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Mario Alfonso “Macora” Castillo

Del fútbol al torno

Como futbolista ganó cuatro títulos nacionales y un NORCECA, y también fue a un Mundial. Hoy, como tornero, se dice que es el mejor de San Miguel .

Roberto Aguila
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Aquí está Mario con la camiseta de aquel Águila campeón de 1975. Es el primero de la izquierda, junto a Moisés González.
Foto EDH

Su nombre es Mario Alfonso Castillo, pero todo el país deportivo lo conoce por “Macora”, por un apodo que le quedó desde niño.

Hijo de Porfirio Castillo y Marina Díaz, Mario Alfonso fue un muchacho que siempre le metió el hombro a su hogar humilde, pues desde los 14 años alternaba la escuela con un trabajo de enderezado y pintura en los talleres de Saquiro. A los 16 cumplidos lo reclutó el ejército y prestó su servicio militar durante un año.

Pero el fútbol siempre estuvo en sus venas, y lo jugaba en la calle, en la escuela, en el cuartel y en donde fuera. Una vez que fue dado de baja en el ejército, se enroló en su primer equipo organizado: El Salvador, que participaba en la cuarta categoría de la Liga Media. Con 18 años cumplidos arribó a Dragón, que estaba en la Liga de Ascenso. Allí jugaba con “El Cisco” Díaz y Salvador Zuleta, entre otros, que luego pasaron a militar en la primera división, en aquel equipo de Aguila que fue campeón bajo el mote del “Kinder de Barraza”, llamado así porque casi todos los jugadores andaban entre los 19 y 20 años.

Lo demás fue meteórico para Mario Alfonso: la consagración como uno de los mejores laterales derechos del fútbol nacional, dos títulos nacionales más con Aguila, y uno de CONCACAF. Luego Santiagueño y sus lujos, y otro título. Y enseguida, lo que todo futbolista anhela: seleccionado nacional y la presencia en el mundial de España’82. ¿Qué más podía pedir Mario Alfonso? La verdad es que nada.

Mario Alfonso Castillo en su oficio, manipulando el torno en su taller de mecánica automotriz.
Foto EDH

EL OBRERO DE SIEMPRE

Por eso mismo, cuando en 1987 Mario Alfonso anunció su retiro del fútbol luego de una presencia de dos años con Alianza y otro más en su retorno al Aguila, era un hombre verdaderamente realizado como deportista.

A 16 años de haber tomado aquella decisión, sigue siendo el hombre aplomado al que no se le quiebra la voz cuando rememora su pasado futbolístico. Es más, ahora mira la vida desde ese otro ángulo que lo atrajo desde adolescente: la mecánica automotriz.

Dice sentirse contento al frente de su taller, un local ubicado en el 600 de la 3a. Av. Norte de su San Miguel natal, que tiene un nombre singular –TraTo– porque es lo que él le ofrece a sus clientes: un trato de amigo, lo que siempre fue para todos los que lo miraron bien dentro y fuera del fútbol.
“Cuando me fui del fútbol tenía unos ahorros que me sirvieron para poner este taller. Fue lo que siempre quise hacer. Presto servicios de mecánica, vendo repuestos y tengo la especialidad de trabajos en torno. Los tiempos son duros, pero al menos no nos falta la comida en casa”, dice satisfecho.

Y se lo creemos, porque es lo que muestra.


Nació: San Miguel
Equipos: Dragón (1970), Águila (1972-77),
Santiagueño (1978-83), Alianza (1984-85), Águila (1986-87)
Logros: tres títulos con Águila, uno más con Santiagueño, y participación en el Mundial España82.
Hijos: Mario Alfonso (ya fallecido), Paulo, Mario Luis.
Ariana Cristina y José Miguel.

MOTIVOS DE UN APODO

“Nunca entendí la razón del apodo. Yo tenía 9 años cuando, al salir corriendo de la casa, choqué con un niño de mi misma edad que pasaba por la acera. El niño quedó tirado en el suelo llorando y gritando el nombre de su mamá, que se llamaba Cora. Lo gritaba así:“¡Ma’Cora, ma’Cora!”. Yo, que me había quedado parado y sin saber qué hacer, salí corriendo cuando vi aparecer a la señora. Sin saber por qué, me quedó un temor a que doña Cora me hiciera algo. Por eso, los que lo sabían, cada vez que me veían jugando en la calle me asustaban gritando: “Ahí viene Ma’Cora”. Yo, como por un acto reflejo, invariablemente salía corriendo.. Por último, regado el rumor de mi miedo por todo el barrio, ya todos me gritaban:“¡Ma’Cora!” apenas me veían. Y me lo dijeron tanto que la palabra hasta perdió el apóstrofe, y el “Macora”, así de simple, se me quedó para toda la vida. Increíble, ¿no?”

 

 

 

 

 


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