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Lo que Felipe me hizo ver
Se llama Felipe Cruz y es hondureño. Quedó ciego
a los nueve años, pero es un hombre notable que trabaja,
juega fútbol y ajedrez.
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| A los jugadores no videntes se les permite
tocar las piezas contrarias. Foto: Oscar
payés |
Me encontré con Felipe Cruz en el cubículo que la
Federación Salvadoreña de Ajedrez tiene asignado en
el Palacio de los Deportes, y confieso que me deslumbró por
su entereza.
Porque se trata de un hombre que quedó totalmente ciego cuando
apenas tenía nueve años de edad.
Y, sin embargo, aceptó todos los retos que se le presentaron,
y a pura constancia se convirtió en la voz de sus propias
tinieblas para hablar de vida y esperanza.
Es un tipo simplemente admirable, porque trabaja como maestro de
matemáticas y Braille en INFRACNOVID, una escuela hondureña
para no videntes, y todavía le roba tiempo a sus obligaciones
para jugar fútbol y ajedrez.
Cuando lo vi estaba sentado frente a su tablero especial desafiando
al ajedrecista nacional Salvador Martínez.
Y fue entonces cuando comprobé que Felipe Cruz es el conmovedor
y auténtico emblema del triunfo del espíritu.
Porque con su ejemplo me hizo ver que ninguna barrera física
es suficiente para detener los sueños.
Fue una demostración magistral. Extendía los dedos
sobre las piezas (a los jugadores no videntes se les permite tocar
las piezas propias y las del rival para identificarlas por las muescas
que tienen en la parte superior y saber su posición) antes
de hacer su jugada, y lo que venía después era como
asistir al alarde retentivo de una mente notable que calcula y planifica
en las sombras, guiada únicamente por el tacto y el instinto.
Viéndolo desarrollar su juego, enrocarse y plantear una posición
sólida en el tablero, llegué a la conclusión
de que Felipe Cruz tiene en sus manos toda la luz del mundo.
¿Por qué el ajedrez?
Felipe cuenta que oía por radio los anuncios de los campeonatos
de ajedrez, y le intrigaba ese juego. Posteriormente, Víctor
Hernández, un amigo no vidente que residió por varios
años en Nicaragua, llegó con la novedad de haber aprendido
a jugar ajedrez.
En ese tiempo (1989) estábamos en la escuela para ciegos
Pilar Salinas, de Tegucigalpa, y Víctor nos enseñó
a jugar ajedrez. Me enamoré del juego, aprendí lo
más que pudo, y en la primera oportunidad nos inscribimos
para participar en los juegos colegiales, recuerda Felipe.
De esa manera arrancó una serie de desafíos y de triunfos.
Fue cuarto lugar en los colegiales de 1990, alternando contra rivales
videntes. En 1995 tuvo su bautizo internacional, participando en
los IV Juegos Latinoamericanos para No Videntes, en Buenos Aires,
Argentina, obteniendo el segundo lugar.
Luego, en Panamá, fue séptimo entre veinte participantes,
y en Venezuela, en 1997, ocupó el noveno lugar luchando frente
a 24 oponentes. Pero lo que impresiona sobre manera en la actitud
de Felipe Cruz, es que en el año 2000 tuvo el valor de participar
en el campeonato de ajedrez de Honduras donde todos los rivales
eran videntes, y logró acumular cuatro y medio puntos de
siete posibles.
Los anhelos
A pesar de que Salvador Martínez, (quien lo enfrentó
en dos partidas) lo considera un jugador fuerte y definido, Felipe
Cruz concluye que su calidad es inferior a la de los rivales videntes,
y respalda su juicio en que los jugadores no videntes tienen pocas
opciones de elevar el nivel de su ajedrez, porque son pocos los
libros sobre la materia que se editan en Braille.
Es difícil encontrar libros de ajedrez avanzado en
ediciones en Braille. Mi mayor anhelo es que las editoriales produzcan
más libros de ajedrez que nos permitan conocer técnicas
más elevadas para mejorar nuestro nivel, afirma.
Su otro anhelo es casarse y afrontar los retos que disponen las
obligaciones de un hogar. Tiene una novia llamada Lucy Osorto, de
quien está locamente enamorado.
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