Domingo 2 de julio


¡Épico!

Firpo y ADET disputaron ayer acaso la final más emocionante en la historia del fútbol salvadoreño. La lentitud de los pamperos y la imprecisión en el pase de los pupilos de Quartarone fue resarcida con el coraje que ambas divisas imprimieron al juego. Cualquiera pudo ganar, pero en la lotería de los pénales, luego de 24 golpes al corazón, el toro cantó su séptima corona.

Cristian Villalta
El Diario de Hoy

La vida volvió a burlarse de nuestra diminutez. Hace once años, Luis Angel Firpo osó violar el monopolio futbolístico de aguiluchos, fascistas, albos y marcianos. Lo consiguió merced al apoyo económico de Sergio Torres, pero también la suerte tuvo que ver con aquella hazaña. Más allá de los merecimientos, los pamperos cantaron su primer alirón no sin antes arrodillarse, suplicando que sus jugadores no fallasen en una definición por pénales contra el Cojutepeque.

Ayer, la lotería de los doce pasos volvió a impartir su incomprensible justicia. Todo pareció como calcado, con Cárcamo Batres rondando por ahí, con los hinchas usulutecos de hueso colorado pintarrajeando el cielo capitalino de rojo, de azul y de blanco, con un rival inesperado hambriento de travesuras. La única diferencia fue que Sergio Torres no acompañó a los suyos desde la grada. Ahora lo hizo de un modo más entrañable, aupando el alma de sus futbolistas.

Firpo no fue mejor que ADET. Durante largos pasajes del choque, los pupilos de Juan Quartarone incluso deshicieron la confianza del favorito sabatino. Panameño y Contreras le dieron un baile a Dos Santos, Castro Borja también sufrió las gambetas de esa dupla endemoniada. Si Salvador Alfaro no hubiese dejado su pierna buena guardada debajo de la almohada, los venados estarían celebrando su bautizo de gloria.

Dominado por un enano respondón, el gigante futbolístico de los noventas no pudo sino apelar a los viejos cánones. A Raúl Toro, que demostró ser, no tanto una pieza divina en el lego de Julio Escobar, sino más bien un amuleto; a la obstrucción, al riesgo de foulear en los linderos del área; a la barrida arriesgada, cuando el perímetro les soplaba en la nuca. Algunos le llaman oficio. Otros le denominan experiencia. Los escépticos le apodan maña. En esta hora, cuando todo Usulután dedica el triunfo al dirigente que transformó a su perdedor de siempre en el ganador de costumbre, los análisis salen sobrando.

ADET mereció ganar, al igual que el Cojutepeque hace once años. ¡Qué más da! La historia siempre es escrita por los ganadores. En ese ejercicio, Firpo ya se acabó siete lapiceros.


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