Un maestro ambulante que enseña por placer

Guillermo es un catedrático universitario jubilado que actualmente da clases de lenguaje y matemática a los hijos de comerciantes informales de San Salvador.

Elmar de 11 años aún no puede leer con fluidez. Durante sus clases en el instituto sus compañeros se burlaban de él, así que se había decidido a ya no estudiar más para evitar la burla de los demás. Foto EDH/ Francisco Rubio

Por Francisco Rubio

May 15, 2021- 20:00

En la Universidad de El Salvador, Guillermo Urrutia impartía clases de Matemática y Física avanzada, entre otras materias de alto nivel. Al jubilarse decidió seguir dando clases. Ahora trabaja en el Instituto Nacional Gral. Francisco Menéndez por las mañanas y en la tarde se dedica a e educar a hijos de vendedoras del centro histórico capitalino.

Durante la pandemia, Guillermo comenzó a utilizar tecnología en línea para poder seguir ayudando a sus alumnos, pero notó que al estar en una computadora, estos se distraían mucho y no lograban comprender los temas.

 

Puede leer: “Mi mayor satisfacción es ver que ellos se superen”. El profesor Urrutia se dedica a dar clases a los niños del centro de San Salvador

“Yo lo que hice fue ir de casa en casa preguntando si algún niño necesitaba repasar sus materias”, comenta entre risas, ya que en ese momento había una cuarentena obligatoria en el país.

Al relajarse las medidas de confinamiento, salió de nuevo a la ciudad. Al ver a los niños vendiendo en las calles se le vino a la mente la idea de que podía, de alguna forma, ayudarlos a superarse. Preguntó a las madres si los pequeños necesitaban refuerzos en su aprendizaje y la mayoría de las señoras le dijeron que sí. “Comencé allá en el palo de hule, como le dicen (predio Exbiblioteca en la calle Delgado). De ahí ya tengo cinco niños graduados, todos ellos ya saben leer y escribir”, comenta Guillermo.

Foto EDH/ Francisco Rubio

Madres vendedoras

“Yo le pedí a Dios que me enviara a alguien para que nos ayudara de alguna manera”, dice Marlen, madre de Elmar de 11 años. Su hijo está en cuarto grado, pero debido a problemas con la actitud del menor fue expulsado de su centro de estudio. Marlen pasó a su hijo en otro colegio, pero al no saber leer ni escribir a su edad, los demás alumnos se burlaban de él.

“Él me decía que mejor le diera dinero para comprar dulces e irlos a vender, que ya no iba a estudiar porque mucho lo molestaban”, asegura la madre.

Dolores de Jesús es madre de otro de los clientes de Guillermo; Bryan, de siete años, quien acaba de iniciar su escolaridad. Ella dice que con gusto le ayudara a su hijo a repasar, pero no tiene la paciencia para enseñar. Bryan es un niño muy listo que se distrae con facilidad, pero desea superarse. “Mamá, esas clases que me dan en el colegio no son para niños chiquitos como yo”, asegura el menor.

Detrás de los puestos de venta informal del centro de San Salvador, el profesor Guillermo, instala una mesa para poder impartir clases a Bryan, quien esta aprendiendo a leer y escribir.
Foto EDH/ Francisco Rubio

Clases en la calle

El profesor Guillermo Urrutia dice no seguir el mismo procedimiento Montessori, que es asignado en los centros de estudio, debido a que no están adaptados a los niños más pequeños. “A mí me encanta trabajar con los niños porque una vez ellos aprenden a leer y escribir, ahí despegan y no se detienen”, expresa.

La mayoría de sus alumnos son inquietos o a veces no están acostumbrados a estar bajo el orden de un salón de clases, por lo que el profesor busca maneras de llamar su atención. “Sé que a un niño no le va a interesar si me pongo a hablar de política, pero si le hablo de su caricatura favorita cambia todo”, explica.

Actualmente, el profesor da clases a cuatro niños, a Marlon, un joven de bachillerato, cuya madre no logró estudiar más allá del segundo grado de primaria. Marlon es un joven muy interesado en el estudio y ante cualquier duda siempre hace preguntas a Guillermo.

Su caso más complicado es Elmar, quien, a consecuencia del bullying vivido anteriormente, había perdido por completo el deseo de aprender, pero Guillermo ha descubierto en él que tiene una gran capacidad para los números. “Denle un billete de lo que sea, de $100 puede ser, y él te trae hasta el último centavo del vuelto”, asegura el profesor.

Tiene otros alumnos, como Bryan y Diego, que demuestran mucho interés por aprender y ambos ya están desarrollando la capacidad de leer.

Foto EDH/ Francisco Rubio

Recompensa para ambos lados

Las madres le dan un pago simbólico, de dos dólares, por dos o tres horas de clase que en realidad no genera una ganancia significativa para el profesor e igual lo gasta en comprar alimentos, galletas o sodas para los niños, como una recompensa de su esfuerzo. También los motiva platicando con ellos sobre temas que les gustan. A veces, una plática puede servir para educarlos y alejarlos de las calles.

“Mi mayor satisfacción es ver que ellos se superen”, concluye con una gran sonrisa el profesor Guillermo Urrutia.

Foto EDH/ Francisco Rubio

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