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Entrevista a Simón Bolívar

Estaba sentado en una cómoda butaca, bajo unos enormes árboles. Mi pie derecho descansaba sobre una caja construida para apoyar el zapato y que esté fijo. En mis manos.

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Tico Diablo, como le dicen al lustrabotas, le había quitado las cintas a mis botines, puesto los protectores de manchas, con un cepillo, agua y jabón procedía a quitarle el lodo a mi calzado.
Enfrente, el muro de lo que fue la penitenciaría que se cayó con un terremoto y que ahora es una oficina del Estado.

En la acera del muro una docena de parquímetros privatizados bien alineados, pero ni un solo carro aparcado; son muy caros, lástima el gasto, además parecen teléfonos que se necesita tarjeta.
A mis espaldas un enorme conacaste y un árbol de fuego cuya sombra protectora invita a uno a ser ciempiés y tener cien pares de zapatos y pasar todo el día lustra que lustra.

En el centro un kiosco de cemento imitando madera, antes se ocupaba para que orquestas y bandas militares deleitaran a los parroquianos, ahora más bien parece un ancianato por sus asiduos visitantes.

Tal vez dentro de algunos años llegue allí a recordar el San Salvador que nunca fue, pero que siempre quisimos. A pesar de que los abrevaderos no tienen agua y una fea caseta de policía cerrada desde hace mucho, inservible como los parquímetros y los abrevaderos, se puede decir que el parque Bolívar es un lugar agradable para pernoctar y hasta para hacer una siestecita.

En la esquina norponiente la majestuosa estatua ecuestre del Libertador Simón Bolívar.
Dejé que Tico Diablo hiciera chillar mis botas con una franela y me dirigí hacia el pie de la estatua del héroe de mil batallas, de Ayacucho, Junín, Cochabamba. Con reverencia lo saludé:
– Buenos días Libertador, ¿lo veo preocupado? –le dije.
– Si lo estoy, Donlito, –aseveró, mientras sujetaba por las riendas su corcel que parecía dispuesto a iniciar el galope.

La calle Rubén Darío se encontraba despejada de manifestantes, ni blancos ni verdes ni rojos, el parque parecía tranquilo y ni siquiera una manchita gris, contrastaba el azul del cielo de verano.

– Y ahora, –le dije al Ilustre patricio, –cual es el motivo de su pena.

– Pues verá, Donlito, desde que me pusieron en este pedestal bastante alto, he dormido tranquilo porque ya no me roban la espada. Cuando pasan las marchas de protesta, ya no somos, mi caballo y yo, victimas del spray rojo y de los gases pimienta. Somos testigos de turbas de todos colores y gritos de todos los cócteles políticos mezclados. Mejor me hubieran puesto en la esquina opuesta, frente a la Imprenta Nacional que sólo el Diario Oficial produce y lo peor que atrasado.

– ¿Por qué no pide traslado?

– Mis amigos Bolivarianos, que cada día son menos, porque se van muriendo de viejitos, dicen que allá sería irrespetuoso porque es el lugar de las trabajadoras del sexo, además me siento a gusto bajo la sombra de los conacastes y el parque es de los mejores que hay.

– ¿Pero todavía no entiendo qué es lo que le preocupa y tiene inquieto a su rocino?

– Pues fíjese Donlito que me han llegado los chambres, que aquí se instalarán las ventas de cuetes para estas navidades. No hay hidrantes, los abrevaderos sin agua y tengo miedo que un cachinflín o silbador vaya a asustar mi cabalgadura y me vaya a tumbar; ¿que no habrá otro lugar en San Salvador donde poner las ventas de cuetes?

– Pues fíjese que “nuay”. La Capital se terminó, ya no hay ni donde poner las ruedas de agosto.
– Pues ese no es problema mío, ni del Cebucano, ni del Payaso ni mucho menos del Lagarto, –dijo señalando a los lustradores, que también serán desalojados por los cuetes.

– Sugiera algo, le dije, como tratando de incentivarlo.

– Póngalos en la plaza del Capitán General Gerardo Barrios.

– No se puede, –le dije, –ahora está reservada para prédicas religiosas y concentraciones políticas.
– Lo que pasa es que tiene más cuello que yo, porque es nacional, dijo molesto por la inminente ocupación pirotécnica de su plaza. Porque no se las mandan al General Francisco Morazán.

– Morazán ya libró su lucha contra los vendedores y la ganó, y ha jurado, a pesar de que no tiene caballo, que jamás volverá a ser mercado su plaza.

Simón Bolívar, quien nunca se dio por vencido, clavado, o mejor dicho sentado en su caballo, no se sintió impotente y condujo su batalla a otro campo
– De todos modos, dijo, con huelgas, paros, cuetes y lo que usted quiera, Donlito, no llevaremos de este país el oro, la plata y hasta el bronce.

– ¿No me diga que han descubierto algunas minas de esos minerales?
– No, dijo el Libertador, pero mis compatriotas venezolanos se lo llevarán en medallas de los XIX Juegos Centroamericanos y del Caribe.

Felicidades le dije, mientras Tico Diablo terminaba de lustrar mis botas quedándose con el vuelto del dólar que le di, como aguinaldo.
INSERTO. Los descendientes de Bolívar siguen cosechando batallas, sólo que ahora deportivas. En hora buena

 

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