El purgante
La abuela Catalina nació en el
siglo antepasado, es decir allá por 1875,
y murió en 1976, a pocos días de
cumplir cien años.
Lito
Montalvo
A
mí me encantaba escuchar sus historias,
en especial sobre sus padres o sea mis
bisabuelos, de cómo se transportaban en
carreta de San Salvador a Armenia, pasando por
los terribles bosques de Zapotitán donde
merodeaban los pumas y jaguares. A pesar de
haber emigrado un tiempo a California, y vivir
la mitad de su vida en el siglo XX, la abuela
Catalina tenía sus costumbres que las
hacía prevalecer, nos gustara o no.
Un par de veces me azotó, no duro por
supuesto, el sábado de Gloria, pues ella
quería que yo fuera un hombre alto,
fornido, lo hacía para que no me quedara
chaparro. En la casa siempre había un
palo de limón y otro de guayaba perulera
que también recibían el mismo
ritual de los azotes para que crecieran y dieran
frutos. Tenía unas macetas sembradas con
hierbabuena, ruda, albahaca. En el patio siempre
había unas matitas de chipilín y
mora silvestre para hacer sopas. En un par de
baúles guardaba trozos tela que le
sobraban de las costuras que confeccionaba, pues
también era una excelente costurera. Pero
también era curandera, es decir
tenía conocimientos de medicina natural
casera que la practicaba con sus nietos, en
especial conmigo, el más consentido y el
más pequeño. Algunas veces, cuando
estaba agripado, me frotaba con unos
ungüentos poco aromáticos,
según me dijeron eran de manteca de
zorrillo. Como estaba flaco, recuerdo que me
daba aceite de hígado de bacalao, en una
cuchara sopera, con unas gotitas de limón
y unos granos de sal de cocina. No me
desagradaba esa medicina, además
decía que era para que "embarneciera".
Para la "pecueca", o mal olor de los pies, me
hacía meterlos en un huacal con sales de
permanganato de potasio. Me quedaban los pies
con un color morado como disfraz de Semana
Santa. Si me daba algún golpe, me
ponían lienzos de vinagre.
Cuando me ponía de mal genio, me daba
un polvo amarillo que se llamaba ruibarbo, de
sabor insoportablemente amargo, por lo tanto
trataba de controlar mi mal genio enfrente de
ella.
Pero lo que sí era de cajón a
la entrada y a veces también a la salida
del invierno era el purgante, dizque para
desparasitarnos como también para limpiar
el aparato digestivo. Ese día los tres
nietos tomábamos la medicina,
quisiéramos o no.
El purgante era de sal inglesa (MgCl2 ), que
lo vendían en la farmacia Cristo Rey, a
razón de dos sobrecitos por cinco
centavos. Mi abuelita me mandó a comprar
cuatro sobrecitos. Yo iba preparado, llevaba un
poco de sal gruesa de cocina en la bolsa. De
regreso a casa abrí un sobre,
vacié el contenido, lo sustituí
por sal común, poniéndole una
seña de un doblez al sobre con la sal. Ya
doña Catalina estaba preparada,
tenía tres tazas de porcelana con agua
tibia, para que la sal inglesa se diluyera
fácilmente. Cada cual tomo su papelito y
lo vertió dentro de la taza, como en un
ceremonial, la abuela meneó cada una de
las tazas con una cuchara, haciendo sonar la
cuchara con el recipiente cada vez que terminaba
el meneado. Al lado de cada taza estaba media
naranja dulcita, pues nos permitía que la
probáramos antes de echarnos el trago de
medicina. Marinita, mi querida prima era,
según mi abuela, la más valiente,
de quien deberíamos tomar el ejemplo.
Tomaba la taza, y sin fruncir mucho la cara, se
empujaba hasta adentro los dos tragos, hasta
parecía que le gustaba, y luego se
chupaba tranquilamente la naranja, nos sacaba la
lengua y se burlaba de nosotros
diciéndonos que éramos
"niñones", mientras que mi primo
Félix y yo nos mirábamos como
queriendo salir a la carrera y no tomarnos el
purgante de tan desagradable sabor, pero la
cuerda de la maquina de coser marca Singer era
muy persuasiva.
Sabiendo que lo que tenía enfrente era
sal común, me empine la taza antes de ser
descubierto, no sin antes hacer el
escándalo de siempre como tratando de
vomitar, y agarrándome la garganta en
demostración de asco y chupándome
la mitad de mi naranja, con una ansiedad tal
como si me estuviera envenenando y que la
naranja era mi salvación. Félix no
hacía tanto escándalo,
además por ser el mayor la abuela le daba
mas duro, no le quedaba más remedio que
tomarse el purgante. Ese día no
íbamos a clase, teníamos que pasar
en reposo, además que también a
dieta con atol de maicena y agua de arroz. Al
primer "asiento" la abuela lo tenía que
observar para estar segura de que no
teníamos lombrices, por lo que
había que hacerlo en una bacinilla. Mis
primos pasaron la prueba a la media hora, pero
al Ñolito no le hizo efecto. Mis primos
pasaron todo el día en la viajadera al
baño, yo hice el intento pero sin
éxito. Esa noche, mi abuela Cata
comentaba con mis tías y mi mamá,
que no me había hecho efecto el purgante.
Yo estaba feliz, pues nunca me descubrieron mi
jugarreta, pero dos días después
mi abuela me tenía reservada una
sorpresa, me había cambiado el purgante
por uno más efectivo: aceite de ricino.
No quiero contarles los efectos ni el sabor de
ese tal aceite, pero quedó tan grabado en
mi mente, que aun ahora de adulto, me da
escalofrío sólo pensar, no
sólo en el sabor sino en las
consecuencias. El siguiente año me
tomé mi sobrecito de sal inglesa sin
llevármelas de vivo.
Amigos lejanos, por
favor escríbanme sus comentarios a
donlito@yahoo.com