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Un encuentro calculador

Los técnicos finalistas, Rubén Alonso y Agustín Castillo, desayunaron juntos un día antes del partido por el campeonato entre recuerdos, reservas y algunas libritas de más.

Marcelo Betancourt
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

Ruben Alonso, Marcelo Betancourt, Roberto Aguila Zelaya y Agustín Castillo en desayuno en el Hotel Intercontinental.
Foto digital EDH / Osmín Herrera.

Las seis y veintiocho de la mañana son mucho más cálidas y humedas en el Puerto de Acajutla. Allá en aquella ciudad de occidente, a una hora en que sólo algunos valientes ciclistas se atreven a interrumpir la tranquilidad nos encontramos al uruguayo Rubén Alonso, técnico del San Salvador. Su caminar lento, con la mirada enterrada en el suelo y con una maleta de dos días en el hombro armoniza con el ambiente.

Al vernos saluda agradeciendo la puntualidad y asegura que levantarse temprano es algo instintivo en él, al tiempo que eleva su pierna para abordar el transporte de El Dirario de Hoy.

En ese mismo momento su colega y timonel de FAS, el peruano Agustín Castillo, acaba de abrir sus ojos y se dispone a alistarse para su encuentro con Alonso.
Camino a San Salvador, Alonso ya deboró el periódico hasta por los codos. Comenzó por la sección deportiva y leyó detenidamente los artículos refeentes a la final entre panteras y tigrillos. Por las demás páginas sólo se detiene un par de segundos.
En la conversación fue inevitable recorrer por su carrera en el fútbol y por su venta de carne que él mismo atiende.

El encuentro

El tradicional apretón de manos hizo arrancar la sesión y el desayuno. Castillo se sentó frente a su próximo contrincante y la conversación comenzó a rodar. El dilema no podía ser otro: ambos analizaban la precariedad de las bases juveniles del fútbol local. Sus brazos estaban relajados y sus caras sueltas. Antes de entrar en materia recordaron las veces que coincidieron como rivales cuando aún eran jugadores.

“La última vez fue cuando yo jugaba en Águila y vos en Limeño”, afirmó el peruano refiríendose a su último enfrentamiento. El uruguayo confirmó el dato. Por esos rumbos deambulaban cuando salió a flote el inevitable tema de las edades. Castillo confesó que tenía por lo menos 10 kilos de sobrepeso, justamente el mismo exceso que acusó tener el técnico de los metropolitanos.

El recreo terminó y la conversación se enrumbó por fin al juego del domingo. Instantáneamente recompusieron sus rostros y mentalmente se colocaron el saco de director técnico. Concordaron en la mayoría de cosas, tal como dos técnicos de su misma época lo harían. Las miradas de complicidad para evadir ciertas respuestas referentes a sus estrategias guardadas como secretos de estado lo confirmaban. Sumado a que ambos se asemejan en que apenas comienzan su fase de entrenadores y que su arranque ha sido de relativo éxito. Los dos ya campeonizaron como entrenadores.

Pero también admitieron que la aparición de cada una de las canas en sus cabellera ha sido por las gracias de la dirección técnica.

Con el pasar de los minutos la plática tomó ritmo, hasta el punto de que cada quien interrumpía cuando deseaba plantear algo.

Un encuentro de manos mucho más efusivo y espontáneo cerró la jornada. Su próximo destino: el último entreno de cara a la final.

 

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