Drogadicta
a los 14 años
La llamaremos
Violeta, aunque su nombre es otro, más
corto, más bello, y también de
flor. Una noche aun cercana, su novio la
llevó a una champa para vender su cuerpo
a una veintena de hombres y comprar
drogas
- Francisco
Ayala Silva
- El Diario
de Hoy
Ella
era bella y drogadicta. Ahora tiene 19
años y sigue bella, morena. Va a contar
su conversión en mujer en ese
paraíso artificial.
Violeta creció
en La Vega, un barrio histórico y popular
de San Salvador. Amaba a su padre hasta que lo
mataron, el 13 de mayo de 1994, día de la
Virgen de Fátima. Lo mataron porque se
opuso a un robo: el de su propio
auto.
La madre trabajó
entonces por Violeta y su hermano mayor. Ella
era una colegiala de 14 años, dolida por
la muerte de su padre y celosa -con violencia-
del amor de su madre por su hermano.
Violeta llegó a
la droga por curiosidad, como siempre. En su
colegio se vendía droga. La
vendían algunos alumnos, en secreto.
"Ningún profesor se daba cuenta, solo uno
que le decíamos 'el conejo'; a él
le dábamos droga para que nos pasara la
materia", recuerda Violeta.
Los compañeros
colectaban dinero -cinco colones cada uno- para
comprar marihuana. En comparación con las
drogas duras, la hierba es relativamente
inofensiva, pero es el trampolín a los
narcóticos pesados.
Ese es la frecuente
ruta de la droga
(marihuana-coca-alucinógenos), y ese
camino siguió Violeta. No tenía
que buscar marihuana en la calle: ésta
entraba al colegio por la puerta del
frente.
El éxtasis
continuaba en fiestas de fines de semana.
Allí llegaba la cocaína, el crack,
y con ellos la adicción, la
rebeldía.
Violeta utilizaba el
dinero de las colegiaturas para comprar droga,
hasta que su madre se dio cuenta. Entonces
comenzó el calvario
compartido.
Mamita
querida
Cada músculo
tiembla por droga, el cuerpo mismo es
insoportable sin ese combustible, hasta que la
adicción es más fuerte que el
adicto. Para el drogadicto no hay caja segura.
Necesita dinero, rompe
vidrios y candados, y las cosas de la casa
comienzan a cambiar de dueños.
Primero desaparecieron
las joyas de la madre de Violeta, luego la
licuadora, las cosas de escritorio, vajillas y
radios. Todo se fue para comprar droga.
Violeta entró en
un mundo de calles pobladas por drogadictos de 9
años y jóvenes adictas que venden
su vagina mientras cargan un recién
nacido.
De noche, su madre
salía a buscarla por las calles del
Barrio La Vega, que nunca han sido seguras.
Violeta
vivía explotando. La madre le
decía lo difícil: "te quiero"; y
la hija le gritaba "mentirosa, te voy a matar".
Cada día era más difícil
que el anterior: una vez, la madre tuvo que
salvar a su hija del hermano que la
estrangulaba.
Altos
vuelos
Las droga se
vendía -y se sigue vendiendo- en una
cercana venta de llantas.
"La policía sabe
que allí se vende droga", sostiene la
madre, "dos veces al día se detiene
allí un pick up de policía,
quién sabe para qué".
Violeta ya había
pasado de la cocaína al crack,
sabía hacer una pipa con antena de radio.
Hace tiempo que había dejado morir a los
peces de la sala para utilizar la manguera de la
pecera como conducto de salida para el humo que
convertía su habitación en
cámara de gases.
Cuando pasaba el fugaz
éxtasis del crack -"orgasmo" le dicen los
iniciados- ella quedaba con la mezcla de
cólera y postración de los
borrachos viejos cuando agotan las botellas de
licor.
Violeta se negaba a ir
a una clínica de rehabilitación.
Había recorrido una docena de colegios y
en todos encontraba proveedores de drogas. El
infierno ya no la seguía: lo llevaba
adentro.
Su madre solo
podía ver a su hija caer, "y pedir a Dios
para que se la llevara, porque la
prefería muerta a verla así".
Livin' la vida
coca
La madre se
había hecho adicta a la hija. Ésta
ya había probado el hongo amargo del
estiércol de la vaca y otros
alucinógenos. Sus amigos adictos
comenzaban a morir de bala o droga. Violeta ya
había dejado de comer.
Todos sus novios eran
drogos, desde el primero, que lo tuvo a
escondidas. En sus novios y amigos había
egoísmo y generosidad. Con ellos
recorría los barrios de la droga:
Tutunichapa, la calle Prado, la colonia San
Juan.
La mujer del mercado
San Jacinto que vendía drogas le dijo:
"usted no cree que me duele lo que le hago, pero
¿qué hago yo?".
Violeta había
vendido casi toda su ropa. La madre veía
las prendas de su hija en las calles de
drogadictos, a una cuadra de la oficina de
Francisco Flores.
La droga hacía
todo: un 30 de septiembre, un accidente de carro
le dejó 30 puntadas en la cabeza; otro
día tomó 200 pastillas para la
hipertensión que se las sacaron en un
hospital, con sonda.
El gas de los
encendedores le marcó en el labio
superior el bigote que dejan los encendedores de
gas para la pipa de crack. Llegó a pasar
9 días sin dormir. Su madre la recuerda
con ojeras que le llegaban hasta las
mejillas.
La
noche del diablo
Una noche, su novio de
turno la llevó a las tierras
baldías de la zona sur central de San
Salvador, donde la droga se fuma, inyecta,
traga, e inhala. Iban con un amigo, "El Enano".
El novio la
llevó a una casa de lámina.
Entraron. Adentro esperaban 20 hombres y un
pandillero que Violeta reconoció por su
apodo: "El Diablo".
Ella recordó
que, semanas antes, 17 hombres habían
violado a un amiga.
El terror le hizo ver
el porvenir: "El Diablo" saldría,
cerraría la champa por fuera y se
quedaría custodiando; ella
quedaría sola, con veinte hombres y su
novio, quien cobraría 10 colones por
coito.
Violeta corrió a
la puerta y logró salir,
acompañada por "el enano". Los
persiguieron, pero el terror les daba agilidad.
Llegaron a calle
pavimentada y siguieron corriendo, hasta llegar
a una estación de la PNC. Los
policías les permitieron pasar
allí parte de la noche, pero ella
recuerda que amaneció en las ramas de un
árbol.
Un puñado de
policías salieron a buscar a los
perseguidores. Encontraron a algunos (incluyendo
al novio) e hicieron lo recomendable: les
curtieron los cuerpos con las
cachiporras.
Violeta había
escapado de un noche con demonios. Esa
experiencia la convenció de ir a terapia
en la Fundación Antidrogas de El Salvador
(FUNDASALVA). Allí sigue.
Con frecuencia le
llaman los amigos viejos y vuelve el apetito por
la autodestrucción. Pero ella trata de
estar limpia y sobria este día. Solo este
día del mundo.