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Niños que matan

La noticia es desconcertante: dos inocentes murieron en medio de una balacera entre pandilleros. Todo ocurrió en tan sólo un minuto, en una agitada tarde en Soyapango. Cuando los policías encontraron a los sospechosos, se sorprendieron: varios de ellos eran niños, con cuerpos escuálidos y con harapos de pandilleros.
Abandonaron la escuela hace mucho. Deambulan por las calles, al acecho. Con muchos problemas familiares y de adicciones, la mayoría de ellos es reincidente. Dos meses de investigación han servido para documentar el caso y para adentrarse en una preocupante realidad en la que los límites, reales e imaginarios, se han movido vertiginosamente hacia puntos que rayan en lo impensable. Violencia excesiva, impunidad y un franco deterioro del sistema son algunas de las expresiones de ese devastador drama. A continuación la primera parte de este trabajo

Investigación y texto/Oscar Tenorio
I PARTE
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Más de 60 días han transcurrido ya con ese penoso luto. Las ropas negras y los repentinos sollozos en la madrugada no son suficientes para mitigar el constante recuerdo de la pequeña Rosemary Carolina Valle y de Ana Vilma Ramírez, las inocentes víctimas de la barbarie.

Sus restos descansan en sitios tan lejanos del lugar en donde cayeron abatidas, de la acera por donde hoy caminan con toda tranquilidad los sospechosos de esos crímenes: pandilleros, que, a su temprana edad, viven entre la violencia, la impunidad y el desconcierto.

El ataque se perpetró el martes 11 de diciembre, alrededor de las siete de la noche. Ana Vilma, de 53 años, era la propietaria de la tienda “Mili”, ubicada en la avenida Gran Canal, en la urbanización Prados de Venecia IV, en Soyapango.

Y Rosemary Carolina, de 14, era una de las clientas del negocio, quien, junto con otras dos niñas, compraba en el negocio, cuando se escucharon las estridentes explosiones. En la incertidumbre, los atacantes huyeron.

Ana Vilma cayó en el interior del establecimiento. Una bala le perforó la cabeza en la parte trasera. Minutos después murió, cuando era llevada al hospital. Rosemary Carolina regresó consciente a su casa, creyendo que le habían golpeado la cabeza con una piedra.

Cuatro horas más tarde, perdió el conocimiento y, al cuarto día de su agonía, falleció debido a la lesión recibida en el cerebro. Estudiaría Noveno Grado.

La Policía acordonó la escena del crimen y se topó con un testigo, “El Negro”, un menor de 14 años que sabía acerca de lo ocurrido: varios pandilleros lo iban persiguiendo a él por rencillas y, cerca de la tienda “Mili”, le dispararon. La señora y la niña habían caído en fuego cruzado.

Con toda seguridad, podía reconocer a los atacantes. La Policía encontró a los sospechosos en la urbanización Las Margaritas, un kilómetro al norte del lugar del atentado. De inmediato, “El Negro” los reconoció.

Al registrarlos, los policías se sorprendieron, pues, estaban deteniendo a tres niños, de entre 12 y 14 años, ebrios, con cuerpos menudos y voces finas, pero con el comportamiento de un adulto. Un día después, detuvieron a un cuarto menor.

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Esa misma noche, allanaron una casa en la colonia Prados de Venecia y encontraron un revólver (utilizado supuestamente en la balacera). Allí, fueron detenidos dos adultos, quienes continúan en prisión acusados de homicidio agravado.

Días después del ataque, los pequeños recobraron la libertad, pues, el testigo clave se retractó. Pero “El Negro” no sólo ha sido víctima y testigo, sino que también malhechor. En un período de un mes, luego del incidente, ha sido detenido dos veces por delitos diferentes.

El caso ha dejado atónitas a las autoridades. Sin embargo, esos movimientos, imperceptibles para muchos, ya habían sido detectados de alguna manera.

Un reciente estudio realizado por especialistas de la Universidad Centroamericana (UCA) y de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) incrementa las preocupaciones: el 2 % de los miembros de las “maras” tiene entre siete y diez años de edad. Y el 52 % está entre los 11 y los 15 años.

Hasta hace un par de años, la mayoría de pandilleros tenía entre 15 y 17 años. Los límites se han movido dramáticamente.

Luego de la balacera en Prados de Venecia, comenzó una larga jornada violenta (que dura hasta estos días) en la que han muerto más inocentes. Los pequeños pandilleros siguen siendo sospechosos de múltiples delitos. Cada día, la herida se hace más grande, más dolorosa.


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