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Succionado
La crónica de una infiltrada

Una periodista de El Diario de Hoy entró a una clínica de abortos. Le ofrecieron succionarle el ‘producto’. Éste es su relato .

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

La trampa está lista. Como la mejor actriz, debo aprenderme el guión de memoria.
El falso papel no es difícil de cumplir: no sólo tengo que fingir que estoy embarazada, sino que debo actuar como una mujer desesperada y abandonada a la buena de Dios por un hombre que, al final del camino, decidió no ser padre.

La imaginaria historia personal provoca recuerdos en mí.
En algún momento de mi vida, el padre de mi hija quería que abortara. Nunca lo hice. Escogí la vida. Y esa fue la mejor decisión que tomé. Ahora soy madre y tengo los mejores amaneceres cuando abro los ojos y miro a mi hija a mi lado.
En esa medida, pienso, el imaginario papel que debo asumir tiene una buena dosis de ironía personal.

El comienzo


Es una calurosa mañana. Mi actuación está lista. Mi supuesto novio ya había alistado todo. Sin embargo, un dejo de temor me invadía.
A pesar de que lo sancione la ley, las clínicas de abortos funcionan, impunemente, en el país. Eso lo sabemos todos.
Tanto es así que en un periódico local aparecen, al día, hasta siete anuncios en los que se ofrecen servicios de ese tipo. Y nadie hace nada por detener las clínicas de la muerte.
Mi novio marca el número. Una mujer responde el teléfono. Le dice que quiero hacerme un aborto.
Le habla angustiado. Es parte de la actuación. Ella trata de calmarlo. Le pide sus servicios y ofrece hacer el aborto por tres mil colones. Aceptamos el precio.
La conversación es corta, directa. La mujer pide que nos reunamos con ella, al día siguiente, en el local de una venta de comidas rápidas.

El encuentro se produce, al día siguiente, con exactitud. Estoy un poco nerviosa. Llego al lugar acompañada de mi supuesto novio. A pesar de todo, estoy segura que cumpliré, fielmente, mi papel.
De pronto aparece una mujer de unos 35 años, de tez blanca, delgada, quien pareciera estar entrenada para manejar ese tipo de situaciones. Dos coronas adornan sus dientes superiores.
Aclara que ella no hará el aborto. Que simplemente es una intermediaria en el negocio.
Entonces, junto a mi supuesto novio, comienzo a preguntarle lo que cualquier mujer quisiera saber. (Ver diálogo aparte -recuadro).

Ambos aceptamos la condición. Me pongo más nerviosa, pues sé que, en adelante, tendré que seguir el papel absolutamente sola.
-Eso es rápido. No duele. La doctora trata a sus pacientes muy bien. Ella no le va a hacer preguntas de nada. Eso sí, usted debe estar decidida, porque a la doctora no le gusta que estén con cosas y digan, en el momento, que están dudosas.

Respondo que estoy decidida, que quiero hacerlo.
La mujer camina unos pasos y llama, por teléfono, a la doctora que me haría el aborto. Regresa y nos advierte:
- Tenemos que esperar. Está con otra clienta. Esperemos una media hora. Mientras tanto iré al supermercado.
Poco tiempo después, un desvencijado carro azul llega al supermercado donde me encuentro de nuevo con la intermediaria.

El traslado


En el vehículo viaja la doctora que me haría el aborto. Está acompañada de un hombre malencarado e, ¡inmensa paradoja!, dos niños que, después sabría, son sus nietos.
Ahí, en las puertas del supermercado, me pregunta si padezco del corazón. Le digo que no.
También me dice que si es la primera vez que me practicaré un aborto. Le respondo que sí.
Entonces me dice que me suba a su auto y le dice a mi pretendido novio que me regresará, a ese mismo lugar, dentro de una hora. Que me espere ahí.
Estoy dentro del carro de la supuesta doctora, una señora regordeta, con pelo corto y pintarrajeado de naranja. La verdad que no tenía cara de tal. Los nervios me crispan. El hombre conduce el auto . Estoy sentada al lado de los dos niños.

