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Lo que Felipe me hizo ver

Se llama Felipe Cruz y es hondureño. Quedó ciego a los nueve años, pero es un hombre notable que trabaja, juega fútbol y ajedrez.

Roberto Aguila/EDH
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
A los jugadores no videntes se les permite tocar las piezas contrarias. Foto: Oscar payés

Me encontré con Felipe Cruz en el cubículo que la Federación Salvadoreña de Ajedrez tiene asignado en el Palacio de los Deportes, y confieso que me deslumbró por su entereza.

Porque se trata de un hombre que quedó totalmente ciego cuando apenas tenía nueve años de edad.

Y, sin embargo, aceptó todos los retos que se le presentaron, y a pura constancia se convirtió en la voz de sus propias tinieblas para hablar de vida y esperanza.

Es un tipo simplemente admirable, porque trabaja como maestro de matemáticas y Braille en INFRACNOVID, una escuela hondureña para no videntes, y todavía le roba tiempo a sus obligaciones para jugar fútbol y ajedrez.

Cuando lo vi estaba sentado frente a su tablero especial desafiando al ajedrecista nacional Salvador Martínez.

Y fue entonces cuando comprobé que Felipe Cruz es el conmovedor y auténtico emblema del triunfo del espíritu.

Porque con su ejemplo me hizo ver que ninguna barrera física es suficiente para detener los sueños.

Fue una demostración magistral. Extendía los dedos sobre las piezas (a los jugadores no videntes se les permite tocar las piezas propias y las del rival para identificarlas por las muescas que tienen en la parte superior y saber su posición) antes de hacer su jugada, y lo que venía después era como asistir al alarde retentivo de una mente notable que calcula y planifica en las sombras, guiada únicamente por el tacto y el instinto.

Viéndolo desarrollar su juego, enrocarse y plantear una posición sólida en el tablero, llegué a la conclusión de que Felipe Cruz tiene en sus manos toda la luz del mundo.

¿Por qué el ajedrez?

Felipe cuenta que oía por radio los anuncios de los campeonatos de ajedrez, y le intrigaba ese juego. Posteriormente, Víctor Hernández, un amigo no vidente que residió por varios años en Nicaragua, llegó con la novedad de haber aprendido a jugar ajedrez.

“En ese tiempo (1989) estábamos en la escuela para ciegos “Pilar Salinas”, de Tegucigalpa, y Víctor nos enseñó a jugar ajedrez. Me enamoré del juego, aprendí lo más que pudo, y en la primera oportunidad nos inscribimos para participar en los juegos colegiales”, recuerda Felipe.

De esa manera arrancó una serie de desafíos y de triunfos. Fue cuarto lugar en los colegiales de 1990, alternando contra rivales videntes. En 1995 tuvo su bautizo internacional, participando en los IV Juegos Latinoamericanos para No Videntes, en Buenos Aires, Argentina, obteniendo el segundo lugar.

Luego, en Panamá, fue séptimo entre veinte participantes, y en Venezuela, en 1997, ocupó el noveno lugar luchando frente a 24 oponentes. Pero lo que impresiona sobre manera en la actitud de Felipe Cruz, es que en el año 2000 tuvo el valor de participar en el campeonato de ajedrez de Honduras donde todos los rivales eran videntes, y logró acumular cuatro y medio puntos de siete posibles.

Los anhelos

A pesar de que Salvador Martínez, (quien lo enfrentó en dos partidas) lo considera un jugador fuerte y definido, Felipe Cruz concluye que su calidad es inferior a la de los rivales videntes, y respalda su juicio en que los jugadores no videntes tienen pocas opciones de elevar el nivel de su ajedrez, porque son pocos los libros sobre la materia que se editan en Braille.

“Es difícil encontrar libros de ajedrez avanzado en ediciones en Braille. Mi mayor anhelo es que las editoriales produzcan más libros de ajedrez que nos permitan conocer técnicas más elevadas para mejorar nuestro nivel”, afirma.

Su otro anhelo es casarse y afrontar los retos que disponen las obligaciones de un hogar. Tiene una novia llamada Lucy Osorto, de quien está locamente enamorado.

 

 

 

 

 


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