Perdió la
mayoría
Génova ya había amanecido
triste ayer, pero anocheció llorando
entre las faldas del dolor y la vergüenza.
En la primera jornada de la cumbre del G-8, el
repetido dilema al que se enfrente en cada una
de sus comparecencias, el polémico
movimiento antiglobalización, se
dirimió una vez más con el rostro
sucio e intransigente de la violencia
- José
Luis Sánz / Enviado
especial
- El Diario
de Hoy
Antonia
decía ayer por la mañana, en el
autobús, que la manifestación del
jueves había sido "preciosa": cincuenta
mil personas reivindicando los derechos de los
inmigrantes, y ni un gesto de violencia. Tiene
cerca de la cincuentena, y reconoce que no suele
acudir a manifestaciones, pero en Génova,
en su casa, no se sintió con excusas.
Los muros de hormigón y las altas
rejas habían convertido el casco antiguo
de Génova en un magnífico y
escalofriante desierto, solo poblado por
centenares de miembros de los carabineros, del
ejército y de la policía de
hacienda, en evidente ostentación de su
capacidad de fuerza.
En respuesta, muchos vecinos se habían
sumado, como Antonia, a las protestas, con el
lema de "Libera Génova".
En las primeras horas de la
manifestación de ayer, globos de colores
al aire, manos pintadas de blanco y familias
enteras con niños en los brazos animaban
a los vecinos a enseñar su ropa interior
por el balcón, en desprecio a la
petición que el mismísimo Silvio
Berlusconi les había hecho para que no
tendieran la ropa a la vista estos
días.
Una periodista francesa comparaba a
Génova con la Belfast de los peores
años.
Las magníficas medidas de seguridad
hacen de la ciudad un fortín frío,
futurista, en el que no se sabe a ciencia cierta
quién encierra a quién.
Desde la llegada de los primeros militantes
antiglobalización, a mediados de la
semana pasada, convirtieron la Zona Roja, el
área de máxima seguridad reservada
para los asistentes al G-8, en un reto que
coronar. Ayer era el día;
pretendían tomarse la Zona Roja por la
fuerza.
Maquillaban el ataque con una retórica
ambigua que denomina acciones directas a la
suelta de los grupos radicales que siempre se
suman a la convocatoria organizada por
pacifistas, y que admite la transgresión
de las normas.
Guerrilla urbana
Y ocurrió lo que trataban de evitar
por la inocente o incluso irresponsable
vía de no pensar en ello. Aunque la
primera hora de manifestación
discurrió sin alarmas y en un clima de
fiesta cívica a lo largo de la Vía
Assarotti, pronto corrieron las noticias de que
cerca, frente a la Stazione Brignole, se
habían producido los primeros
disturbios.
La mecha estaba prendida. Haciendo gala de
depuradas técnicas de guerrilla urbana,
coordinados por medio de celulares, organizados
en pequeños grupos, los ropajes negros de
los miembros del Black Block, de postura anarco
radical, comenzaban a desfilar. La
aparición de otros focos de violencia fue
cuestión de tiempo.
Tras ellos quedaban las primeras barricadas
incendiadas.
Ante la cámara de un cineasta
francés, un hombre de unos 40 años
les señalaba, sin más base que su
rabia, como agitadores a sueldo de los
organizadores del G-8.
A media tarde, en las horas de la
desorientación para quienes no respaldan
este tipo de acciones, los jóvenes de
negro volvieron a desfilar, desafiantes,
anunciando que preparaban un nuevo asalto a la
Zona Roja para la hora en que los jefes de
Estado de los ocho grandes y de los
países invitados, incluido Francisco
Flores, llegasen al Palacio Ducal de
Génova.
A su paso, a lo largo de los límites
de la muralla policial, recibieron silbidos e
insultos. Con las manos en alto, pintadas de
blanco, la mayoría de los congregados
para estas jornadas de protesta les jalearon al
grito de "no violencia".
A punto estuvieron de producirse altercados
entre unos y otros.
El silencio
Anoche quedaba el silencio del lamento.
La cadena pública de televisión
italiana RAI se pregunta cómo llegaron a
Génova, a la protegida Génova,
cerca de 400 miembros de Black Block. Fueron
ellos, en grupos de decenas de chicos y chicas
perfectamente equipados para la pelea con barras
de acero, bates de madera y cascos, quienes
ganaron la batalla entre la cumbre del G-8 y el
Foro Social convocado por los
antiglobalización.
Sin embargo, en el fondo de las conciencias,
ahora empañadas por la crueldad de las
retinas, queda el dilema de la no violencia a la
que dicen aspirar los cabecillas del Foro.
Y la ambigüedad de un movimiento
desdibujado que se define por una negativa que
no tiene el mismo sentido ni el mismo fin para
todos, y que está sirviendo de
telón de fondo al espectáculo de
grupos que nunca se plantearon qué decir
o qué escuchar, porque acudieron a
Génova con la violencia cargada.
G-8
condona deuda a Honduras y
Nicaragua
Los mandatarios
del Grupo de los Ocho países más
desarrollados del mundo acordaron ayer condonar
la deuda a países pobres, entre ellos
Nicaragua, Honduras y Bolivia