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Para la secre

“Mucho me resiente cuando estoy amolado, encontrar a la secretaria caliente y el café helado”. Así escribí hace doce años en el Día de las Secretarias, pues en esa época, hace nada menos que doce años, la secretaria era una parte importante de mi vida.

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

En esa ocasión, bien recuerdo, pues todavía no me ha visitado el señor Alzaihmer, mi secretaria había llegado caliente, o mejor dicho colérica, porque se le había roto la media en el bus que la dejó seis cuadras más abajo de la oficina. La pobre mujer llegó con la lengua de fuera. Además de que tuvo que sortear a dos huelepegas, la piropeó un vago, se llenó de gracia de chucho el zapato y marcó en rojo el reloj de entrada.

Recuerdo que las dos rosas rojas de a peso cada una (hace doce años, hoy valen cinco pesos), que le pusimos en el florero le hizo cambiar la carita de tristeza que traía. Le ofrecí llevarla a almorzar a un restaurante de comida rápida para que, por lo menos ese día, no se sustentara con la bolsita llena de rajitas de mango verde con “alhuaishte” y chile. Ese día mi secre (¡como la añoro!) tuvo una diferente actitud, casi no desperdició papel y no se terminó el frasco de chelito. En esos tiempos normalmente se tiraba una cesta llena de papel arruinado por faltas a la ortografía, sintaxis, prosodia, fonética y cacofonía. Ahora ya no se desperdicia papel ni se usa chelito, porque las secretarias modernas utilizan las computadoras que les corrigen los horrores contra la ortografía.

Con las llamadas telefónicas, mi ex secretaria, que mucha falta me hace, era muy eficaz y conocía quien me llamaba y para que me quería. Sabía mentir, dar excusas que no se podían rebatir, sabía donde andaba, qué hacía, cuando regresaba y hasta el estado de ánimo del jefe. Mi secretaria (¿dónde estará?) y yo hacíamos una dupleta original, sincronizada, adaptada al ambiente de esa época, hace sólo doce años.

Cómo ha cambiado el mundo en tan poco tiempo. La vida de la oficina era complementada por la secretaria, era casi un segundo hogar, con la diferencia que en la oficina se discutían los problemas del trabajo y, en el hogar, los problemas de los hijos y de la casa, pero siempre problemas, los cuales eran compartidos con una mujer. Recuerdo que mi última secretaria era eficiente pero celosa y se volvía imprescindible para muchas cosas, en especial para encontrar los archivos, las cartas de los clientes, los convenios, etc, etc.

Recuerdo que ese artículo que escribí hace doce años, no le causó nada de gracia a mi secre, en especial porque, como ella reclamó, le saqué los trapitos al sol. Ahora siento mucho y quisiera pedirle perdón con una docena de años tarde; más vale tarde que nunca.

Querida Norma: Esta cartita no la he dictado, sino que la he hecho yo mismo en la computadora, por lo tanto, no tiene censura, pues estas máquinas no censuran ni corrigen las ideas. Ya no fui al archivo para buscar su vitae, pues con sólo oprimir una tecla tuve frente a mí toda su vida y hasta su foto donde está doce años más joven.

Lo bien centrado de la nota no es que haya aprendido a elaborar cartas, sino que esta máquina sabe hacerlo por sí sola. Recuerdo que usted aprendió a utilizar la computadora antes que yo, y además me enseñó a regañadientes, sin darse cuenta que la máquina la iba a desplazar tarde o temprano. El café que me estoy tomando lo tuve que hacer yo mismo, sólo que una máquina se encarga de filtrarlo. Ya no tengo secre, usted fue la última, y no es porque esté retirado, sino porque mi vida se ha tecnificado. Los mensajes me los da el celular y los que me buscan, me encuentran hasta cuando voy a pescar. Ya no necesito mentir “el jefe no ha venido”, pues el celular me dice quien me habla y si quiero contesto y si no, no

Hasta la oficina ha desaparecido, pues desde mi casa puedo hacer todo casi sin salir, pero no es lo mismo. Ya nadie me dice si el traje está ajado o si los botones van a reventar. Los pesados archivos de metal han desaparecidos y ahora se llaman disco duro y tienen la capacidad de archivar hasta su currículo. Ya no necesito sobres ni estampillas, todo lo mando y recibo electrónicamente. Y hasta pago todas mis cuentas, cuando me alcanza el pisto, electrónicamente.

Los pleitos con los mensajeros han desaparecido, y ha desaparecido también el calor humano que había en la oficina. También ha desaparecido la oficina. Pero en conclusión, por mucha tecnología, no puedo negar que añoro a mi refunfuñona y querida secre, las máquinas jamás podrán sustituirlas, ni que los diputados decreten el día de la computadora.

INSERTO: Aunque mi celular me da los mensajes y la computadora archiva todo, añoro a mi secre.

 

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