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Estuvo
más vivo que nunca
El
padre José Andrés Tamayo no puede recorrer el pueblo
sin repetir los saludos. ¡Cómo estás amigo!,
dice a su paso.
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| La defensa del bosque contra taladores y
mineros le ha granjeado al padre Andrés Tamayo una condena
a muerte. Foto: EDH |
Y así, las ancianas se le acercan para contarle sus problemas,
los jóvenes lo saludan con respeto y los niños le
regalan sonrisas y aplausos.
Ayer vencía el plazo que le habían dado unos sicarios
para asesinarlo. La amenaza no se cumplió. Los únicos
que se acercaron al sacerdote fueron sus feligreses; llegaron a
la parroquia para celebrar el final del mes mariano.
Samuel Gómez, miembro del Comité Ambientalista, no
se le despega. Está siempre pendiente del padre y dispuesto
a brincar si algún truhán se le acerca.
Fabio Matute, un joven de la población de Silca, afirma que
ahora donde vivo se está convirtiendo en un desierto
y comprende la labor que está haciendo Tamayo.
La alegría
Era media tarde, y el auditorio, construido por Tamayo, se fue llenando
poco a poco de personas, en especial de mujeres.
El calor arreciaba. Los niños recién bañados
platicaban en grupo mientras llegaba la hora. Un guitarrista empezó
a probar sonido. Las notas resonaban de ecos.
Manos agitadas, calor, alegría. La gente aclamó a
Tamayo. ¡Que venga el padre, para que esto se ponga
bueno!, tararearon. ¡Había que celebrar a María!
Andrés volteó la cara y se puso de pie. Eran sus fieles
los que le aplaudían. En el día de su supuesta muerte,
el estaba más vivo que nunca.
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