Sábado 21 de julio de 2001


Perdió la mayoría

Génova ya había amanecido triste ayer, pero anocheció llorando entre las faldas del dolor y la vergüenza. En la primera jornada de la cumbre del G-8, el repetido dilema al que se enfrente en cada una de sus comparecencias, el polémico movimiento antiglobalización, se dirimió una vez más con el rostro sucio e intransigente de la violencia

José Luis Sánz / Enviado especial
El Diario de Hoy

Antonia decía ayer por la mañana, en el autobús, que la manifestación del jueves había sido "preciosa": cincuenta mil personas reivindicando los derechos de los inmigrantes, y ni un gesto de violencia. Tiene cerca de la cincuentena, y reconoce que no suele acudir a manifestaciones, pero en Génova, en su casa, no se sintió con excusas.

Los muros de hormigón y las altas rejas habían convertido el casco antiguo de Génova en un magnífico y escalofriante desierto, solo poblado por centenares de miembros de los carabineros, del ejército y de la policía de hacienda, en evidente ostentación de su capacidad de fuerza.

En respuesta, muchos vecinos se habían sumado, como Antonia, a las protestas, con el lema de "Libera Génova".

En las primeras horas de la manifestación de ayer, globos de colores al aire, manos pintadas de blanco y familias enteras con niños en los brazos animaban a los vecinos a enseñar su ropa interior por el balcón, en desprecio a la petición que el mismísimo Silvio Berlusconi les había hecho para que no tendieran la ropa a la vista estos días.

Una periodista francesa comparaba a Génova con la Belfast de los peores años.

Las magníficas medidas de seguridad hacen de la ciudad un fortín frío, futurista, en el que no se sabe a ciencia cierta quién encierra a quién.

Desde la llegada de los primeros militantes antiglobalización, a mediados de la semana pasada, convirtieron la Zona Roja, el área de máxima seguridad reservada para los asistentes al G-8, en un reto que coronar. Ayer era el día; pretendían tomarse la Zona Roja por la fuerza.

Maquillaban el ataque con una retórica ambigua que denomina acciones directas a la suelta de los grupos radicales que siempre se suman a la convocatoria organizada por pacifistas, y que admite la transgresión de las normas.

Guerrilla urbana

Y ocurrió lo que trataban de evitar por la inocente o incluso irresponsable vía de no pensar en ello. Aunque la primera hora de manifestación discurrió sin alarmas y en un clima de fiesta cívica a lo largo de la Vía Assarotti, pronto corrieron las noticias de que cerca, frente a la Stazione Brignole, se habían producido los primeros disturbios.

La mecha estaba prendida. Haciendo gala de depuradas técnicas de guerrilla urbana, coordinados por medio de celulares, organizados en pequeños grupos, los ropajes negros de los miembros del Black Block, de postura anarco radical, comenzaban a desfilar. La aparición de otros focos de violencia fue cuestión de tiempo.

Tras ellos quedaban las primeras barricadas incendiadas.

Ante la cámara de un cineasta francés, un hombre de unos 40 años les señalaba, sin más base que su rabia, como agitadores a sueldo de los organizadores del G-8.

A media tarde, en las horas de la desorientación para quienes no respaldan este tipo de acciones, los jóvenes de negro volvieron a desfilar, desafiantes, anunciando que preparaban un nuevo asalto a la Zona Roja para la hora en que los jefes de Estado de los ocho grandes y de los países invitados, incluido Francisco Flores, llegasen al Palacio Ducal de Génova.

A su paso, a lo largo de los límites de la muralla policial, recibieron silbidos e insultos. Con las manos en alto, pintadas de blanco, la mayoría de los congregados para estas jornadas de protesta les jalearon al grito de "no violencia".

A punto estuvieron de producirse altercados entre unos y otros.

El silencio

Anoche quedaba el silencio del lamento.

La cadena pública de televisión italiana RAI se pregunta cómo llegaron a Génova, a la protegida Génova, cerca de 400 miembros de Black Block. Fueron ellos, en grupos de decenas de chicos y chicas perfectamente equipados para la pelea con barras de acero, bates de madera y cascos, quienes ganaron la batalla entre la cumbre del G-8 y el Foro Social convocado por los antiglobalización.

Sin embargo, en el fondo de las conciencias, ahora empañadas por la crueldad de las retinas, queda el dilema de la no violencia a la que dicen aspirar los cabecillas del Foro.

Y la ambigüedad de un movimiento desdibujado que se define por una negativa que no tiene el mismo sentido ni el mismo fin para todos, y que está sirviendo de telón de fondo al espectáculo de grupos que nunca se plantearon qué decir o qué escuchar, porque acudieron a Génova con la violencia cargada.


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