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Cuando
las motosierras destruyen
A
pesar de que la vida del cura Tamayo corre peligro, la lucha por
detener la tala indiscriminada tiene el apoyo de la población
local.
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| Los troncos más pequeños son
mudos testigos de la tala a gran escala que se realiza en Salamá,
Olancho. Foto: EDH/Lissette Moreno |
La carretera recibe al visitante con un calor que hace sudar profusamente
y que la ropa se pegue al cuerpo, Efraín Pagoaga, de 40 años,
va con las pupilas clavadas en los cerros mientras buscamos Palalá.
Queremos ver las pruebas, lo que cuenta el padre José Andrés
Tamayo, la muerte de la flora a manos del hombre, queremos verlo
frente a frente. El camino sigue.
Llegamos al lugar. El sonido de las motosierras se oye muy cerca.
Los troncos, antes árboles, yacen tirados, muertos, abusados.
Un cerro más que pierde su vestido de verdor.
Hay que irse del lugar. A los taladores no les gusta las visitas
y Efraín cree que andan armados.
Este hombre, impulsor de la pastoral juvenil y de movimientos sociales,
no se queda quieto. El sábado junto a un centenar de olanchanos,
se dirigió a estos parajes para oponerse a la máquina.
Los signos de la destrucción cubren los alrededores. Los
clamores de Efraín se diluyen en promesas gubernamentales
y locales. Pero nadie para a los taladores. Cerca del lugar de la
destrucción, se encuentra también Honduras playwood,
una empresa que comercia con madera. Un aserradero y más
troncos en el suelo.
Ramón Ramos, alcalde de Salamá, Olancho, cree que
la forma de resolver el problema forestal no es dejar de sacar madera
sino buscar una tala racional.
Ramos fue acusado por varios habitantes de Salamá y por el
párroco José Andrés Tamayo de amenazar a este
último de muerte. Por protestar contra la destrucción
del medio ambiente.
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