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“Yo quiero salir adelante”

Dice que se dedicará a tejer hamacas y matatas, aunque aún no sabe cómo conseguirá el nylon o el mezcal.

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Anastasia Martínez se recupera en el Hospital Zacamil. Foto EDH

A las tres de la madrugada del 27 de abril, María Anastasia Pérez Martínez, una joven de 19 años, agarró camino rumbo a Estados Unidos. Llevaba un pantalón y una camiseta extra. En su bolsillo únicamente contaba con 300 colones.

Se había cansado ya de lavar ajeno y limarse las manos haciendo hamacas y matatas de nylon y mezcal, allá en la colonia Las Flores, en San Francisco Gotera. Cuatro vecinos más la acompañaban.

La víspera encomendó su hija de ocho meses de edad, a su madre, Mónica Pérez. “Téngamele cuenta a la niña. Yo voy a ver si paso” le dijo. En la madrugada no tuvo valor de despedirse de sus parientes.

Y comenzó aquel aventurado viaje. Pedro Argueta llevaba cien dólares; Omar Aranda si acaso llevaría unos trescientos colones. Los otros dos acompañantes también llevaban poco dinero. Iban sin “coyote”, a la “buena de Dios”, confiesa, Anastasia.

Atravesar Guatemala no implicó mucho suplicio. Este comenzó en territorio mexicano. Desde ahí comenzaron a trasladarse en trenes. En ese afán se encontraron a otro grupo de hondureños, entre estos dos mujeres hermanas entre sí, que también pretendían lo mismo.

Relata que los hondureños fueron asaltados varias veces. A las dos mujeres las violaron dos veces. A los hombres los desnudaron y los sentaron en un hormiguero. “Son malditos”, musita, la salvadoreña.

Anastasia recuerda que ya había abordado tres ferrocarriles sin mayor problema.Pero cuando se aprestaba a saltar sobre elcuarto, en un despoblado de Oaxaca, la buena fortuna la abandonó.

La tragedia

El tren iba muy rápido. No calculó bien el salto. Resbaló. Las ruedas del tren le cortaron ambas piernas arriba de las rodillas. Sintió que un calor le recorría el cuerpo. Luego vino la angustia al verse arrastrada. Parecía que todo su cuerpo sería triturado.

Pero Anastasia iba con dos amigos de verdad. Omar y Pedro, quienes al ver la desgracia de ella decidieron no abordar el ferrocarril. Corrieron y la jalaron. Ya estaba amputada pero la salvaron de una muerte segura.

La auxiliaron como pudieron. Con el mismo pantalón le hicieron un torniquete. La cargaron en brazos y corrieron pidiendo a gritos auxilio. Un señor les ofreció llevarla en una carreta tirada por bueyes. Al cabo de media hora de camino, encontraron otra casa, cuyos habitantes pidieron ayuda a la policía. Ellos la trasladaron a un hospital de Oaxaca.

Omar y Pedro fueron deportados. La “migra” los agarró en el hospital; pero aseguran estar satisfechos de haber ayudado a Anastasia. Pedro volverá a intentar llegar a Estados Unidos. Omar y Anastasia no quieren saber nada viajes.

 

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