Lunes 29 de noviembre


Drogadicta a los 14 años

La llamaremos Violeta, aunque su nombre es otro, más corto, más bello, y también de flor. Una noche aun cercana, su novio la llevó a una champa para vender su cuerpo a una veintena de hombres y comprar drogas

Francisco Ayala Silva
El Diario de Hoy

Ella era bella y drogadicta. Ahora tiene 19 años y sigue bella, morena. Va a contar su conversión en mujer en ese paraíso artificial.

Violeta creció en La Vega, un barrio histórico y popular de San Salvador. Amaba a su padre hasta que lo mataron, el 13 de mayo de 1994, día de la Virgen de Fátima. Lo mataron porque se opuso a un robo: el de su propio auto.

La madre trabajó entonces por Violeta y su hermano mayor. Ella era una colegiala de 14 años, dolida por la muerte de su padre y celosa -con violencia- del amor de su madre por su hermano.

Violeta llegó a la droga por curiosidad, como siempre. En su colegio se vendía droga. La vendían algunos alumnos, en secreto. "Ningún profesor se daba cuenta, solo uno que le decíamos 'el conejo'; a él le dábamos droga para que nos pasara la materia", recuerda Violeta.

Los compañeros colectaban dinero -cinco colones cada uno- para comprar marihuana. En comparación con las drogas duras, la hierba es relativamente inofensiva, pero es el trampolín a los narcóticos pesados.

Ese es la frecuente ruta de la droga (marihuana-coca-alucinógenos), y ese camino siguió Violeta. No tenía que buscar marihuana en la calle: ésta entraba al colegio por la puerta del frente.

El éxtasis continuaba en fiestas de fines de semana. Allí llegaba la cocaína, el crack, y con ellos la adicción, la rebeldía.

Violeta utilizaba el dinero de las colegiaturas para comprar droga, hasta que su madre se dio cuenta. Entonces comenzó el calvario compartido.

Mamita querida

Cada músculo tiembla por droga, el cuerpo mismo es insoportable sin ese combustible, hasta que la adicción es más fuerte que el adicto. Para el drogadicto no hay caja segura.

Necesita dinero, rompe vidrios y candados, y las cosas de la casa comienzan a cambiar de dueños.

Primero desaparecieron las joyas de la madre de Violeta, luego la licuadora, las cosas de escritorio, vajillas y radios. Todo se fue para comprar droga.

Violeta entró en un mundo de calles pobladas por drogadictos de 9 años y jóvenes adictas que venden su vagina mientras cargan un recién nacido.

De noche, su madre salía a buscarla por las calles del Barrio La Vega, que nunca han sido seguras.

Violeta vivía explotando. La madre le decía lo difícil: "te quiero"; y la hija le gritaba "mentirosa, te voy a matar". Cada día era más difícil que el anterior: una vez, la madre tuvo que salvar a su hija del hermano que la estrangulaba.

Altos vuelos

Las droga se vendía -y se sigue vendiendo- en una cercana venta de llantas.

"La policía sabe que allí se vende droga", sostiene la madre, "dos veces al día se detiene allí un pick up de policía, quién sabe para qué".

Violeta ya había pasado de la cocaína al crack, sabía hacer una pipa con antena de radio. Hace tiempo que había dejado morir a los peces de la sala para utilizar la manguera de la pecera como conducto de salida para el humo que convertía su habitación en cámara de gases.

Cuando pasaba el fugaz éxtasis del crack -"orgasmo" le dicen los iniciados- ella quedaba con la mezcla de cólera y postración de los borrachos viejos cuando agotan las botellas de licor.

Violeta se negaba a ir a una clínica de rehabilitación. Había recorrido una docena de colegios y en todos encontraba proveedores de drogas. El infierno ya no la seguía: lo llevaba adentro.

Su madre solo podía ver a su hija caer, "y pedir a Dios para que se la llevara, porque la prefería muerta a verla así".

Livin' la vida coca

La madre se había hecho adicta a la hija. Ésta ya había probado el hongo amargo del estiércol de la vaca y otros alucinógenos. Sus amigos adictos comenzaban a morir de bala o droga. Violeta ya había dejado de comer.

Todos sus novios eran drogos, desde el primero, que lo tuvo a escondidas. En sus novios y amigos había egoísmo y generosidad. Con ellos recorría los barrios de la droga: Tutunichapa, la calle Prado, la colonia San Juan.

La mujer del mercado San Jacinto que vendía drogas le dijo: "usted no cree que me duele lo que le hago, pero ¿qué hago yo?".

Violeta había vendido casi toda su ropa. La madre veía las prendas de su hija en las calles de drogadictos, a una cuadra de la oficina de Francisco Flores.

La droga hacía todo: un 30 de septiembre, un accidente de carro le dejó 30 puntadas en la cabeza; otro día tomó 200 pastillas para la hipertensión que se las sacaron en un hospital, con sonda.

El gas de los encendedores le marcó en el labio superior el bigote que dejan los encendedores de gas para la pipa de crack. Llegó a pasar 9 días sin dormir. Su madre la recuerda con ojeras que le llegaban hasta las mejillas.

La noche del diablo

Una noche, su novio de turno la llevó a las tierras baldías de la zona sur central de San Salvador, donde la droga se fuma, inyecta, traga, e inhala. Iban con un amigo, "El Enano".

El novio la llevó a una casa de lámina. Entraron. Adentro esperaban 20 hombres y un pandillero que Violeta reconoció por su apodo: "El Diablo".

Ella recordó que, semanas antes, 17 hombres habían violado a un amiga.

El terror le hizo ver el porvenir: "El Diablo" saldría, cerraría la champa por fuera y se quedaría custodiando; ella quedaría sola, con veinte hombres y su novio, quien cobraría 10 colones por coito.

Violeta corrió a la puerta y logró salir, acompañada por "el enano". Los persiguieron, pero el terror les daba agilidad.

Llegaron a calle pavimentada y siguieron corriendo, hasta llegar a una estación de la PNC. Los policías les permitieron pasar allí parte de la noche, pero ella recuerda que amaneció en las ramas de un árbol.

Un puñado de policías salieron a buscar a los perseguidores. Encontraron a algunos (incluyendo al novio) e hicieron lo recomendable: les curtieron los cuerpos con las cachiporras.

Violeta había escapado de un noche con demonios. Esa experiencia la convenció de ir a terapia en la Fundación Antidrogas de El Salvador (FUNDASALVA). Allí sigue.

Con frecuencia le llaman los amigos viejos y vuelve el apetito por la autodestrucción. Pero ella trata de estar limpia y sobria este día. Solo este día del mundo.


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