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“Cuando la vida no vale nada”

“El negro”, el testigo clave del doble crimen, también tiene sus problemas con las justicia. En enero, fue detenido por el robo de dos bicicletas.

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Agrupados en las pandillas parecen imbatibles, no le temen a nadie ni a nada. Para ellos, el crimen es algo común, cotidiano. Todo es “vacil”. Pero cuando están solos, en esa incómoda intimidad, son víctimas de sus propios miedos, prejuicios y desesperanzas.

La mayoría de ellos está convencida de que no pasará de los 20 años. En este tiempo correrán veloces y violentas, como una locomotora sin rumbo, su maltrecha niñez, una juventud precoz, una pesada adultez y una penosa vejez.

Esa es la gran esperanza de vida que tienen esos pequeños pandilleros, quienes han crecido entre el hacinamiento, la violencia intrafamiliar, la falta de valores y caricaturas animadas, que únicamente destacan la violencia.

La mayoría de los “mareros” fue víctima de sus propios familiares, según el estudio “Barrio adentro”, realizado por la Universidad Centroamericana (UCA), con la ayuda de organismos internacionales. El 31.7% fue víctima de su padre; el 22.2%, de la madre, y el 19%, de los tíos.

De allí que, en la calle, en el grupo, se sientan cómodos, escuchados y comprendidos. Engañosamente, en la pandilla logran sobrellavar la inseguridad y la marginación que padecen.

“Todo lo anterior da cuenta, aunque sólo en forma descriptiva, de la manera en que gran parte de estos jóvenes ha estado expuesta a la violencia, aun en el seno de sus hogares”.

Otros valores

Sin embargo, la violencia en sus propios hogares no es la única respuesta, dogmática ni antojadiza, para comprender el comportamiento ni los problemas emocionales que los afectan.

En gran medida, más allá de la estructura familiar, la calidad de los vínculos y de los valores entre los miembros de la familia también es fundamental.

Esta variante la ha comprobado el subcomisionado Hugo Ramírez Mejía, jefe de la Policía en Soyapango, quien libra una batalla distinta contra las pandillas.

No cree en la violencia, pero sí en la simple represión para controlarlos. Está convencido del acercamiento, de la comunicación y de planes coherentes y sostenibles para corregir las fallas.

“A menudo detenemos a menores infractores y nos topamos con familias completas. Viven con sus padres y hermanos, pero, en el fondo, no se comunican, los vínculos son bien débiles”.

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A largo plazo, esos niños que matan padecerán de graves secuelas emocionales que los atormentarán por más que parezcan fuertes.

“Si no hay una variación en su estilo de vida en la actualidad, es posible que terminen en actividades criminales mayores, depresión, angustia, desesperación, incapacidad de llevar una relación estable de pareja”, advierte el doctor Alberto Concha-Eastman, quien es asesor regional de violencia y salud de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Aunque vive en Washington, Estados Unidos, es un especialista en pandillas y conoce la realidad salvadoreña. Participó en el estudio “Barrio adentro”.

“Si queremos solucionar esta situación, tenemos que hacerlo desde la familia, con la familia. Se necesitan decisiones de la sociedad en su conjunto”.

Por el momento, los grandes proyectos estatales para atender el mal y sus dolencias no existen o, al menos, no se ven. Así “la vida no sigue valiendo mucho” en esos callejones de Soyapango.


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