Cuando la noche brillaba: las luciérnagas se apagan en El Salvador
Las luciérnagas desaparecen en El Salvador por la luz artificial, pesticidas y pérdida de hábitat, apagando un símbolo natural de la infancia.
Por
Evelyn Alas
Publicado el 17 de abril de 2026
Las luciérnagas, que alguna vez iluminaron las noches rurales de El Salvador, están desapareciendo. Científicos advierten que la pérdida de hábitat, la contaminación lumínica y el uso de pesticidas están afectando gravemente sus poblaciones. Estos insectos dependen de la oscuridad para reproducirse y de ambientes húmedos para sobrevivir, condiciones cada vez más escasas en el país. Además, el cambio climático agrava su situación con sequías y temperaturas extremas. Su desaparición no solo representa una pérdida nostálgica, sino también ecológica, ya que ayudan a controlar plagas y son indicadores de la salud ambiental. Protegerlas es urgente para preservar su brillo.
En El Salvador, hubo un tiempo en que la noche no era completamente oscura. En los campos, entre cafetales, potreros y patios de tierra húmeda, pequeñas luces danzaban como si el cielo hubiera decidido bajar a jugar entre los árboles. Eran las luciérnagas. Para muchos, parte inseparable de la infancia; para otros, un misterio natural que nunca dejó de asombrar. Hoy, ese brillo parece desvanecerse lentamente, casi en silencio.
Las luciérnagas no solo eran un espectáculo: eran una experiencia. Bastaba salir después de una lluvia, cuando el aire estaba fresco y la tierra aún respiraba humedad, para verlas aparecer. En zonas rurales de La Libertad, Chalatenango o Morazán, los niños corrían detrás de esos destellos, intentando atraparlos entre las manos, solo para dejarlos ir segundos después. No había pantallas, ni necesidad de entretenimiento artificial. La magia estaba ahí, flotando en la oscuridad.
Pero esa escena, que parecía eterna, hoy es cada vez más rara.
Los científicos coinciden en que las luciérnagas están disminuyendo a un ritmo preocupante en todo el mundo, y El Salvador no es la excepción. Las razones son claras, aunque no por eso menos alarmantes: la pérdida de hábitat, la contaminación lumínica, el uso de pesticidas y el cambio climático están apagando poco a poco esa luz que durante generaciones iluminó nuestras noches.
El país ha cambiado mucho en las últimas décadas. Donde antes había bosques, milpas y terrenos húmedos, hoy hay urbanizaciones, carreteras y proyectos turísticos. Este crecimiento, aunque necesario en muchos sentidos, ha tenido un costo silencioso. Las luciérnagas dependen de ecosistemas muy específicos: suelos húmedos, vegetación nativa y ambientes relativamente intactos. Cuando estos espacios desaparecen o se fragmentan, su ciclo de vida se rompe.
A esto se suma un enemigo moderno que rara vez se percibe como tal: la luz artificial. Las ciudades y hasta los pueblos más pequeños están cada vez más iluminados. Faroles, postes, luces de casas, anuncios… la noche ya no es noche. Para las luciérnagas, esto es devastador. Su lenguaje es la luz: los destellos que producen no son aleatorios, sino señales precisas para atraer pareja. Cuando el entorno está saturado de iluminación, ese mensaje se pierde. No pueden encontrarse. No pueden reproducirse.

Es una tragedia silenciosa: no mueren de inmediato, pero dejan de existir en la siguiente generación.
El uso de pesticidas también juega un papel importante. En la agricultura salvadoreña, especialmente en cultivos intensivos, los químicos se utilizan para controlar plagas. Sin embargo, estos productos no distinguen entre insectos dañinos y beneficiosos. Las luciérnagas, tanto en su fase adulta como larvaria, son altamente vulnerables. Sus larvas, que viven en el suelo húmedo y se alimentan de pequeños invertebrados, mueren al entrar en contacto con suelos contaminados.
Y luego está el cambio climático, que en El Salvador ya se siente con fuerza. Las lluvias son más irregulares, las sequías más prolongadas y las temperaturas más extremas. Las luciérnagas necesitan humedad para sobrevivir, especialmente en sus primeras etapas de vida. Cuando el suelo se seca demasiado, cuando los ríos bajan su caudal o desaparecen pequeños humedales, su supervivencia se vuelve casi imposible.
Todo esto ocurre sin hacer ruido. No hay titulares constantes ni imágenes impactantes. Simplemente, un día salís al patio… y ya no están.
La desaparición de las luciérnagas no es solo una pérdida estética o emocional, aunque eso ya sería suficiente motivo de preocupación. También tiene implicaciones ecológicas. Estos insectos ayudan a controlar plagas de manera natural, alimentándose de caracoles, babosas y otros organismos que pueden afectar cultivos. Además, son indicadores de la salud ambiental: donde hay luciérnagas, generalmente hay un ecosistema equilibrado.
Su ausencia, entonces, dice mucho más de lo que parece.
En El Salvador, donde la conexión con la tierra aún es parte de la identidad cultural, perder a las luciérnagas es también perder una parte de la memoria colectiva. Es perder esas noches en las que el campo parecía vivo, esas historias contadas bajo un cielo estrellado, esos momentos simples que no necesitaban nada más.
Sin embargo, no todo está perdido.
Los científicos y ambientalistas coinciden en que aún hay tiempo para actuar. Proteger los pocos espacios naturales que quedan es fundamental. Reducir el uso de pesticidas y apostar por prácticas agrícolas más sostenibles puede marcar una gran diferencia. Y algo tan sencillo como apagar luces innecesarias durante la noche o utilizar iluminación más amigable con el entorno podría ayudar más de lo que imaginamos.
Incluso en casa, pequeños cambios pueden contribuir: dejar áreas del jardín con vegetación natural, mantener suelos húmedos y evitar químicos. Son gestos pequeños, pero necesarios.
Tal vez no podamos volver exactamente a aquellas noches de infancia, pero sí podemos evitar que desaparezcan por completo. Porque si las luciérnagas se apagan, no solo perdemos un espectáculo natural. Perdemos una señal de que algo en nuestro mundo todavía estaba funcionando bien.
Y en un país como El Salvador, donde la belleza muchas veces se encuentra en lo simple, dejar que esa luz desaparezca sería perder mucho más que un insecto.
Sería perder un pedacito de nosotros mismos.
Fuente: Greenpeace; estudio “A Global Perspective on Firefly Extinction Threats” (BioScience); investigación de la UNAM sobre diversidad de luciérnagas.
