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A quince años del terremoto de febrero de 2001

El Salvador no se había terminado de recuperar del terremoto del 13 de enero de 2001. Un mes exacto después, un nuevo movimiento destruyó la zona paracentral. Después de 15 años, la vida sigue, pero las cicatrices están ahí

Los recuerdos del terremoto del 13 de febrero de 2001

El Salvador no se había terminado de recuperar del terremoto del 13 de enero de 2001. Un mes exacto después, un nuevo movimiento destruyó la zona paracentral. Después...

La actividad en los municipios de La Paz, San Vicente y Cuscatlán no para. Sus hermosas casas y calles  no reflejan la destrucción de hace 15 años,  pero un recorrido por las arterias de sus municipios aún muestra las cicatrices de los dos terremotos de enero y febrero de 2001. Dos eventos que comparten el mismo día, el 13, pero con un mes de diferencia. Ahora, 15 años después, recuerdan el segundo evento, el que fue el más desgarrador para la zona paracentral del país.

La principal característica del segundo terremoto en febrero fue su  poder destructivo, debido a su magnitud y poca profundidad. La actividad económica de ese día ya había empezado. A las 8:22 de la mañana el sismo de 6.6 grados en la escala de Richter remeció la zona paracentral por un espacio de 20 segundos, según los datos de esa época del Servicio Nacional de Estudios Territoriales, ahora Centro de Monitoreo del ministerio de Medio Ambiente.

Ese 13 de febrero murieron 315 personas, hubo 3,300 heridos y 252,622 damnificados.

El estudio de Propósitos Múltiples del ministerio de Economía de 1999 registra que la mayoría de las viviendas en la zona parecentral estaban construidas con adobe. Las paredes de estas casas no soportaron el evento y cedieron. Los edificios se fueron al piso, convertidos en escombros, en  terrones que se deshacen entre las manos.

La Comisión Económica para América Latina y El Caribe (Cepal) publicó un extenso documento en el que se registró al detalle los daños ocurridos en el terremoto del 13 de enero de 2001. El 28 de febrero publicaron una adenda, en la que incluyeron los datos de la destrucción de febrero, cuándo se creyó que nada más podría pasar.

Patrimonio destruido

El informe habla de las 169,632 viviendas que sufrieron daños y de las 108,226 casas destruidas en enero. Pronto se tuvo que agregar las 15,706 casas que sufrieron daños en la segunda sacudida; además las 41,302 destruidas. La concentración de los daños se dio Cuscatlán, La Paz y San Vicente.

Pedro Aguillón López es un agricultor de 72 años. Ahora trabaja en el mantenimiento del parque de Santa María Ostuma, La Paz, frente a la iglesia. El recuerdo de ver todo caer sigue ahí. Ese día preparaban las fiestas patronales. Después, poco había ya que celebrar.

El templo tenía daños desde enero, y el segundo evento lo tiró todo. “No se nos olvida. Hubo lágrimas por lo que todos perdimos”, asegura. Ahora trabaja orgulloso frente al edificio que ayudó a reconstruir y dejar como antes de la catástrofe.

La infraestructura escolar también resultó afectada. En total se dañaron 210 escuelas en los dos eventos. Una de ellas en Candelaria, Cuscatlán, dónde murieron ocho alumnos y Ana Elizabeth Chicas, una maestra que tenía seis meses de ser nombrada.

Teresa de Jesús Meléndez, directora actual de la escuela parroquial de Candelaria, recuerda que ese día estaban en clase de Educación en la fe. Buscaron sacar al alumnado, pero no todos lograron salir. Después de los trabajos de rescate encontraron el cuerpo de Ana Elizabeth con un niño en cada brazo. “Ella quiso salvarlos”.

Fuerza entre la destrucción

Los muros de Guadalupe, en San Vicente cuentan nuevas historias. En la mayoría hay imágenes religiosas. El Divino Niño, la Virgen de Guadalupe, nacimientos; en todos hay  vida dónde antes hubo miseria.

La abuela de Ana Gertrudis López tenía un taller de costura. El martes 13 viajaron a San Salvador a comprar telas. En la capital sintieron un temblor. Con esfuerzo encontraron transporte hacia Guadalupe. Su llegada fue celebrada, sus vecinos creían que estaban soterradas. “Si nos quedamos, de seguro habríamos muerto”. Se quedaron solo con lo que llevaban puesto.

Los residentes se trasladaron a un predio, mientras se reconstruía, ahí vivían entre el polvo y el hambre. Tres lustros después, López, a sus 40, sigue trabajando como costurera. “Poco a poco nos llegó el desarrollo”.

Ana Mercedes Valenzuela, de 57, es enfermera. El día del terremoto estaba en el hospital de Especialidades del Instituto Salvadoreño del Seguro Social. Lo primero era atender la emergencia, pero pronto le permitieron regresar a su natal Verapaz. Llegó a su hogar  y solo encontró escombros. No sabía como ubicarse. “Todo estaba irreconocible, los techos estaban en el suelo”.

Con su hijo hicieron una champa en el solar. Nada que ver con su antigua casa con balcones hasta el piso. Ahora vive con sus nietos, siempre en el mismo lugar, pero entre paredes de ladrillo y cemento, a la espera del próximo desastre natural.

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