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Feliz año nuevo

El origen del universo, lejos de ser una explosión ciega y casual, es obra de un Dios inteligente. Somos parte de un amoroso proyecto divino. Aunque limitados, somos protagonistas y responsables. El maravilloso mundo creado – nuestro hogar - se nos fue entregado por Dios para que lo cuidáramos. Nuestra misma persona, imagen de Dios, es un proyecto a enriquecer.

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Por Heriberto Herrera
Publicado el 12 de enero de 2024


Es emocionante estrenar un nuevo año. Intercambiamos augurios optimistas con todo el mundo. Formulamos propósitos grandiosos para ese nuevo tramo de nuestro peregrinar en el tiempo. Nos sentimos un poco dueños de nuestro propio destino. Todo eso, siendo conscientes de que esa ensoñación se disipará rápidamente, para volver al trajín de todos los días.

O talvez queden resabios de ese afán por “manejar” nuestra existencia. O, al menos, desentrañar su lado misterioso. Y allí acuden los horóscopos, brujos o adivinos, los signos del zodíaco. En alguna parte misteriosa estaría trazado el diseño de nuestra vida.

Los antiguos filósofos griegos concebían el tiempo como un río que nos arrastra inexorable. El hado o el destino se apoderaba de nuestra vida y, ciego, nos llevaban a un final irremediable. El Destino se imponía. Y así, el ser humano carecía de responsabilidad sobre su propia existencia. El devenir de la historia resultaba entonces implacable.

La visión cristiana de la historia es totalmente diferente. El origen del universo, lejos de ser una explosión ciega y casual, es obra de un Dios inteligente. Somos parte de un amoroso proyecto divino. Aunque limitados, somos protagonistas y responsables. El maravilloso mundo creado – nuestro hogar - se nos fue entregado por Dios para que lo cuidáramos. Nuestra misma persona, imagen de Dios, es un proyecto a enriquecer.

Aunque limitados, está en nuestras manos decidir sobre nuestra propia vida y su entorno. La capacidad de ser responsables enaltece nuestra dignidad humana porque nos hace personas, no máquinas. Con el riesgo de malbaratar irresponsablemente nuestra propia existencia o la de los demás o el espléndido ambiente en que nos movemos.

Asumir con dignidad y responsabilidad el rol protagónico en la conducción de nuestra propia historia personal es una estimulante tarea. Ser colaboradores de Dios y no simples espectadores pasivos. O, peor aún, elementos dañinos para nuestro pequeño mundo o los compañeros de camino.

Que san Francisco de Asís nos ayude a aclarar nuestra mirada y ver nuestro entorno vital como hermanos a quienes enriquecer y con quienes celebrar.

Sacerdote salesiano y periodista.

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