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Una pantera feliz

La celebración metropolitana inició incluso antes que terminara el partido.

Carlos Vides / EDH
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Alonso cumplió su sueño. El técnico uruguayo festeja junto a su hijo en el podio de los campeones. “Por un momento sentí que se nos iba el juego, pero nunca perdí la fe”, diría después. Foto EDH

La celebración metropolitana inició incluso antes que terminara el partido.

Los zarpazos de Víctor Merino Dubón y José Martínez impulsaron a algunos aficionados a meterse al estadio, donde pusieron a prueba la velocidad de varios agentes de la Policía.

Segundos después, el tiempo extra terminaba y también el sueño de Firpo de lograr su octava corona. El San Salvador disfrutaba por primera vez en su corta historia las mieles de un título.

Todas las gradas del sol preferente norte se desbordaban: la Barra Pantera quería abrazar a los héroes que habían coreado durante todo el partido, con Ruben Alonso, Misael Alfaro y Mario Mayén como figuras ‘mimadas’.

Sus gritos recibieron recompensa: los jugadores corrieron hacia ellos ya con la Copa en sus manos, saltaron frente a ellos, besaron el trofeo, gritaron ¡aquí está el campeón!, e incluso varios subieron a una portería para aplaudirles a sus hinchas, en un gesto de humildad y cariño por esa barra que, sólo por amor al negro y blanco, creció en tan poco tiempo de una puñada de veinte personas hasta llegar a mil 500 almas ‘rayadas’.

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La algarabía en la cancha pasó. Los ‘panteras’ buscaron los camerinos y, luego, el microbús que los llevaría a un hotel capitalino para ducharse las heridas de la batalla y acicalar sus ánimos antes del gran festejo en un restaurante.

Pero entonces entró en juego la consecuencia de ser campeón: el delirio de toda la fanaticada, que de tanto amarlos no los dejaba llegar al famoso microbús.

Camisetas, chimpinilleras, sudaderas y hasta las medallas que habían recibido los jugadores eran solicitadas (o tomadas por fuerza) por los hinchas metropolitanos.

Pedrozo le dio una camiseta blanca a un aficionado ‘pasadito de copas’, y de paso le dio un consejo: “te la doy, pero ojalá y la vendás para chupar”... sabiduría de campeón.

Al fin, el vehículo ‘pantera’ se abrió paso hasta salir del “Cuscatlán”. La Copa no iba con ellos, pero sus gritos eran suficientes: “¡Dále campeón, dále campeón!”...


Sin el plato y sin la Copa: el pelito en la sopa

¿Es justo tratar así a un grupo campeón? El equipo ‘pantera’ se reunió en un restaurante al sur de la capital para celebrar a lo grande su primer título, pero, a pesar de la buena intención de la directiva de agradar a sus campeones, el asunto no salió del todo bien.

A la celebración, obviamente, asistieron los familiares de los jugadores, y resultó que a eso de las 9 p.m. aún no había cena en las mesas... porque sólo se había pensado en la cena del plantel.

“No puede ser. Me da pena: ¿cómo voy a comenzar a cenar sin que mi familia también coma?”, se quejaba Mario Mayén, quien junto a varios jugadores salieron un momento del restaurante a manera de reclamo.

Los organizadores aclararon que servirían cenas para todos, y el asunto regresó a lo normal: las risas reaparecieron, así como los gritos de “¡aquí, aquí, aquí está el campeón!”, y el ya clásico “¡Misael, Misael!”.

Sólo faltaba un detallito: la Copa, ese trofeo por el que se habían dejado en la cancha horas antes, no estaba presente en la celebración.

En medio de la euforia, sólo se explicó que “le quedó a Marcos Flores... no tarda en venir”. A eso de las 9:15, la Copa no aparecía...

 

 

 

 

 


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