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Succionado
La crónica de una infiltrada
Una
periodista de El Diario de Hoy entró a una clínica
de abortos. Le ofrecieron succionarle el producto. Éste
es su relato .
La
trampa está lista. Como la mejor actriz, debo aprenderme
el guión de memoria.
El falso papel no es difícil de cumplir: no sólo tengo
que fingir que estoy embarazada, sino que debo actuar como una mujer
desesperada y abandonada a la buena de Dios por un hombre que, al
final del camino, decidió no ser padre.
La imaginaria historia personal provoca recuerdos en mí.
En algún momento de mi vida, el padre de mi hija quería
que abortara. Nunca lo hice. Escogí la vida. Y esa fue la
mejor decisión que tomé. Ahora soy madre y tengo los
mejores amaneceres cuando abro los ojos y miro a mi hija a mi lado.
En esa medida, pienso, el imaginario papel que debo asumir tiene
una buena dosis de ironía personal.
El comienzo
Es una calurosa mañana. Mi actuación está lista.
Mi supuesto novio ya había alistado todo. Sin embargo, un
dejo de temor me invadía.
A pesar de que lo sancione la ley, las clínicas de abortos
funcionan, impunemente, en el país. Eso lo sabemos todos.
Tanto es así que en un periódico local aparecen, al
día, hasta siete anuncios en los que se ofrecen servicios
de ese tipo. Y nadie hace nada por detener las clínicas de
la muerte.
Mi novio marca el número. Una mujer responde el teléfono.
Le dice que quiero hacerme un aborto.
Le habla angustiado. Es parte de la actuación. Ella trata
de calmarlo. Le pide sus servicios y ofrece hacer el aborto por
tres mil colones. Aceptamos el precio.
La conversación es corta, directa. La mujer pide que nos
reunamos con ella, al día siguiente, en el local de una venta
de comidas rápidas.
El encuentro se produce, al día siguiente, con exactitud.
Estoy un poco nerviosa. Llego al lugar acompañada de mi supuesto
novio. A pesar de todo, estoy segura que cumpliré, fielmente,
mi papel.
De pronto aparece una mujer de unos 35 años, de tez blanca,
delgada, quien pareciera estar entrenada para manejar ese tipo de
situaciones. Dos coronas adornan sus dientes superiores.
Aclara que ella no hará el aborto. Que simplemente es una
intermediaria en el negocio.
Entonces, junto a mi supuesto novio, comienzo a preguntarle lo que
cualquier mujer quisiera saber. (Ver diálogo aparte -recuadro).
Ambos aceptamos la condición. Me pongo más nerviosa,
pues sé que, en adelante, tendré que seguir el papel
absolutamente sola.
-Eso es rápido. No duele. La doctora trata a sus pacientes
muy bien. Ella no le va a hacer preguntas de nada. Eso sí,
usted debe estar decidida, porque a la doctora no le gusta que estén
con cosas y digan, en el momento, que están dudosas.
Respondo que estoy decidida, que quiero hacerlo.
La mujer camina unos pasos y llama, por teléfono, a la doctora
que me haría el aborto. Regresa y nos advierte:
- Tenemos que esperar. Está con otra clienta. Esperemos una
media hora. Mientras tanto iré al supermercado.
Poco tiempo después, un desvencijado carro azul llega al
supermercado donde me encuentro de nuevo con la intermediaria.
El traslado
En el vehículo viaja la doctora que me haría el aborto.
Está acompañada de un hombre malencarado e, ¡inmensa
paradoja!, dos niños que, después sabría, son
sus nietos.
Ahí, en las puertas del supermercado, me pregunta si padezco
del corazón. Le digo que no.
También me dice que si es la primera vez que me practicaré
un aborto. Le respondo que sí.
Entonces me dice que me suba a su auto y le dice a mi pretendido
novio que me regresará, a ese mismo lugar, dentro de una
hora. Que me espere ahí.
