Viernes 30 de noviembre 2001



Ni bochinches, ni respiros

Una chaqueta café le trae suerte al presidente Francisco Flores. Cada vez que debe tomar grandes decisiones, se enfunda en ella. Esta vez, su gobierno parece tener una victoria asegurada frente a los autobuseros

El Diario de Hoy

Cuando se recorren los pasillos de la Casa Presidencial se pueden mirar detalles en algunos de los principales funcionarios que, aunque para muchos pasan desapercibidos, tienen un significado que lleva a pensar que, con una afinadísima estrategia en la que parecen no quedar hoyos ni respiros para las históricas grescas de los autobuseros, el gobierno se convertirá en un seguro ganador en su lucha por modernizar el transporte público.

Lo primero que se puede mirar allí es al presidente Francisco Flores vestido con pantalón crema y una chamarra café, de cuero. Es la misma chumpa que utilizó durante los momentos críticos del terremoto. Nadie se lo ha preguntado, ni se podría adivinar, pero el gobernante se enfunda esa chaqueta cada vez que debe librar las más importantes luchas de su gobierno.

Pero algo más que eso se puede encontrar en la Casa Presidencial, que garantizaría el éxito del plan gubernamental: un numeroso grupo de colaboradores cercanos al gobernante que sigue, paso a paso, una estrategia en la que, como si fuese un recetario, está prevista cualquier acción frente a cualquier desafío.

Dentro de ese grupo se incluyen los ministros de Hacienda, Juan José Daboub; de Economía, Miguel Lacayo; de Gobernación, Francisco Bertrand Galindo; de Obras Públicas, José Ángel Quirós; el director de la Policía Nacional Civil, Mauricio Sandoval, y el viceministro de Transporte, Ricardo Yúdice.

Todos ellos son los ejecutores de una metodología con la que se pretende llegar a conseguir un fin: modernizar el servicio del transporte a cualquier costo que sea necesario.

Camino al éxito

La primer ancla hacia el éxito la tiene el gobierno en un hecho: los servicios de los autobuseros no son buenos en el país, se pueden mejorar y, si logran eso, encontrarán bienestar para millones de usuarios diarios.

Es evidente que, una y cien veces, el gobierno realizó un ejercicio para determinar el verdadero poderío de las gremiales de autobuseros antes de emprender la lucha.

Las únicas fortalezas de los autobuseros siempre han sido el poder que, históricamente, les ha dado los entorpecimientos que causan a los ciudadanos con un paro. Peor aún cuando le agregan a eso la histeria urbana que causan cuando atraviesan sus unidades en las calles de las principales ciudades del país.

Pero las gremiales de autobuseros tenían, al lado suyo, otro aliado importante: la reciente cercanía con el Partido de Conciliación Nacional (PCN).

Neutralizar esas dos "fortalezas" de los autobuseros era el núcleo de la primera batalla del gobierno para triunfar. Los estrategas vencieron en muy pocos días: ni la Policía ni el Ejército dejó un centímetro descubierto a la posibilidad de los desmanes que tradicionalmente realizan esos empresarios. Las calles han permanecido limpias.

Ante los desórdenes, las autoridades aplicaron mano dura. Cuando el gobierno descubrió una sombra de sospecha en el sentido de que la violencia podía recrudecer y que los buseros podrían encontrar algunos aliados dispuestos a llenar las calles de desórdenes, encarceló a los principales líderes de las gremiales. Los descabezó, los metió a la cárcel y desarmó, así, los bochinches y reacciones.

Las dificultades de los usuarios las contrarrestó el gobierno con la ayuda de por lo menos la mitad de los autobuseros que no se sumaron al paro y hasta con la traída de autobuses guatemaltecos.

La mejor arma

La amenaza parece haberla fulminado el gobierno con la más poderosa de todas las armas: con el apoyo popular que goza el plan de modernización del transporte público. Los autobuseros se transformaron, por sí mismos, y con el paso del tiempo, en uno de los sectores empresariales menos queridos por los salvadoreños. La que fue para ellos la histórica arma para desafiar a cualquiera (entorpecer las calles), sumado al deterioro del servicio y a la inseguridad en que viajan los pasajeros, les desfiguró el rostro.

Y, como si eso fuera poco, al eliminar el gobierno el traslado de casi ¢400 millones que le hacían los consumidores de gasolina a los buseros y anunciar que, pese a eso, las tarifas para los usuarios no aumentarán, Flores y su equipo agregó otra fuerte dosis de apoyo popular.

El plan presentado por el presidente Francisco Flores eliminó, además, cualquier ganancia que pudieran sacar del momento sus opositores políticos. El FMLN, a la fuerza, anunció que estaba de acuerdo con eliminar el subsidio al diesel y con buena parte de lo que se pretende hacer en el futuro con el transporte público.

Algunos de los principales dirigentes del PCN, aliados últimos de los buseros, comenzaron a mostrar, en forma privada y pública, posturas que se alejan de las pretensiones de sus socios políticos. Incluso, el gobierno ha recibido mensajes de algunos de esos dirigentes en el sentido de que no apoyarán ninguna acción de los transportistas.

El gobierno está, sin duda, preparado para triunfar. Sus estrategas tienen respuestas para cada problema jurídico, político, económico o social que se produzca en medio de esta nueva crisis. "El Presidente se amarró los pantalones", dijo alguien por ahí. Y esa percepción de valentía al haberse enfrentado a todo el poder de los autobuseros le dará mayores réditos a la imagen del gobernante. La chamarra café del Presidente, otra vez, le dará buenos resultados.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Escenarios] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'01 [Portada] [Planeta Alternativo]

Copyright 1995 - 2001. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o
parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com