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Gigante y un sequito

El holandés Martin Verkerk (1.98 mts. de alto) derrotó al argentino Guillermo Coria; y el español Juan Carlos Ferrero batió al ahora ex campeón, Albert Costa. Jugarán la final.

Agencia/DPA
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Juan Carlos Ferrero tuvo su ‘venganza’ y derrotó al ahora ex campeón de Roland Garros, su paisano español Albert Costa. Foto REUTERS
El español Juan Carlos Ferrero le ganó ayer a su compatriota Albert Costa y disputará hoy la final de Roland Garros ante el sorprendente holandés Martin Verkerk, quien terminó con el sueño del argentino Guillermo Coria.

Ferrero buscará el séptimo título de Francia para su país en los últimos diez años tras derrotar a Costa por 6-3, 7-6 (7-5) y 6-4.

El “gigante” Verkerk mostró ayer 23 centímetros más de altura que Coria y un juego imparable para ganar por 7-6 (7-4), 6-4 y 7-6 (7-0).

Con ambición

Semifinalista en 2000 y 2001 de Roland Garros, Ferrero está a sólo un paso de ganar su primer torneo de Grand Slam.

“Me siento muy cómodo con mi juego, en un muy buen nivel. Estoy muy cerca del título, sólo me falta sortear a un gigante”, dijo sonriente.

Tras un primer set netamente dominado por Ferrero, Costa dispuso de una gran oportunidad sirviendo 5-4, pero dos doble faltas le dieron aire a Ferrero, que igualó en cinco.

Pese a que Costa dispuso de una ventaja de 5-3 en el tie break del segundo set, Ferrero siempre estuvo un escalón por arriba de su juego, y se mostró implacable en los momentos decisivos.

El gigante holandés Martin Verkerk acabó con las aspiraciones del argentino Guillermo Coria en las semifinales. Foto REUTERS

“Físicamente me sentí bien, con potencia. Pero Juan Carlos hizo un gran trabajo, se merece lo que obtuvo”, dijo Costa, que había jugado 23 sets y 18 horas y media para llegar a semifinales.

De cara al desafío de hoy, Ferrero cree que tiene muchas posibilidades de llevarse el título. “Tengo mucha más experiencia que hace un año, más partidos, y eso es importante”.

Necesitará eso y quizás más ante un rival al que derrotó la única vez que lo enfrentó, pero que llega a la final en medio de una confianza casi blindada.

Voz de altura

“Estoy inmensamente feliz”, dijo Verkerk tras un triunfo que lo convierte en el tercer holandés en jugar la final de un Grand Slam.

Verkerk alcanzó además el encuentro decisivo en su primera participación en el torneo, algo que sólo registra dos antecedentes en la era abierta del tenis: Mats Wilander, campeón en 1982, y Mikael Pernfors, finalista en 1986.

“Me duele haber perdido, pero haber ganado un Masters Series como Hamburgo y llegado a semifinales aquí es muy importante. Tengo 21 años, si sigo jugando así tendré más posibilidades”, dijo Coria tras la derrota.

El partido estuvo monopolizado por el desconcertante juego de Verkerk, un hombre de 1.98 centímetros de altura capaz de combinar dos aces –hizo 19– y dos doble faltas en menos de un minuto, dueño de un juego potente y dúctil desde el fondo, que pasa sin inmutarse de una pelota floja y sin peso a un “palo” descomunal.

“El estuvo en un día perfecto, y a mí no me salieron las cosas como contra Agassi. Por momentos no sabía por dónde jugarle. No sólo saca a 210 kilómetros por hora, sino que lo hace con mucho ángulo”, analizó Coria a su rival, que se recuperó de tres pelotas de partido en contra en su juego de segunda ronda ante el peruano Luis Horna.

Hoy se jugará la final femenina, la primera en la historia de los Grand Slams entre dos jugadoras belgas, Kim Clijsters y Justine Henin-Hardenne, lo que marca el fin del dominio de las hermanas Williams.


Coria, el lanza-raquetas

Antes que contra el juego del holandés, Coria se estrelló contra si mismo. Tras perder el punto final del tie break del primer set, arrojó su raqueta al aire, intentando alcanzar el inalcanzable tiro de Verkerk, y el instrumento fue directo hacia una ball-girl (recogepelotas), que, mostrando reflejos, atinó a cubrirse el rostro.

Coria se tomó la cabeza, juntó sus manos pidiéndole perdón a la niña, y comenzó a hacer gestos de disculpas hacia el público, mientras se quitaba la camiseta y se la regalaba a la muchacha, llamada Perrine. Bajó el juez de silla y enseguida aparecieron el sub-árbitro general del torneo y un supervisor.

El argentino recibió un “warning” (advertencia), ya que hubo coincidencia en que su acción no había sido intencional, pero será multado con 2.000 dólares por “conducta antideportiva”.

 

 

 

 

 


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