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Una pantera feliz
La celebración metropolitana inició incluso antes
que terminara el partido.
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| Alonso cumplió su sueño.
El técnico uruguayo festeja junto a su hijo en el podio
de los campeones. Por un momento sentí que se nos
iba el juego, pero nunca perdí la fe, diría
después. Foto EDH |
La celebración metropolitana inició incluso antes
que terminara el partido.
Los zarpazos de Víctor Merino Dubón y José
Martínez impulsaron a algunos aficionados a meterse al estadio,
donde pusieron a prueba la velocidad de varios agentes de la Policía.
Segundos después, el tiempo extra terminaba y también
el sueño de Firpo de lograr su octava corona. El San Salvador
disfrutaba por primera vez en su corta historia las mieles de un
título.
Todas las gradas del sol preferente norte se desbordaban: la Barra
Pantera quería abrazar a los héroes que habían
coreado durante todo el partido, con Ruben Alonso, Misael Alfaro
y Mario Mayén como figuras mimadas.
Sus gritos recibieron recompensa: los jugadores corrieron hacia
ellos ya con la Copa en sus manos, saltaron frente a ellos, besaron
el trofeo, gritaron ¡aquí está el campeón!,
e incluso varios subieron a una portería para aplaudirles
a sus hinchas, en un gesto de humildad y cariño por esa barra
que, sólo por amor al negro y blanco, creció en tan
poco tiempo de una puñada de veinte personas hasta llegar
a mil 500 almas rayadas.
La algarabía en la cancha pasó. Los panteras
buscaron los camerinos y, luego, el microbús que los llevaría
a un hotel capitalino para ducharse las heridas de la batalla y
acicalar sus ánimos antes del gran festejo en un restaurante.
Pero entonces entró en juego la consecuencia de ser campeón:
el delirio de toda la fanaticada, que de tanto amarlos no los dejaba
llegar al famoso microbús.
Camisetas, chimpinilleras, sudaderas y hasta las medallas que habían
recibido los jugadores eran solicitadas (o tomadas por fuerza) por
los hinchas metropolitanos.
Pedrozo le dio una camiseta blanca a un aficionado pasadito
de copas, y de paso le dio un consejo: te la doy, pero
ojalá y la vendás para chupar... sabiduría
de campeón.
Al fin, el vehículo pantera se abrió paso
hasta salir del Cuscatlán. La Copa no iba con
ellos, pero sus gritos eran suficientes: ¡Dále
campeón, dále campeón!...
Sin el plato y sin la Copa: el pelito en la sopa
¿Es justo tratar así a un grupo campeón? El
equipo pantera se reunió en un restaurante al
sur de la capital para celebrar a lo grande su primer título,
pero, a pesar de la buena intención de la directiva de agradar
a sus campeones, el asunto no salió del todo bien.
A la celebración, obviamente, asistieron los familiares de
los jugadores, y resultó que a eso de las 9 p.m. aún
no había cena en las mesas... porque sólo se había
pensado en la cena del plantel.
No puede ser. Me da pena: ¿cómo voy a comenzar
a cenar sin que mi familia también coma?, se quejaba
Mario Mayén, quien junto a varios jugadores salieron un momento
del restaurante a manera de reclamo.
Los organizadores aclararon que servirían cenas para todos,
y el asunto regresó a lo normal: las risas reaparecieron,
así como los gritos de ¡aquí, aquí,
aquí está el campeón!, y el ya clásico
¡Misael, Misael!.
Sólo faltaba un detallito: la Copa, ese trofeo por el que
se habían dejado en la cancha horas antes, no estaba presente
en la celebración.
En medio de la euforia, sólo se explicó que le
quedó a Marcos Flores... no tarda en venir. A eso de
las 9:15, la Copa no aparecía...
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