La adultez de la
cultura
Maura y María de la Paz son dos
mujeres que, por los azares de la vida y
decisión propia, dijeron no a la
educación. Hoy, conscientemente, aprenden
a leer y escribir
- Sandra
Moreno
- El Diario
de Hoy
Datos
recientes revelan que en El Salvador un 51 por
ciento de la población es del sexo
femenino; un 33 por ciento de los hogares
está bajo la responsabilidad de una
mujer. Además, establecen -más
grave aún- que un 20.4 por ciento de la
población femenina es analfabeta.
Esta cifra exige acciones de hecho. El Lic.
Martín González, responsable del
programa de alfabetización y
educación básica de personas
jóvenes y adultas, de la
Asociación Intersectorial para el
Desarrollo Económico y Progreso Social
(CIDEP), recorre, junto con ocho promotores y
218 educadoras, las comunidades, caseríos
y cantones de Guadalupe, Verapaz,
Tepetitán, San Cayetano Istepeque, San
Vicente y Tecoluca.
El programa es desarrollado en
coordinación con el Ministerio de
Educación (MINED).
"La finalidad es ofrecer alternativas
educativas a la población joven y adulta
analfabeta o con un bajo nivel escolar. De esta
forma, ésta tiene acceso, en el marco de
la educación no formal, a procesos
educativos que le ayudan a desarrollar las
habilidades y las capacidades que en la sociedad
se consideran básicas para tener mejores
oportunidades de desarrollo y convivencia
social", explica González.
Muy lejos
Con un pelo negro, sin rastro de canas, Maura
Meléndez, de 54 años, asiste a un
Círculo de Alfabetización en el
caserío Concepción Ismendia
Cantarrana, en el cantón San José,
en el municipio de Tecoluca.
Ella ha vuelto a recordar lo que
aprendió en el primer grado, el
único año que asistió
cuando tenía 16 años y
vivía en Nejapa, en el departamento de
San Salvador. "Yo sabía que podía
un poco cuando vinieron los encargados del
círculo hace tres años; me
animé porque quería aprender",
dice doña Maura.
En el pasado, Maura debía caminar hora
y media por veredas, en medio de cañales,
hacia la escuela. "Quedaba muy lejos; iba
solita", cuenta Maura. "Me enseñaron a
leer las letras, también a firmar el
nombre".
La larga caminada hizo tomar una
decisión a la muchacha: dejar la escuela.
Entonces, su padre le advirtió:
"andá, hija, ya grande te hará
falta". No valió el argumento paterno que
hoy resuena en la mente de Maura, quien se
casaría a los 21 años y
tendría siete hijos.
-¿Qué significa tener de nuevo la
oportunidad de aprender?
-Siento que me ayudará; quiero
escribirle cartas a mi hija que vive en San
Salvador o a mi mamá &emdash;acepta
Maura, y agrega, mientras una sonrisa ilumina su
rostro moreno-: seguiremos yendo al
círculo, no está lejos.
La frase última tranquiliza a Rafael
Mejía, promotor de CIDEP en la zona de
Tecoluca. Él es el encargado de que el
Círculo de Alfabetización
funcione, del 5 de abril al 5 de septiembre,
cada año, en un horario de 2:00 p.m. a
4:00 p.m.
"El éxito en el aprendizaje en cada
persona depende de su interés", explica
Mejía. "Por ejemplo, un pastor
quería leer la Biblia; él
tenía 60 años y fue de los
más sobresalientes en el grupo".
Los Círculos
En estos momentos, el promotor tiene a su
cargo 27 grupos de Círculos de
Alfabetización, y en cada uno hay de 15 a
25 personas.
En el 2001, CIDEP atendió 4,387
personas jóvenes y adultas (1,855 hombres
y 2,528 mujeres), por medio de los procesos de
alfabetización y continuidad educativa.
Y en el campo de la capacitación
vocacional se ayudó a 81 personas,
quienes asistieron a los talleres de
panificación, electricidad,
floristería y piñatería,
durante tres meses.
A la hora de hablar con la gente,
Mejía les dibuja su futuro y como el
proceso de educación les beneficiara en
su diario vivir. Los principales argumentos de
los hombres es "estoy viejo" y las mujeres, "mis
responsabilidades domésticas", "tengo que
cuidar a los niños" y "no voy a las
reuniones".
La estrategia de convencimiento incluye que
la gente decida el horario de las clases, y se
involucra activamente a los líderes en el
proyecto.
El promotor Francisco de Jesús
García maneja 28 grupos, la
mayoría es amas de casa. A él le
funcionó muy bien el argumento que si
sabían leer y escribir les sería
más fácil conseguir ayuda para la
reconstrucción de sus casas, destruidas
por los terremotos del 13 de enero y 13 de
febrero, entre otras cosas.
Una mujer que no necesitó mucha
plática para motivarla fue doña
María de la Paz Méndez, de 69
años, del barrio Concepción de San
Vicente. "Mi padre era profesor, él
quedó enfermo después de una peste
de sarampión. Pero esto no le
impidió ofrecerle a sus vecinos el
enseñarles a sus hijos, a un colón
el día y la comida. A mí me quiso
enseñar también, pero ...yo no
sentía amor por el estudio. Perdí
la oportunidad que hoy deseo", recuerda
doña María de la Paz. Ahora, a los
69 años, sabe el valor de escribir y
leer.