En el trayecto nadie pronuncia una palabra. Toco la cabeza de uno de los nietos de la “doctora” y recuerdo a mi hija. La angustia crece.
Rápidamente llegamos a su clínica. La mujer se baja del auto y abre el portón. Me bajo hasta que ella se asegura que nadie nos observa.
Adentro, la casa está oscura y desordenada. Huele feo. Miro alrededor y me da la impresión que es una suerte de residencia donde viven varios animales. La ropa está en el suelo. Está llena de muebles viejos y sucios.

Mis nervios crecen. Sé que debo hacer el mejor papel de mi vida. Cruzo un pasillo guiado por la doctora. Después de varios pasos señala un cuarto y me pide que me meta ahí.
El lugar es pequeño. A los lados tiene varias bolsas negras de basura amontonadas.
Hay una cama construida con tablas y ladrillos, también amontonados. Sobre la improvisada cama hay un pequeño cojín y una bolsa llena de algodón. También una lámpara de mano y un rollo de papel toalla .

Entra la doctora. Me pregunta si tengo puesta la ropa interior. Le respondo que sí. Me pide que me la quite. Con su mano me entrega una sencilla bata. “Póngasela”, me pide.
La mujer da media vuelta. Dice que irá a traer los instrumentos con los que hará el aborto. No sé que decirle. Estoy angustiada porque, muy pronto, tendré que deshacer la trampa que construí. Estoy angustiada. Tengo temor que me suceda algo.

Le digo que me preste el baño para colocarme la bata. Creo que es el momento para pensar rápido, para salirme de aquello. Mi corazón marcha más rápido que de costumbre.
Me señala el baño. Entro. Es un recinto pequeño. Noto que alguien más ha entrado ahí, en la última hora. Concluyo eso después de mirar el basurero. Ahí están las huellas de una clienta que recientemente utilizó los servicios de la “doctora”.
Cuando la mujer sale del cuarto, abandono el baño. Mi única salida es decirle que me arrepentí, que quiero tener el niño.

Coloco la bata en un rincón. Recorro el pequeño cuarto. No muy lejos hay dos vasos que tienen candelas encendidas. Parecen veladoras. Es extraño mirarlas en ese lugar, donde nace la muerte, aunque sea paradójico.
Camino unos pasos. Quiero abrir la puerta. ¡Está cerrada con llave!, ¡la mujer me dejó encerrada!

¿Preparada?
Toco la puerta con los nudos de mis manos. Le grito a la mujer para que llegue a la oscura habitación.

-¿Está lista?, me pregunta
- Le digo que no

-¿Por qué no?, replica
-Quiero hablar con usted, le respondo. Mi respiración se acelera. Le temo a las represalias de la mujer.
La “doctora” regresa a la habitación. En ese momento, asumo el mejor papel de mi vida.
-Mire, le digo, tengo que ser sincera con usted. Cuando vi a sus nietos en el carro, cuando miré a la niña, me tocó el corazón. Creo que no debo, ni quiero abortar.
La mujer me mira sorprendida. Entonces, comienzo a llorar. Creo que los nervios me ayudan a fingir. La mujer se conmueve. Mis propios recuerdos personales me ayudaron a construir el llanto. No sé cuánto es fingido o cuánto es verdad. Pero, estoy llorando y la “doctora” me mira en silencio.

Después ocurrió un milagro. Creo que lo causó la mano de Dios. Cuando alcé los ojos llorosos observé que la mujer también estaba llorando. Cuando le mencioné lo que su nieta había causado en mí, también se puso a llorar.
Su tono cambió. Comenzó a hablarme con suavidad, aunque le costaba hablarme. Parecía tener su garganta atragantada. Supongo que es difícil para ella convertirse en un ángel de la muerte.
Ella rompió el silencio.

