Ni bochinches, ni
respiros
Una chaqueta café le trae suerte al
presidente Francisco Flores. Cada vez que debe
tomar grandes decisiones, se enfunda en ella.
Esta vez, su gobierno parece tener una victoria
asegurada frente a los autobuseros
El Diario de
Hoy
Cuando
se recorren los pasillos de la Casa Presidencial
se pueden mirar detalles en algunos de los
principales funcionarios que, aunque para muchos
pasan desapercibidos, tienen un significado que
lleva a pensar que, con una afinadísima
estrategia en la que parecen no quedar hoyos ni
respiros para las históricas grescas de
los autobuseros, el gobierno se
convertirá en un seguro ganador en su
lucha por modernizar el transporte
público.
Lo primero que se puede mirar allí es
al presidente Francisco Flores vestido con
pantalón crema y una chamarra
café, de cuero. Es la misma chumpa que
utilizó durante los momentos
críticos del terremoto. Nadie se lo ha
preguntado, ni se podría adivinar, pero
el gobernante se enfunda esa chaqueta cada vez
que debe librar las más importantes
luchas de su gobierno.
Pero algo más que eso se puede
encontrar en la Casa Presidencial, que
garantizaría el éxito del plan
gubernamental: un numeroso grupo de
colaboradores cercanos al gobernante que sigue,
paso a paso, una estrategia en la que, como si
fuese un recetario, está prevista
cualquier acción frente a cualquier
desafío.
Dentro de ese grupo se incluyen los ministros
de Hacienda, Juan José Daboub; de
Economía, Miguel Lacayo; de
Gobernación, Francisco Bertrand Galindo;
de Obras Públicas, José
Ángel Quirós; el director de la
Policía Nacional Civil, Mauricio
Sandoval, y el viceministro de Transporte,
Ricardo Yúdice.
Todos ellos son los ejecutores de una
metodología con la que se pretende llegar
a conseguir un fin: modernizar el servicio del
transporte a cualquier costo que sea
necesario.
Camino al éxito
La primer ancla hacia el éxito la
tiene el gobierno en un hecho: los servicios de
los autobuseros no son buenos en el país,
se pueden mejorar y, si logran eso,
encontrarán bienestar para millones de
usuarios diarios.
Es evidente que, una y cien veces, el
gobierno realizó un ejercicio para
determinar el verdadero poderío de las
gremiales de autobuseros antes de emprender la
lucha.
Las únicas fortalezas de los
autobuseros siempre han sido el poder que,
históricamente, les ha dado los
entorpecimientos que causan a los ciudadanos con
un paro. Peor aún cuando le agregan a eso
la histeria urbana que causan cuando atraviesan
sus unidades en las calles de las principales
ciudades del país.
Pero las gremiales de autobuseros
tenían, al lado suyo, otro aliado
importante: la reciente cercanía con el
Partido de Conciliación Nacional
(PCN).
Neutralizar esas dos "fortalezas" de los
autobuseros era el núcleo de la primera
batalla del gobierno para triunfar. Los
estrategas vencieron en muy pocos días:
ni la Policía ni el Ejército
dejó un centímetro descubierto a
la posibilidad de los desmanes que
tradicionalmente realizan esos empresarios. Las
calles han permanecido limpias.
Ante los desórdenes, las autoridades
aplicaron mano dura. Cuando el gobierno
descubrió una sombra de sospecha en el
sentido de que la violencia podía
recrudecer y que los buseros podrían
encontrar algunos aliados dispuestos a llenar
las calles de desórdenes,
encarceló a los principales
líderes de las gremiales. Los
descabezó, los metió a la
cárcel y desarmó, así, los
bochinches y reacciones.
Las dificultades de los usuarios las
contrarrestó el gobierno con la ayuda de
por lo menos la mitad de los autobuseros que no
se sumaron al paro y hasta con la traída
de autobuses guatemaltecos.
La mejor arma
La amenaza parece haberla fulminado el
gobierno con la más poderosa de todas las
armas: con el apoyo popular que goza el plan de
modernización del transporte
público. Los autobuseros se
transformaron, por sí mismos, y con el
paso del tiempo, en uno de los sectores
empresariales menos queridos por los
salvadoreños. La que fue para ellos la
histórica arma para desafiar a cualquiera
(entorpecer las calles), sumado al deterioro del
servicio y a la inseguridad en que viajan los
pasajeros, les desfiguró el rostro.
Y, como si eso fuera poco, al eliminar el
gobierno el traslado de casi ¢400 millones
que le hacían los consumidores de
gasolina a los buseros y anunciar que, pese a
eso, las tarifas para los usuarios no
aumentarán, Flores y su equipo
agregó otra fuerte dosis de apoyo
popular.
El plan presentado por el presidente
Francisco Flores eliminó, además,
cualquier ganancia que pudieran sacar del
momento sus opositores políticos. El
FMLN, a la fuerza, anunció que estaba de
acuerdo con eliminar el subsidio al diesel y con
buena parte de lo que se pretende hacer en el
futuro con el transporte público.
Algunos de los principales dirigentes del
PCN, aliados últimos de los buseros,
comenzaron a mostrar, en forma privada y
pública, posturas que se alejan de las
pretensiones de sus socios políticos.
Incluso, el gobierno ha recibido mensajes de
algunos de esos dirigentes en el sentido de que
no apoyarán ninguna acción de los
transportistas.
El gobierno está, sin duda, preparado
para triunfar. Sus estrategas tienen respuestas
para cada problema jurídico,
político, económico o social que
se produzca en medio de esta nueva crisis. "El
Presidente se amarró los pantalones",
dijo alguien por ahí. Y esa
percepción de valentía al haberse
enfrentado a todo el poder de los autobuseros le
dará mayores réditos a la imagen
del gobernante. La chamarra café del
Presidente, otra vez, le dará buenos
resultados.