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Heridas
que sangran
Elba
Gladys López fue ajusticiada por varios pandilleros.
Cuando llegó al hospital de Soyapango, esa noche de enero,
ya iba muerta. Ella es una de las tantas víctimas
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Las
autoridades del Hospital Nacional de Soyapango se sonríen,
ilusionadas y optimistas, al pensar qué harían con
un millón y medio de colones adicionales.
Son tantas las necesidades y las vidas que podrían salvarse.
El encanto se pierde al volver a la realidad: esa cantidad de dinero
(unos 171.428 dólares) gastó el hospital el año
anterior para atender a las víctimas de los pandilleros y
de otros actos de violencia que se cometen a diario en ese poblado
municipio.
Los registros son claros: en el 2001 se ingresaron a 219 personas
víctimas de los pandilleros y de otros delincuentes.
En tanto, en el mismo período se atendieron a 1.571 heridos
en las sala de emergencias del nosocomio. En la oscuridad quedan
aquellas agresiones y secuelas que se registran con otras causas,
porque las víctimas tienen miedo de denunciar lo que realmente
les ocurrió.
El ingreso de las víctimas (entre los que se cuentan a los
mismos pandilleros) al centro de salud incluye la atención
de emergencia (intervenciones, curaciones) y la posterior hospitalización.
Sólo los ingresos de los 219 heridos le costaron al Estado
un millón de colones; mientras que las 1.571 atenciones en
la sala de emergencias tuvieron un costo de 500 mil colones.
Ese gasto representa el tres por ciento del presupuesto anual de
la institución, que desde 1998 funciona como un hospital
de segundo nivel, atendido por especialistas en diferentes áreas.
Sin embargo, la necesidad y la gravedad de las lesiones que a veces
presentan algunos pacientes los ha llevado a realizar intervenciones,
como una operación de corazón, que sólo podría
efectuarse en un hospital de tercer nivel (como el hospital Rosales,
que tiene un mejor equipo), explica la directora del hospital de
Soyapango, Emma Aracely de Gamero.
Cuidados intensivos
La triste y salvadora rutina en los corredores del hospital ha
provocado un conocimiento profundo y revelador acerca de las estocadas
de la violencia en la zona de Soyapango.
El jefe de la Sala de Emergencias del nosocomio, Carlos Felipe
Manzano, es uno de los que mejor conoce los latidos de un municipio
tan convulsionado.
Tanta es su experiencia en atender desahuciados, que ya sabe cómo
y a qué horas ataca esa bestia llamada violencia social.
La experiencia y los indicadores son reveladores: la mayoría
de las víctimas de pandilleros y de otros delincuentes es
atacada entre viernes por la tarde y martes por la mañana.
Un día de esos en la Sala de Emergencia es más que
suficiente para comprobar ese macabro comportamiento.
Y lo que es más revelador aún: la mayoría
de hechos de violencia puntuales (como un asalto a una tienda, un
crimen o un ataque a la pandilla rival) ocurre entre las 5:00 y
las 7:00 de la mañana, y entre las 3:00 y las 5:00 de la
tarde. El ataque es traicionero, cuando la víctima o el rival
parpadean o descansan confiados.
Esa realidad tan peculiar ha llevado a las mismas autoridades a
replantear los procedimientos y la administración de recursos,
humanos y materiales, para una mejor y eficaz atención. La
doctora de Gamero lo sabe muy bien: Tenemos que ser originales
para diseñar un plan acorde a la situación que tenemos
para ir diseñando un plan.
Nadie mejor que ellos, quienes caminan de un lado para otros con
sus gabachas blancas salpicadas de la sangre de la violencia han
llegado a comprender esa realidad tan dispar.
Mientras miles se preparan para iniciar la jornada o descansan
a media tarde, ellos luchan por salvar decenas de heridos, víctimas
de una guerra sin sentido. Otras heridas, las sicológicas,
tardan años en sanarse.
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