Estoy dentro del carro de la supuesta doctora, una señora
regordeta, con pelo corto y pintarrajeado de naranja. La verdad
que no tenía cara de tal. Los nervios me crispan. El hombre
conduce el auto . Estoy sentada al lado de los dos niños.
En el trayecto nadie pronuncia una palabra. Toco la cabeza de uno
de los nietos de la doctora y recuerdo a mi hija. La
angustia crece.
Rápidamente llegamos a su clínica. La mujer se baja
del auto y abre el portón. Me bajo hasta que ella se asegura
que nadie nos observa.
Adentro, la casa está oscura y desordenada. Huele feo. Miro
alrededor y me da la impresión que es una suerte de residencia
donde viven varios animales. La ropa está en el suelo. Está
llena de muebles viejos y sucios.
Mis nervios crecen. Sé que debo hacer el mejor papel de mi
vida. Cruzo un pasillo guiado por la doctora. Después de
varios pasos señala un cuarto y me pide que me meta ahí.
El lugar es pequeño. A los lados tiene varias bolsas negras
de basura amontonadas.
Hay una cama construida con tablas y ladrillos, también amontonados.
Sobre la improvisada cama hay un pequeño cojín y una
bolsa llena de algodón. También una lámpara
de mano y un rollo de papel toalla .
Entra la doctora. Me pregunta si tengo puesta la ropa interior.
Le respondo que sí. Me pide que me la quite. Con su mano
me entrega una sencilla bata. Póngasela, me pide.
La mujer da media vuelta. Dice que irá a traer los instrumentos
con los que hará el aborto. No sé que decirle. Estoy
angustiada porque, muy pronto, tendré que deshacer la trampa
que construí. Estoy angustiada. Tengo temor que me suceda
algo.
Le digo que me preste el baño para colocarme la bata. Creo
que es el momento para pensar rápido, para salirme de aquello.
Mi corazón marcha más rápido que de costumbre.
Me señala el baño. Entro. Es un recinto pequeño.
Noto que alguien más ha entrado ahí, en la última
hora. Concluyo eso después de mirar el basurero. Ahí
están las huellas de una clienta que recientemente utilizó
los servicios de la doctora.
Cuando la mujer sale del cuarto, abandono el baño. Mi única
salida es decirle que me arrepentí, que quiero tener el niño.
Coloco la bata en un rincón. Recorro el pequeño cuarto.
No muy lejos hay dos vasos que tienen candelas encendidas. Parecen
veladoras. Es extraño mirarlas en ese lugar, donde nace la
muerte, aunque sea paradójico.
Camino unos pasos. Quiero abrir la puerta. ¡Está cerrada
con llave!, ¡la mujer me dejó encerrada!
¿Preparada?
Toco la puerta con los nudos de mis manos. Le grito a la mujer para
que llegue a la oscura habitación.
-¿Está lista?, me pregunta
- Le digo que no
-¿Por qué no?, replica
-Quiero hablar con usted, le respondo. Mi respiración se
acelera. Le temo a las represalias de la mujer.
La doctora regresa a la habitación. En ese momento,
asumo el mejor papel de mi vida.
-Mire, le digo, tengo que ser sincera con usted. Cuando vi a sus
nietos en el carro, cuando miré a la niña, me tocó
el corazón. Creo que no debo, ni quiero abortar.
La mujer me mira sorprendida. Entonces, comienzo a llorar. Creo
que los nervios me ayudan a fingir. La mujer se conmueve. Mis propios
recuerdos personales me ayudaron a construir el llanto. No sé
cuánto es fingido o cuánto es verdad. Pero, estoy
llorando y la doctora me mira en silencio.
Después ocurrió un milagro. Creo que lo causó
la mano de Dios. Cuando alcé los ojos llorosos observé
que la mujer también estaba llorando. Cuando le mencioné
lo que su nieta había causado en mí, también
se puso a llorar.
Su tono cambió. Comenzó a hablarme con suavidad, aunque
le costaba hablarme. Parecía tener su garganta atragantada.
Supongo que es difícil para ella convertirse en un ángel
de la muerte.
