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Los olvidados de San Fernando

Salimos en busca de personas que aparentemente buscan independizarse en una tierra que un día fue de Honduras y ahora le pertenece a El Salvador. Buscábamos un ejército irregular, un enardecido pueblo en el norte de Morazán. Lo que encontramos fue una tierra de muchas contradicciones, con tanta belleza natural, pero con tanta pobreza. En la siguiente crónica, un acercamiento a esas zonas olvidadas

Oscar Tenorio
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Parte de los exbolsones la sabaneta donde hay salvadoreños y hondureños quedaron en los municipios del sancudo en el departamento de MorazánFoto Franklin Rivera

De Perquín en adelante, la pobreza es más marcada. El camino de seis kilómetros entre este y el siguiente pueblo, San Fernando, está en pésimas condiciones. Los fangosos senderos se pierden en las fronteras con Honduras, allí donde están los hondureños-salvadoreños que se consideran olvidados. Pero en esos extraviados cantones desatendidos son todos, los de aquí y los de allá.

En el agreste y estrecho camino, los automotores avanzan con mucha dificultad. Por tramos, la calle está partida; por momentos, grandes piedras detienen a cualquier atrevido. En medio del bosque, lo único que se escucha es el trino, la lluvia que se estrella contra los árboles y el motor del pick up que hace un gran esfuerzo para avanzar.

Después de media hora de viaje, aparece un puñado de casas: es el pueblo de San Fernando, destruido durante la pasada guerra. La plaza es apenas un pequeño campo, sin fuentes ni monumentos. En las pocas casas que rodean este espacio están instaladas las oficinas de la alcaldía, un puesto militar fronterizo y una humilde farmacia, recién inaugurada. Allí, lo único moderno es la estación de la empresa de telecomunicaciones.

Es 30 de mayo, lluvioso, melancólico. Y a pesar de que este es el día más importante del pueblo porque es el día del patrono, San Fernando, la reconstruida iglesia está cerrada, como abandonada. No se escuchan las explosiones de los “cohetes de vara” ni el murmullo de las rezadoras.

Tampoco hay ruedas, ni “chicagos” ni caballitos, ni chalés con ventas de “elotes locos” y “churros españoles”. Llueve incesantemente y por la plaza apenas se cruza un soldado con el fusil sobre su espalda.

II

A una hora de camino, a pie, del pueblo está el caserío “Platanares”, esparcido en una pequeña porción de tierra que le fue cedida a El Salvador. El camino también está muy deteriorado, fangoso. El rojo barro, convertido en lodo, es muy pegajoso, como un gigantesco chicle que no permite avanzar a paso rápido.

La pesadez del camino la recompensa el paisaje: un interminable bosque de pinos que se pierde en lo alto de una montaña, Sabanetas, traspasada a Honduras, y centenares de pequeños arboles de guayaba, manzana “pedorra” y de nance. Las escurridizas nubes bajan y se pierden entre los pinos, en una escena rara vez contemplada.

A lo lejos, entre llanura y cerro se observan las sencillas casas, con una distancia entre sí de por lo menos 500 metros. Entre la calle y los senderos no existen postes de tendido eléctrico, mucho menos antenas o grifos de agua potable. Esos bienes, tan necesarios, son un inalcanzable sueño y una cotidiana pesadilla a la vez. Al desaparecer el sol, las noches son más oscuras que en zonas con electricidad.

En el medio de un pequeño cerro, se ven unas cajitas pintadas de azul con blanco. Al acercarse, las pequeñas construcciones toman forma: es la escuela del caserío Platanares. Hace una semana, está cerrada porque la maestra ya no llega.

En mejores temporadas, la maestra atendía de primero a quinto grado en una sola jornada. Hace mucho tiempo, la profesora titular renunció. El Ministerio de Educación nombró una “interina”, pero de un día para otro desapareció.

Para mitigar el ocio, unos niños trabajan y otros, como duendes en harapos, se pierden entre los bosques, en busca de nances y guayabas. El hambre aprieta.

III.

