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El juego aún no comenzaba y la Turba Roja ya había hecho explotar el ambiente. El Quiteño temblaba, literalmente, en cada porra, en cada cántico y en cada salto. La confianza hacia los tigrillos era a ciegas. El inicio del juego fue a tambor batiente con aplausos cuando FAS tenía el balón y con abucheos cuando Firpo lo recuperaba. Pero el fuego de la Turba se fue extinguiendo. Su equipo no llegaba al gol. Abajo, en el engramillado, el DT de Firpo, Milos Miljanic, nunca dejó de fumar. Su colega, Alberto Castillo, arrancaba trozos de césped de la frustración. Sin embargo, a diez minutos del final, la locura se apoderó del Quiteño con la anotación de Alejandro Bentos. Miles de gargantas al unísono. Y cuando Murgas clavó en las redes el 2-0, la confusión era desbordante. Alberto Castillo se partía a abrazos con sus auxiliares, al tiempo que los directivos pamperos se decidían por un exilio tempranero. Pero un minuto después la historia dio vuelta entera. Sevillano empataba el marcador global en tiempo de reposición y el Quiteño quedaba mudo. Los directivos firpenses regresaban apurados preguntando por el nombre del anotador. En la siguiente media hora, la situación jugó con las palpitaciones cardíacas de más de 15,000 personas. Las manos en las cabezas, los ojos llorosos y pómulos pálidos eran el común denominador. Hasta que Sevillano le anotó a Castro y convirtió al Quiteño en un saco de llanto. Curiosamente, nadie abandonó inmediatamente, pues la celebración de los pamperos los había dejado petrificados. Los hombres de FAS prefirieron no dar declaraciones y se fueron directo al camerino, mientras Castillo se quedaba sentado en el banquillo con la mirada perdida, la camisa desarreglada y con una voz inconsolable. Enfrente de él pasaban, afónicos, los jugadores de Firpo.
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