Ella rompió el silencio.
-Usted quiere un hijo. Eso es natural. Lo malo es que está
con la persona equivocada. Hable con su novio, hija. Usted sabrá
lo mejor. Si va a tenerlo, cuídese, póngase en control
y no tome ningún medicamento. Si le duele la cabeza aguántese,
dice.
La escucho con atención. Ahora se convierte en una dulce
consejera. Estoy tranquila. No reaccionó con furia y eso
mejora mi situación personal.
Después me aclara que llamará a la mujer que me contactó
para que no existan malas interpretaciones con el dinero.
Mientras espero que me regresen, hablo con ella con más tranquilidad.
Me explica que se dedica a eso porque lo aprendió y que las
mujeres la buscan cuando no están preparadas para ser madres.
-Hay ocasiones en que ya no quiero hacerlo. Hay días en que
nadie llama. Pero también hay veces que llaman a cada rato.
Siempre hay alguien que necesita que le trabaje, me confiesa
Poco después le grita a su esposo que suba a los niños
al auto porque me llevaría al mismo lugar donde me recogió.
El regreso es más tranquilo. Platicamos más. Les
pregunté por los niños.
Me entero que son sus hijos, aunque, por la edad, parecían
nietos.
Aquello me suena a la mayor ironía que he escuchado en mi
vida: los adoptó cuando sus padres los dejaron abandonados.
Realmente me cuesta entender cómo alguien que se dedique
a practicar abortos realice actos como esos.
Pero, tal vez eso me ayuda a encontrar la mejor explicación
de sus lágrimas.
Poco después desciendo del auto. Mi vientre está a
salvo. El día acaba con todas las paradojas juntas. Es hora
de regresar.
Me reúno con mi supuesto novio y retornamos a la redacción
del periódico.
Parece increíble. Ahora viene lo bueno.
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Reunión con Mercy
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Esto fue lo que pregunté a la intermediaria
que me llevó a la doctora:
-¿Cómo lo hacen?
-Por succión, responde (¡Dios mío, pienso,
eso es como pasar a un niño por una máquina de
moler carne).
-¿En cuánto tiempo lo hacen?
En media hora. Después tendrá media hora para
descansar. Le vamos a poner anestesia local por diez minutos.
No se preocupe. No sentirá nada.
¿Puedo quedar embarazada de nuevo?
- Sin ningún problema. Hemos tenido casos de mujeres
que vienen dos o tres veces en el año.
¿De dónde vienen clientes?
- De todas partes del país.
¿Cuál es la experiencia de la doctora?
Es una ginecóloga que trabajó en la clínica
Santa Margarita. Tiene varios años de experiencia en
esto.
¿Dónde queda la clínica?
Por el Centro Scan. Casi enfrente de un edificio de la Fiscalía.
(La mujer se sobresalta. Mira a mi falso novio y le pregunta
si no trabaja con la Fiscalía. Posiblemente percibe que
le hacemos demasiadas preguntas).
-No, responde él, estudio ingeniería y trabajo
reparando fotocopiadoras. La mujer se tranquiliza. Después
me dice que debo ir a la clínica sola.
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Los pasos de la aspiradora
El proceso de aborto puede resumirse en tres
pasos. Una hora, según la intermediaria, es suficiente
para deshacerse del inconveniente. La mujer puede
volver a su hogar sin ningún problema e, incluso, por
su propio pie.
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Día: Viernes 9 de
mayo.
hora: 11:00 a.m.
La decisión. Se ultiman los detalles en un restaurante.
Aguardan por la médica abortista.
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Día: Viernes 9 de
mayo.
hora: 12:30 p.m.
el arribo. La abortista lleva a la paciente a la clínica.
El proceso dura una hora.
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Día: Viernes 9 de
mayo.
hora: 1:30 p.m.
sin retroceso. Consumado el aborto, se traslada a la paciente
al restaurante del inicio.
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Ya no quiero hacerlo, pero siempre
hay mujeres que me buscan
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