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Dos que lloran por el Madrid

Al llegar al aeropuerto de Barajas escondí mi pasaporte guanaco y extraje del bolsillo del saco el de la comunidad europea.

Por Dr. VikKtor Van der Swing
El Diario de Hoy
vikktor@elsalvador.com
Ser holandés-salvadoreño tiene sus ventajas: me trataron casi como a un diplomático.

Y mucho más cuando les dije que escribía para El Diario de Hoy y que llegaba a España para cubrir la presentación de Beckham.

Al llegar al Hotel Melia Félix, lugar donde me alojo habitualmente en Madrid, me encontré con un grave problema. La suite presidencial, la que siempre me tienen reservada, estaba ocupada.

Protesté y amagué con no volver nunca más, pero cuando me dijeron que el que la ocupaba era Beckham los entendí y di un paso al costado: acepté una suite triple.

Estaba disculpándome del concerje cuando sonó mi celular. “Te dejé seis mensajes. ¿Alguna vez me vais a contestar, tío?”. Esa voz no se olvida fácilmente. Lo reconocí al instante: era Vicente del Bosque, el ex técnico del Madrid.

“Vicentico, mi gran amigo. Estuve muy ocupado todo este tiempo”, le mentí. Él, con total sinceridad, me respondió: “Yo todo lo contrario, estoy más desocupado que nunca... Quiero ver si me consigues un club”.

Le expliqué que era un momento difícil, que la mayoría de los equipos de El Salvador ya había contratado a sus entrenadores. “Si me hubieras llamado la semana pasado quizá te hubiera hecho un contacto con el Chalatenango, pero ahora ya es tarde....”. Vicente me interrumpió: “Pero si te llamé, incluso te dejé varios mensajes”.

El hombre estaba tan caído anímicamente que me conmovió. Le dije que Ricardo Guardado todavía no había arreglado con el Arcense, que ahí hay una vacante. No lo noté demasiado entusiasmado, pero me dijo que lo iba a pensar.

Cuando estaba saliendo hacia el Bernabeu, me crucé con David en uno de los pasilllos del hotel. Iba escoltado de varios custodios, pero igual giró para saludarme. Con la que sí hablé y mucho fue con Victoria, su esposa, con quien quedamos al día siguiente para ir a ver casas al día siguiente. “Hay varias en la zona de La Moraleja que le encantarán”, le dije apelando a mis viejas armas de seductor.

Rodolfo, el taxista que llevó a la presentación, resultó ser un fanático del Rayo Vallecano y no paró de burlarse de Fernando Hierro en todo el viaje. “Fer es un amigo, pero usted tiene razón. Está acabado, está más lento que una tortuga”, le respondí.

No sé si fue el destino o qué, pero lo cierto es que en ese momento recibí una llamada de larga distancia. Era Hierro, que estaba en Portugal y quería saludarme. “Lo que te han hecho no tiene nombre. Es una puñalada por la espalda, vos podrías haber jugado por lo menos tres años más. No los entiendo, están todos locos...”.

Lo consolé un poco, lo invité a pasar unos días a mi casa de playa en Costa del Sol y le dije que la vida continúa. “Es que en Real todo el mundo se va al ataque y quedo muy expuesto. Roberto Carlos va y no vuelve, lo mismo Helguera y Michel Salgado. A mí me dejan más solo que a Van Gaal en el día del amigo...” Pasamos por un túnel y la señal se fue. Y Hierro nunca más volvió.

 

 

 

 

 


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