De las llanuras de esos cerros comienzan a aparecer como espíritus, entre la neblina y la llovizna, mujeres desgreñadas, niños descalzos, viejos y sin dientes, malnutridos y cansados. Les atrae la visita de los desconocidos, que muy rara vez se cruzan por allí.

Son los habitantes de Platanares. Muchos de ellos son hondureños de nacimientos, pero, desde 1992, son salvadoreños debido al fallo emitido por la Corte Internacional de Justicia de La Haya, Holanda.

Ellos son personas humildes, pacíficas. Ninguna habla de formar una “república propia”, de sublevaciones y mucho menos de guerras. Están demasiado cansados para agarrar un fusil. En semejante pobreza, lo que les interesa es sobrevivir. Eso es todo.

No han escuchado noticias ni “chambres” (en esos pueblos las diferencias son mínimas) acerca de la iniciativa de independizarse, ni mucho menos de leyes y ejércitos propios para salvaguardar la inventada soberanía. Sonríen, con un asomo de pena, cuando escuchan la palabra “Cerquín” (como, según un periódico hondureño, se llama ese ejército irregular que opera en el ex bolsón). “Aquí lo único que se ha escuchado es que por el río Pichigual (que divide a ambos países) aparecían unos hombres y asaltaban”. La seguridad en esos cantones está a cargo de un grupo de militares y policías, acantonados a unos cinco kilómetros de allí.

Tampoco saben de nacionalismos, de banderas con estrellas o volcanes. Entre los de este caserío, que un día fue de Honduras, y los del otro lado, en San Fernando, existe una bandera en común: la de la extrema pobreza, que tiene como símbolos el hambre y la desesperanza.

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Una tierra lejana y necesitada

Lo único que reclaman como cualquier ciudadano, de cualquier pueblo olvidado, es que los atiendan, que les proporcionen los vitales servicios. Las palabras de Fabio Ramos, líder de la comunidad, son las mismas que expresan sus vecinos: “Sólo queremos que nos echen la mano, que no se olviden de nosotros”.

Si alguien se enferma en esas llanuras tienen que caminar, o llevarlo cargado, hasta San Fernando, en donde funciona la Unidad de Salud. A pesar del bosque y de la frescura, la salida de ese pequeña paraíso es muy penosa.

IV.

Es 31 de mayo y el pequeño local de la Alcaldía de San Fernando está cerrado, debido a las festividades del patrono. Entre los pocos que se pasean por la plaza del pueblo, está el alcalde, José Trigidio Ramos. Entre los suyos es uno más, sin pompas ni desconfianzas.

Abre las puertas de la alcaldía, que es un pequeño salón, y se sienta en una vieja silla. Para él, nada extraordinario sucede en Platanares, caserío que fue anexado a San Fernando, luego del fallo. Todo sigue igual, mucha pobreza y pocos recursos.

Desde esa sencilla oficina hace lo que puede por los habitantes de Platanares (unos 100), toda vez que en ocasiones recibe del gobierno setenta colones mensuales para que los invierta en obras de beneficio para la comunidad. Intenta contenerse, pero no puede. Ríe hasta que suelta la carcajada. Es preferible sobrellevar así tanta frustración.

“Y así para dónde. Desde que terminó la guerra, a este pueblo ya no le paran bola. A la gente de Platanares nunca la hemos marginado, les ayudamos como podemos”.

Y ellos no son los únicos que se consideran olvidados. Diversos estudios de la Organización de las Naciones Unidad (ONU) han señalado en varias ocasiones que los municipios del norte de morazán son los más pobres y que menos atención reciben.

La zona podría desarrollar diversos proyectos turísticos, como el que intentan desarrollar en la cascada de El Chorrerrón, pero con esa inservible calle es como que si no existieran.

Apenas es mediodía y la lluvia no se detiene. El tiempo transcurre más lento, con cada minuto que parece una hora. No se escuchan gritos ni estridencias. La iglesia sigue cerrada, silenciosa, como un anciano que se siente a contemplar lo poco que quedó después de la devastadora tormenta.

 

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