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A salvar a los Red Skins

Después de ser despedido por los 49ers de San Francisco, el pateador salvadoreño firmó contrato con los Red Skins por los últimos cuatro partidos de temporada.


Francisco Ayala-Silva
En Washington

Deportes
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

El complejo de los Red Skins está en las llanuras de Virginia, a una hora de Washington DC. Tiene un parqueo para doscientos vehículos, su propia sala de prensa y en ella hay una docena de cubículos asignados a periódicos locales. Los reporteros llegan a media mañana -hay periodistas cuya profesión entera es escribir sobre los Red Skins- y hablan de la pésima temporada del equipo, de las nevadas que vienen, de viajes de Navidad, y un periodista dice, de un cubículo a otro, “la llegada de José Cortez es como la llegada de Raul Díaz Arce -pronunciado ‘Raool Deeahs Ahrceh’-- ¿tú sabes que hay una enorme comunidad salvadoreña en esta zona?”. “Eso me han contado”, responde un reportero con cara de niño.

Más de medio millón de salvadoreños vive aquí, en la más próspera de las comunidades emigrantes salvadoreñas. Por ellos, el DC United trajo al goleador salvadoreño Raúl Ignacio Díaz Arce en una jugada afortunada: los salvadoreños llegaban por millares a apoyar al equipo, y “el Nacho” hacía goles.

Pero la analogía es inexacta. Los salvadoreños no correrán al estadio a ver un deporte que, para ellos, es más curiosidad que pasatiempo. Asimismo, José Cortez llega a los Red Skins después de su despido de los 49ers de San Francisco.

Tan bueno como una patada

José Cortez había tenido una gran campaña en los 49ers. Pateador talentoso, tuvo 24 oportunidades de anotar de tiro libre y lo hizo 18 veces en este año, el mismo número de goles que anotó en 2001. En 2000 jugó en la difunta Extreme Futbol League para los Xtreme de Los Angeles y anotó en 20 de 25 oportunidades; en ese año también jugó en la NFL Europe.
“Pero en el fútbol un pateador es tan bueno como su última patada”, dice. Luego de fallar dos tiros libres, los 49ers decidieron que el talentoso José Cortez ya no era tan bueno.
El desempleo duró una semana, cuando los Red Skins decidieron que José Cortez era el pateador que han buscado durante años. El equipo está en el sótano de la liga y le quedan cuatro partidos por jugar. José Cortez ha sido contratado para esos cuatro partidos y su desempeño podría significar una contratación permanente.

Esas son expectativas. Por ahora, José Cortez está “feliz de tener un empleo”. Es sencillo y tiene el cuerpo de los futbolistas ofensivos: sólido pero sin exceso de músculos, más ágil que fuerte. Se le pregunta por las temperaturas glaciales que se acercan y responde sonriente “hay que bloquearlas”. Su primer partido es este domingo 8 de diciembre, y la primera nevada del invierno está pronosticada para el jueves. El fútbol americano es uno de los pocos deportes que se juegan bajo sol, lluvia y nieve.
De indocumentado a la NFL

Indocumentado y sin hablar inglés llegó José Cortez a Estados Unidos hace 12 años. Nacido en San Vicente, una ciudad de 300 años en el centro de El Salvador. Él recuerda juegos de fútbol (del otro) con sus amigos, su hogar que “era una casa grande al lado de un río con árboles de jocote”.
También recuerda bombas de la guerra civil y cadáveres en la calle. José Cortez creció con cuatro hermanas, tres de ellas mayores que él. Asegura que llegó a California cruzando la frontera por tierra, luego de un viaje de 15 días. “Era”, dice, y se detiene a pensar, “el 27 de agosto de 1990”. La guerra terminó al siguiente año, pero José Cortez aún no regresa.

Su padre es cocinero en un hotel. Su madre es ama de casa. Ellos lo enviaron a la secundaria y allí comenzó a jugar fútbol americano cuando el entrenador de la escuela le invitó a participar en los entrenamientos.

“En secundaria yo pesaba sólo 180 libras”, dice -ahora pesa 200. Asegura que, durante la secundaria, nunca participó en peleas. Apenas hablaba inglés cuando entró a la escuela, pero eso no fue problema “todos mis compañeros eran hispanos”, recuerda.
Pronto abandonó el fútbol soccer por el fútbol americano y el deporte le permitió conseguir becas para ir a la Universidad Estatal de Oklahoma, donde estudió sociología. Fue en la Universidad donde se inició el verdadero aprendizaje de inglés, que ahora habla perfectamente.
Ahora es residente de Estados Unidos, casado y sin hijos. Su esposa, Delainie, es mitad anglosajona y mitad afroamericana y vive en Oklahoma. “Estoy orgulloso por mi gente latina”, dice y agrega, “y especialmente por los salvadoreños”.

 

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