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Devolver
a la naturaleza lo que le hemos quitado
Ayer
terminó el ultimato contra el padre Tamayo. Una comunidad
estuvo con él todo el día.
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| El padre Andrés Tamayo estuvo ayer
rodeado de humildes campesinos, hombres, mujeres y niños
de Salamá, Honduras. Foto: EDH |
José Andrés no tiene miedo. Tiene razones muy fuertes
para no temer. José Andrés Tamayo, sacerdote salvadoreño
radicado en Salamá, Honduras, fue amenazado de muerte por
los madereros de Olancho. Pero su comunidad lo apoya.
El 31 de mayo era la fecha límite que le dieron para salir
del país. Sin embargo, el padre Andrés sigue en sus
actividades habituales, llena la cabeza de proyectos y nuevas luchas.
Olancho es un departamento de Honduras que supera en tamaño
a El Salvador. Ahí, al fondo de una carretera serpenteante,
tumultuosa, está Salamá, rodeada de bosques.
En medio de la cotidianidad de un pueblo de sopores se encuentra
la parroquia levantada con el esfuerzo de la comunidad y del padre
Andrés.
A las 10:00 de la mañana de ayer, el padre salió a
traer agua para beber, como todos los días. Agua de manantial,
el agua que defiende, el agua pura.
Su presencia no es impactante, él mismo lo admite, pero sus
gestos, sus risas y la forma de entornar sus ojos cuando habla,
hacen seguir su historia con mucha atención.
En 1983 emigró y permaneció poco tiempo en Tegucigalpa.
Luego se trasladó a San Francisco de la Paz y posteriormente
a Salamá.
Desde los 13 años ingresó al seminario.
Siempre he sido un sacerdote del pueblo y no de cuatro paredes,
afirma. Y lo ha demostrado.
Cuando llegó a Olancho sólo había tres sacerdotes
más y a él le tocó iniciar jornadas de evangelización
y de trabajo social, muchas veces, durante largas jornadas a lomo
de caballo.
Aquellos tiempos los recuerda con cariño: Los primeros
cinco años la iglesia pasaba vacía, yo tocaba una
concertina en las esquinas para invitar a las personas a ir.
Si uno ama al pueblo, el pueblo te amará,
dice entre sonrisas el padre andrés.
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Luego, poco a poco ha levantado un templo acogedor en medio de
las montañas, ha construido un auditorio y desarrollado talleres
y capacitaciones. Ahora el pueblo lo aprecia, lo cuida y, sobre
todo, le sigue.
La misión
El trabajo no se detiene en la casa cural. Tenemos que devolverle
a la naturaleza lo que le hemos quitado, sostiene.
Y esa es su lucha, por eso lo persiguen.
Su actitud ha irritado a los taladores, autoridades forestales corruptas
y mineros. Porque sus denuncias, además de ecológicas,
se dirigen al lavado de dinero y a la explotación de las
minas.
Todo esto viene acompañado de la expulsión de campesinos
de sus tierras, de escasez de agua, de deterioro ambiental.
Estoy levantando la voz, y eso les molesta, explica.
La manera en que se ha opuesto al poder del dinero,
como él mismo lo afirma, es a través de plantones,
marchas pacíficas y ayunos junto con la comunidad, aunque
interponga su cuerpo entre un árbol y las motosierras.
- ¿Se considera profeta, padre? pregunto.
- Simplemente leo los signos de los tiempos, la pobreza, el agotamiento
de los recursos naturales responde.
-¿Se considera revolucionario?
- Yo tengo un ideal y defiendo la vida.
El ideal del padre Tamayo es que, algún día, los taladores
indiscriminados y la gente que destruye el medio ambiente se detenga
y tome conciencia. Sin derramamientos de sangre y con conciliación,
dice.
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