por una de ellas. Su madre no rebatió su determinación.
Según el “Informe Mundial de Seguimiento del Programa de Educación para Todos”, presentado ayer por la Unesco en Nueva Delhi, el 57% de los 104 millones de menores sin escolarizar y en edad de acudir a primaria son niñas.

Una de las razones principales por las que dejan de educarse es la necesidad de contribuir con los ingresos familiares.

El estudio indica que en el mundo hay 211 millones menores de edad quienes trabajan. La mitad, aproximadamente, son del sexo femenino.

Además de la necesidad económica, el informe señala que todavía se mantiene la concepción machista de que las mujeres están destinadas a ser madres o amas de casa y, por lo tanto, no requieren de instrucción académica.

Dos sueños distintos

¿Será eso lo que piensa Ingrid y su madre? Tal vez no. Probablemente existan otras razones que ella no se atreve a discutir con una desconocida.

Cuando se le pregunta si no retomará sus estudios, si no considera que pueden ayudarle a mejorar su calidad de vida, lo piensa unos segundos.

Luego responde “como no” y agrega que quizás el próximo año se inscriba en una academia de cosmetología. Al parecer, terminar la escuela ya no es una alternativa.

Siempre en el Mercado Central trabaja Wendy Vásquez, una joven de 14 años.

Ella labora de 8:00 a.m. a 11:00 de la mañana para colaborar en la economía de su hogar. Se dedica a vender verduras.

Vásquez relata que, por lo general, “los días de semana son malos”, pero que los sábados y domingos la venta es mayor.

Actualmente cursa séptimo grado en el Centro Escolar José Matías Delgado. Asiste a clases por la tarde, pero su empleo no le impide soñar.

Al terminar el bachillerato, desea estudiar administración de empresas. Está consciente de que el papel de las mujeres va mucho más allá de realizar las tareas hogareñas y que la educación es necesaria. Sus padres la apoyan.


La situación en El Salvador
En los países occidentales, la paridad entre los sexos es mucho mayor que entre los orientales.
- Según datos del Ministerio de Educación, en 2002 la matrícula de niños y niñas reflejó cifras bastante similares.
- Tanto el área rural como la urbana presentan cantidades parejas.
- Las que registran mayores diferencias son las de educación media.
- El año pasado se inscribieron 70,827 niños y 74,326 niñas en la zona urbana. Mientras que en la rural, se matricularon 6,746 muchachos y 5,967 jovencitas.
- Estudios de 2000, de la Fundación Olof Palme, señalan que la mayoría de los menores que trabajan lo hacen para ayudar a sostener la economía familiar.
 

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