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El chaparrón atacó
Casi llovieron sapos en la visita de Aznar a Soyapango. El protocolo
queda olvidado cuando se trata de no mojarse.
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| Francisco Flores y José María
Aznar se protegen de la lluvia, que hizo pasar momentos inolvidables
a todos los presentes. Foto Arturo Silva |
Cuando el cielo decide abrir sus compuertas, no hay suceso en la
tierra que lo detenga.
Ni siquiera el protocolo o el hecho de que José María
Aznar, el Presidente del Gobierno Español, haya tenido que
inaugurar ayer un complejo deportivo en Soyapango.
Aznar y su homólogo salvadoreño, Francisco Flores,
se las vieron de palitos para no ser alcanzados por el chaparrón.
El chubasco apareció con bombos y platillos. Mientras el
provincial salesiano, Manuel González, se tomaba largos minutos
para discernir sobre la importancia del las instalaciones para la
juventud, a lo lejos, el diluvio se anunciaba.
Las palabras del padre eran profundas y apasionadas, de tal forma
que las nubes enormes y voraces parecían parte del discurso.
Como mandadas a hacer.
El desorden se adueñó del lugar. Unas 5,000 personas
apiñadas en unos graderíos, todo un gabinete con invitados
especiales reunidos bajo un canopi que resultó siendo muy,
pero muy frágil.
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José María Aznar aseguró que los salvadoreños
decidirán el tipo de gobierno para los próximos
años.
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El discurso del sacerdote se alargaba. Un ensayo social sobre la
violencia juvenil, la importancia del deporte y la misión
de Don Bosco.
Los miembros de la mesa se volteaban a ver disimuladamente, temerosos
de la naturaleza implacable.
La gente estaba desconcertada. ¡Casi nadie andaba paraguas!
Los graderíos empezaron a vaciarse.
Los alumnos salesianos, que habían soportado por varias horas
el intenso calor, empezaban a huir, el viento metía ruido
a los micrófonos, el canopi se contoneaba como gigante que
anuncia su caída.
Y el sacerdote no soltaba la palabra, la inspiración era
abundante.
Por fin, la maestra de ceremonias le dio la palabra a Aznar y, casi
al unísono, el cielo se abrió sin pedir permiso. Las
palabras del Presidente español fueron acordes con el aguacero.
Siempre he pensado que no hay que desafiar los elementos de
la naturaleza más de lo necesario. Este polideportivo es
una realidad, y esta agua lo está bendiciendo, dijo
el mandatario mientras los custodios ya le cubrían las espaldas
con un paraguas.
Dicho y hecho. No hubo más discursos ni más intervenciones.
Las figuras se apresuraron a meterse debajo de las sombrillas que
se abrieron poco a poco.
El canopi dejaba pasar las gotas que, juguetonas, perseguían
los trajes de gala de las personalidades.
Los niños chapoteaban y gritaban alocados por la lluvia incesante,
esa que llega sin importar presidentes.
¿Quién tira el agua?
- Una monja preguntaba si andaba alguien arriba del canopi tirando
el agua porque, de pronto, caían guacaladas de
lluvia debido a la presión que la naturaleza ejerció
sobre la débil lona.
- Alguien se tomó la molestia de explicarle a la hermana
de que nadie andaba en el techo y que era simplemente la lluvia
que caía a cántaros.
- Aída Mancías, la maestra de ceremonias, sujetaba
fuertemente la bandera de España para que nadie saliera golpeado
por el nacionalismo.
- Debido al repentino chubasco, el Presidente Aznar tuvo que hacer
un recorrido relámpago por el Centro de Salud San Fernando,
también para inaugurarlo en menos de un cuarto de hora.
- Las mesa de honor estaba ubicada de tal forma que los invitados
no estaban protegidos contra el viento que soplaba y mucho menos
contra la lluvia.
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