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OPINIÓN: Percepciones y realidades

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Hace unos años, cuando Correa estaba cerca del final de sus presidencias, recibía muchos mensajes de amigos ecuatorianos diciendo que, aunque los números no parecían pegar, esos eran los años en los que más dinero habían ganado en sus empresas y en sus profesiones, y daban el crédito a Correa, diciendo que no sabían cómo hacía que los negocios crecieran tanto cuando el precio del petróleo, la principal exportación de Ecuador, estaba cayendo mucho. “No sabemos cómo”, decían, “pero lo logra, y eso es lo que importa”.

Al oírlos, yo recordaba que esas eran las historias que yo había escuchado de amigos argentinos, casi palabra por palabra, en los años que habían precedido a las varias crisis gigantescas de su país.

Tanto Argentina como Ecuador entendieron rápido que los números no dejan de funcionar. Dos más dos es siempre cuatro, aunque no parezca. Los dos países estaban viviendo del crédito. Y les llegó el final de la manera en la que siempre llega: cuando el dinero en efectivo ya no alcanza y nadie quiere prestarles. No es una cosa que se vea llegar. Sucede de repente.

Ahora esta misma historia viene de salvadoreños. No quieren verlo. Y como en todos los casos, creen que lo insostenible será sostenible por alguna razón mágica, algo que está haciendo el presidente que va a volver la ley de gravedad inoperativa. “Quizás los dueños del Bitcoin están dando mucho dinero, quizás van a invertir en los bonos, o en ciudades y edificios, ya la vieja economía no funciona”.

Algunos ya se están dando cuenta porque a ellos les ha tocado financiar los gastos del gobierno: los proveedores, los que les venden cosas al gobierno. El gobierno ha estado dejando de pagar hasta ahora a muchos de ellos. Hay estimaciones de que esta deuda alcanza ya cerca de $1,500 millones—la misma cantidad que el gobierno dice que quiere tomar prestado del Fondo Monetario Internacional (FMI), de modo que si éste diera el crédito, serviría sólo para pagarles a estos proveedores. Por supuesto, si no se les paga, muchas de estas empresas van a quebrar, dejando gente sin empleo y transmitiendo el problema al pueblo en general.

Ya el pueblo en general también está sufriendo de la crisis que todavía no ha llegado más arriba. Todo se está encareciendo. Esto produce mayores ventas y utilidades por un plazo corto, cuando la gente y otras empresas siguen gastando pensando que los precios altos son temporales, pero después todos comienzan a cortar, y la demanda cae muy rápido.

Pero los que están felices no se dan cuenta de que una crisis está avecinándose. Ni siquiera le dan importancia a que la gente compra los bonos de El Salvador a mitad de precio. Pero ellos creen que todos están equivocados, que por alguna razón mágica, El Salvador sacará dinero de donde no hay —a pesar de que saben que ha sobrevivido por meses sacándolo de ellos mismos, de sus depósitos en los bancos, al ir rebajando las reservas de éstos, que es como comerse su propia carne.

El gobierno puede aminorar la crisis rebajando su déficit. Pero como no lo hace, la crisis va a golpear a El Salvador con toda su fuerza. El espejismo de las utilidades ya va a desaparecer. Las reservas de los bancos ya no van a existir o serán muy bajas para amortiguar el golpe. La inflación va a traer menos demanda real y menos utilidades reales. Las empresas pueden vender más por los precios más altos, pero los mismos precios más altos pueden comprar menos con sus ingresos. Pero además, la inflación alta causa intereses más altos, lo cual tiene dos efectos en los países optimistamente llamados “en desarrollo”: el pago de la deuda se vuelve más caro, y obtener más deudas se vuelve más difícil porque el dinero, más escaso, se mueve hacia los países desarrollado.

De pronto, como en Ecuador, Argentina y tantos otros casos, el gobierno ya no podrá sacar nada de los bancos. En ese momento, el gobierno puede aplazar la caída expropiando los ahorros de los futuros pensionados, pero no por mucho tiempo. Después el dinero se acabará. Y, enfrentando una crisis como nunca ha habido en el país, para la cual ellos también podrían prepararse, los optimistas de hoy dirán extrañadísimos: “Nadie se lo podía imaginar”, refiriéndose a un periodo en el que China y Rusia están en crisis serias, la inflación mundial está altísima, Europa tiene una crisis energética, los intereses están subiendo en todo el mundo, hay una guerra en Europa, etc., etc., etc—todo eso adicional a los graves problemas del país. Qué falta de imaginación.

 

Máster en Economía

Northwestern University

 

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Balances Políticos Economía Opinión

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