El viaje más angustioso de la vida de Johny para encontrar a su hijo luego del incendio en la guardería municipal

Un hombre preocupado por su hijo recorrió media ciudad de San Salvador en moto para llegar a la guardería que era consumida por las llamas. Varios héroes anónimos fueron clave para que el siniestro no terminara en tragedia.

El momento en que Jhony Enrique Mendoza se reencontró con su hijo, quien había sido evacuado tras el incendio en la guardería del ISNA. Foto EDH/ Lissette Lemus

Por Marvin Romero

Mar 19, 2019- 21:25

Al enterarse que un incendio consumía las instalaciones de la guardería municipal de San Salvador, Johny Mendoza dejó, casi sin pensar, su trabajo y recorrió, en su motocicleta, medio San Salvador en busca de David, su hijo de 2 años y cuatro meses de edad, quien se encontraba entre los más de 120 niños que pasan sus mañanas en el edificio que, a esa hora, era devorado por las llamas. Tardó poco más de cinco minutos en llegar.

Johny sabe de emergencias, trabaja para una empresa que instala sistemas antisísmicos en las cercanías de la plaza al Divino Salvador del Mundo. Su jefe vio la noticia del incendio y de inmediato tomó el teléfono para llamarlo e informarle. El angustiado hombre llegó en cuanto pudo a la zona del siniestro.

En el lugar, bomberos, cuerpos de socorro, personal de la guardería, vecinos de la zona y particulares corrían hacia todas partes sin llegar a ningún sitio. La confusión dominaba el ambiente y una columna de humo negro dominaba los cielos. Las llamas salían por las ventas del edificio y el agua de las mangueras a penas conseguía entrar. Entre el desenfreno de la gente, Johny no veía a su hijo.

Se acercó a un grupo de socorristas de Comandos de Salvamento que hacían un esfuerzo por organizar a los angustiados padres que buscaban a los menores. Les proporcionó el nombre de David y, mediante comunicación por radio, consiguieron determinar que se encontraba en el gimnasio del Colegio Eucarístico, a solo unas cuadras de la guardería.

Cada minuto más preocupado, con una chamarra a medio poner y el casco de motociclista en las manos, Johny llegó a la cancha del colegio y comenzó a preguntar por David. Nadie le daba respuesta. Siguió caminando y preguntando. De pronto, una figura conocida a la distrancia, una camisa que consiguió identificar: era su hijo jugando en el suelo, sin siquiera recobrar el aliento gritó su nombre y corrió hacia él con los brazos extendidos. El niño, al escucharlo, hizo lo mismo. “papá, papá”, resonó en todo el espacio. Los dos se encontraron en un abrazo y la calma volvió al corazón de Johny.

Lo tomó entre sus brazos y lo abrazó como si no lo hiciera en mucho tiempo. Le dio un beso en la mejilla. David llevaba una pelota en las manos. Parecía no entender lo sucedido, parecía no importarle mucho. Se veía cómodo y seguro en los brazos de su padre. Las cámaras lo siguieron, su expresión cambiaba de la risa a la sorpresa cada par de segundos. Johny estaba al borde de las lágrimas.

“Cómo no voy a venir volando si es mi hijo”, declaró después de recorrer la cancha abrazando y besando al pequeño. El alivio, la felicidad y la emoción eran evidentes en su rostro, empapado de sudor y manchado de ceniza.

Los héroes anónimos

La pronta reacción de los trabajadores de la guardería municipal, la asistencia de los cuerpos de socorro, la reacción inmediata del Cuerpo de Bomberos y la ayuda de vecinos de la zona: todas fueron piezas clave para evitar que el incendio del edificio junto a la Alcaldía de San Salvador se convirtiera en una tragedia.

Minutos pasaban de las 10 de la mañana cuando las chispas de una máquina soldadora originaron las primeras llamas que no tardaron en expandirse. Se activaron las alarmas contra incendios y los extintores pero el fuego se propagó a tal velocidad que resultó imposible controlarlo.

De inmediato, las empleadas de la guardería, monjas y maestras, entrenadas como parte del grupo de seguridad ocupacional, comenzaron con la evacuación de los 121 niños que recibían clases en el edificio.

“Tuvimos el tiempo de revisar área por área para ver si no se había quedado alguien”, declaró una de las maestras.

Detrás de ella, dos de sus compañeras no podían contener las lágrimas al escuchar. Quizá, porque al contarlo revivieron lo sucedido, quizá por la alegría de haberlo hecho todo bien. “Cada mes hacíamos simulacros. Los niños estaban entrenados para esta situación y nosotras también”, destacó la maestra que hablaba al frente.

Luego de la evacuación, Comandos de Salvamento tomó la batuta en el traslado de los menores a un lugar seguro. Los dividieron en dos grupos: uno en el Colegio Eucarístico y el otro en la base central de Comandos, ambos sitios, a pocas cuadras del lugar del incendio. Luego organizaron, junto a los maestros de la guardería, el reencuentro de los padres con sus hijos. Todo a través de comunicación radial.

En ambos albergues improvisados, personal de la guardería, vecinos de la zona, maestros del colegio, voluntarios y un grupo de religiosas, se encargaban de mantener entretenidos a los niños y de calmar a aquellos que, probablemente por las llamas, se encontraban asustados o llorando. Las edades de los menores evacuados van desde los siete meses hasta los siete años.

“No sabemos nada, a buscar a nuestros hijos venimos”, dijeron con apuro algunos padres cuando ingresaban al gimnasio. Minutos más tarde, el rostro de preocupación les cambiaba por uno de alivo cuando salían por la puerta con sus niños en brazos. “Se siente horrible enterarse de esto así”, relató una madre a otra que limpiaba el rostro de su hija. “Gracias a Dios y a las maestras no hubo nada que lamentar”, declaró otra frente a las cámaras de televisión.

Bomberos informó luego que, tras su llegada al lugar, el incendio fue controlado en alrededor de 15 minutos.

Hicieron falta cuatro motobombas, una cisterna y 20 elementos del Cuerpo de Bomberos con dos estaciones en el Cuartel Central. La hipótesis que cobró más fuerza es la de la maquinaria de soldadura, pero serán las investigaciones posteriores las que determinen las verdaderas razones del siniestro.

Los niños fueron entretenidos con juegos mientras sus papás llegaban a buscarlos. Foto EDH/ Lissette Lemus

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