Domingo 13 de mayo de 2001


El purgante

La abuela Catalina nació en el siglo antepasado, es decir allá por 1875, y murió en 1976, a pocos días de cumplir cien años.

Lito Montalvo

A mí me encantaba escuchar sus historias, en especial sobre sus padres o sea mis bisabuelos, de cómo se transportaban en carreta de San Salvador a Armenia, pasando por los terribles bosques de Zapotitán donde merodeaban los pumas y jaguares. A pesar de haber emigrado un tiempo a California, y vivir la mitad de su vida en el siglo XX, la abuela Catalina tenía sus costumbres que las hacía prevalecer, nos gustara o no.

Un par de veces me azotó, no duro por supuesto, el sábado de Gloria, pues ella quería que yo fuera un hombre alto, fornido, lo hacía para que no me quedara chaparro. En la casa siempre había un palo de limón y otro de guayaba perulera que también recibían el mismo ritual de los azotes para que crecieran y dieran frutos. Tenía unas macetas sembradas con hierbabuena, ruda, albahaca. En el patio siempre había unas matitas de chipilín y mora silvestre para hacer sopas. En un par de baúles guardaba trozos tela que le sobraban de las costuras que confeccionaba, pues también era una excelente costurera. Pero también era curandera, es decir tenía conocimientos de medicina natural casera que la practicaba con sus nietos, en especial conmigo, el más consentido y el más pequeño. Algunas veces, cuando estaba agripado, me frotaba con unos ungüentos poco aromáticos, según me dijeron eran de manteca de zorrillo. Como estaba flaco, recuerdo que me daba aceite de hígado de bacalao, en una cuchara sopera, con unas gotitas de limón y unos granos de sal de cocina. No me desagradaba esa medicina, además decía que era para que "embarneciera". Para la "pecueca", o mal olor de los pies, me hacía meterlos en un huacal con sales de permanganato de potasio. Me quedaban los pies con un color morado como disfraz de Semana Santa. Si me daba algún golpe, me ponían lienzos de vinagre.

Cuando me ponía de mal genio, me daba un polvo amarillo que se llamaba ruibarbo, de sabor insoportablemente amargo, por lo tanto trataba de controlar mi mal genio enfrente de ella.

Pero lo que sí era de cajón a la entrada y a veces también a la salida del invierno era el purgante, dizque para desparasitarnos como también para limpiar el aparato digestivo. Ese día los tres nietos tomábamos la medicina, quisiéramos o no.

El purgante era de sal inglesa (MgCl2 ), que lo vendían en la farmacia Cristo Rey, a razón de dos sobrecitos por cinco centavos. Mi abuelita me mandó a comprar cuatro sobrecitos. Yo iba preparado, llevaba un poco de sal gruesa de cocina en la bolsa. De regreso a casa abrí un sobre, vacié el contenido, lo sustituí por sal común, poniéndole una seña de un doblez al sobre con la sal. Ya doña Catalina estaba preparada, tenía tres tazas de porcelana con agua tibia, para que la sal inglesa se diluyera fácilmente. Cada cual tomo su papelito y lo vertió dentro de la taza, como en un ceremonial, la abuela meneó cada una de las tazas con una cuchara, haciendo sonar la cuchara con el recipiente cada vez que terminaba el meneado. Al lado de cada taza estaba media naranja dulcita, pues nos permitía que la probáramos antes de echarnos el trago de medicina. Marinita, mi querida prima era, según mi abuela, la más valiente, de quien deberíamos tomar el ejemplo. Tomaba la taza, y sin fruncir mucho la cara, se empujaba hasta adentro los dos tragos, hasta parecía que le gustaba, y luego se chupaba tranquilamente la naranja, nos sacaba la lengua y se burlaba de nosotros diciéndonos que éramos "niñones", mientras que mi primo Félix y yo nos mirábamos como queriendo salir a la carrera y no tomarnos el purgante de tan desagradable sabor, pero la cuerda de la maquina de coser marca Singer era muy persuasiva.

Sabiendo que lo que tenía enfrente era sal común, me empine la taza antes de ser descubierto, no sin antes hacer el escándalo de siempre como tratando de vomitar, y agarrándome la garganta en demostración de asco y chupándome la mitad de mi naranja, con una ansiedad tal como si me estuviera envenenando y que la naranja era mi salvación. Félix no hacía tanto escándalo, además por ser el mayor la abuela le daba mas duro, no le quedaba más remedio que tomarse el purgante. Ese día no íbamos a clase, teníamos que pasar en reposo, además que también a dieta con atol de maicena y agua de arroz. Al primer "asiento" la abuela lo tenía que observar para estar segura de que no teníamos lombrices, por lo que había que hacerlo en una bacinilla. Mis primos pasaron la prueba a la media hora, pero al Ñolito no le hizo efecto. Mis primos pasaron todo el día en la viajadera al baño, yo hice el intento pero sin éxito. Esa noche, mi abuela Cata comentaba con mis tías y mi mamá, que no me había hecho efecto el purgante. Yo estaba feliz, pues nunca me descubrieron mi jugarreta, pero dos días después mi abuela me tenía reservada una sorpresa, me había cambiado el purgante por uno más efectivo: aceite de ricino. No quiero contarles los efectos ni el sabor de ese tal aceite, pero quedó tan grabado en mi mente, que aun ahora de adulto, me da escalofrío sólo pensar, no sólo en el sabor sino en las consecuencias. El siguiente año me tomé mi sobrecito de sal inglesa sin llevármelas de vivo.

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