-Usted quiere un hijo. Eso es natural. Lo malo es que está con la persona equivocada. Hable con su novio, hija. Usted sabrá lo mejor. Si va a tenerlo, cuídese, póngase en control y no tome ningún medicamento. Si le duele la cabeza aguántese, dice.
La escucho con atención. Ahora se convierte en una dulce consejera. Estoy tranquila. No reaccionó con furia y eso mejora mi situación personal.
Después me aclara que llamará a la mujer que me contactó para que no existan “malas interpretaciones con el dinero”.

Mientras espero que me regresen, hablo con ella con más tranquilidad.
Me explica que se dedica a eso porque lo aprendió y que las mujeres la buscan cuando no están preparadas para ser madres.

-Hay ocasiones en que ya no quiero hacerlo. Hay días en que nadie llama. Pero también hay veces que llaman a cada rato. Siempre hay alguien que necesita que le trabaje, me confiesa
Poco después le grita a su esposo que suba a los niños al auto porque me llevaría al mismo lugar donde me recogió.

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¡Sorpresa!
Traslado a otra clínica

 

El regreso es más tranquilo. Platicamos más. Les pregunté por los niños.
Me entero que son sus hijos, aunque, por la edad, parecían nietos.
Aquello me suena a la mayor ironía que he escuchado en mi vida: los adoptó cuando sus padres los dejaron abandonados.
Realmente me cuesta entender cómo alguien que se dedique a practicar abortos realice actos como esos.

Pero, tal vez eso me ayuda a encontrar la mejor explicación de sus lágrimas.
Poco después desciendo del auto. Mi vientre está a salvo. El día acaba con todas las paradojas juntas. Es hora de regresar.
Me reúno con mi supuesto novio y retornamos a la redacción del periódico.
Parece increíble. Ahora viene lo bueno.

Reunión con ‘Mercy’
Esto fue lo que pregunté a la intermediaria que me llevó a la doctora:
-¿Cómo lo hacen?
-Por succión, responde (¡Dios mío, pienso, eso es como pasar a un niño por una máquina de moler carne).
-¿En cuánto tiempo lo hacen?

En media hora. Después tendrá media hora para descansar. Le vamos a poner anestesia local por diez minutos. No se preocupe. No sentirá nada.
¿Puedo quedar embarazada de nuevo?

- Sin ningún problema. Hemos tenido casos de mujeres que vienen dos o tres veces en el año.
¿De dónde vienen clientes?

- De todas partes del país.
¿Cuál es la experiencia de la doctora?

Es una ginecóloga que trabajó en la clínica Santa Margarita. Tiene varios años de experiencia en esto.
¿Dónde queda la clínica?

Por el Centro Scan. Casi enfrente de un edificio de la Fiscalía.
(La mujer se sobresalta. Mira a mi falso novio y le pregunta si no trabaja con la Fiscalía. Posiblemente percibe que le hacemos demasiadas preguntas).
-No, responde él, estudio ingeniería y trabajo reparando fotocopiadoras. La mujer se tranquiliza. Después me dice que debo ir a la clínica sola.


Los pasos de la aspiradora
El proceso de aborto puede resumirse en tres pasos. Una hora, según la intermediaria, es suficiente para deshacerse del ‘inconveniente’. La mujer puede volver a su hogar sin ningún problema e, incluso, por su propio pie.
Día: Viernes 9 de mayo.
hora: 11:00 a.m.
La decisión. Se ultiman los detalles en un restaurante. Aguardan por la médica abortista.
Día: Viernes 9 de mayo.
hora: 12:30 p.m.
el arribo. La abortista lleva a la paciente a la clínica. El proceso dura una hora.
Día: Viernes 9 de mayo.
hora: 1:30 p.m.
sin retroceso. Consumado el aborto, se traslada a la paciente al restaurante del inicio.

“Ya no quiero hacerlo, pero siempre hay mujeres que me buscan”
 

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