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Mario Alfonso Macora Castillo
Del fútbol al torno
Como
futbolista ganó cuatro títulos nacionales y un NORCECA,
y también fue a un Mundial. Hoy, como tornero, se dice que
es el mejor de San Miguel .
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Aquí está
Mario con la camiseta de aquel Águila campeón
de 1975. Es el primero de la izquierda, junto a Moisés
González.
Foto EDH
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Su nombre es Mario Alfonso Castillo, pero todo el país deportivo
lo conoce por Macora, por un apodo que le quedó
desde niño.
Hijo de Porfirio Castillo y Marina Díaz, Mario Alfonso fue
un muchacho que siempre le metió el hombro a su hogar humilde,
pues desde los 14 años alternaba la escuela con un trabajo
de enderezado y pintura en los talleres de Saquiro. A los 16 cumplidos
lo reclutó el ejército y prestó su servicio
militar durante un año.
Pero el fútbol siempre estuvo en sus venas, y lo jugaba en
la calle, en la escuela, en el cuartel y en donde fuera. Una vez
que fue dado de baja en el ejército, se enroló en
su primer equipo organizado: El Salvador, que participaba en la
cuarta categoría de la Liga Media. Con 18 años cumplidos
arribó a Dragón, que estaba en la Liga de Ascenso.
Allí jugaba con El Cisco Díaz y Salvador
Zuleta, entre otros, que luego pasaron a militar en la primera división,
en aquel equipo de Aguila que fue campeón bajo el mote del
Kinder de Barraza, llamado así porque casi todos
los jugadores andaban entre los 19 y 20 años.
Lo demás fue meteórico para Mario Alfonso: la consagración
como uno de los mejores laterales derechos del fútbol nacional,
dos títulos nacionales más con Aguila, y uno de CONCACAF.
Luego Santiagueño y sus lujos, y otro título. Y enseguida,
lo que todo futbolista anhela: seleccionado nacional y la presencia
en el mundial de España82. ¿Qué más
podía pedir Mario Alfonso? La verdad es que nada.
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Mario Alfonso Castillo en su oficio, manipulando
el torno en su taller de mecánica automotriz.
Foto EDH |
EL OBRERO DE SIEMPRE
Por eso mismo, cuando en 1987 Mario Alfonso anunció su retiro
del fútbol luego de una presencia de dos años con
Alianza y otro más en su retorno al Aguila, era un hombre
verdaderamente realizado como deportista.
A 16 años de haber tomado aquella decisión, sigue
siendo el hombre aplomado al que no se le quiebra la voz cuando
rememora su pasado futbolístico. Es más, ahora mira
la vida desde ese otro ángulo que lo atrajo desde adolescente:
la mecánica automotriz.
Dice sentirse contento al frente de su taller, un local ubicado
en el 600 de la 3a. Av. Norte de su San Miguel natal, que tiene
un nombre singular TraTo porque es lo que él
le ofrece a sus clientes: un trato de amigo, lo que siempre fue
para todos los que lo miraron bien dentro y fuera del fútbol.
Cuando me fui del fútbol tenía unos ahorros
que me sirvieron para poner este taller. Fue lo que siempre quise
hacer. Presto servicios de mecánica, vendo repuestos y tengo
la especialidad de trabajos en torno. Los tiempos son duros, pero
al menos no nos falta la comida en casa, dice satisfecho.
Y se lo creemos, porque es lo que muestra.
Nació: San Miguel
Equipos: Dragón (1970), Águila (1972-77),
Santiagueño (1978-83), Alianza (1984-85), Águila
(1986-87)
Logros: tres títulos con Águila, uno más
con Santiagueño, y participación en el Mundial España82.
Hijos: Mario Alfonso (ya fallecido), Paulo, Mario Luis.
Ariana Cristina y José Miguel.
MOTIVOS DE UN APODO
Nunca entendí la razón del
apodo. Yo tenía 9 años cuando, al salir corriendo
de la casa, choqué con un niño de mi misma edad
que pasaba por la acera. El niño quedó tirado en
el suelo llorando y gritando el nombre de su mamá, que
se llamaba Cora. Lo gritaba así:¡MaCora,
maCora!. Yo, que me había quedado parado y
sin saber qué hacer, salí corriendo cuando vi aparecer
a la señora. Sin saber por qué, me quedó
un temor a que doña Cora me hiciera algo. Por eso, los
que lo sabían, cada vez que me veían jugando en
la calle me asustaban gritando: Ahí viene MaCora.
Yo, como por un acto reflejo, invariablemente salía corriendo..
Por último, regado el rumor de mi miedo por todo el barrio,
ya todos me gritaban:¡MaCora! apenas me
veían. Y me lo dijeron tanto que la palabra hasta perdió
el apóstrofe, y el Macora, así de simple,
se me quedó para toda la vida. Increíble, ¿no?
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