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Tierra de todos, tierra de nadie

Cada pinta, cada graffiti, es la mejor muestra del control y del poder. Sobre los muros, las huellas también recuerdan a los “mareros” muertos en esa extraña e inútil guerra.

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

La calle al cantón el Limón, en Soyapango, es el límite de las enemistades. Es una frontera imaginaria, acaso el muro que divide a las dos Coreas o la línea que separa a judíos de árabes, en la que al menor descuido sobrevienen los ataques, las venganzas y las muertes inútiles. Todo ocurre en un espacio tan pequeño.

Apenas es una franja de unos 300 metros de largo, por unos cinco de ancho. Al oriente, en donde las urbanizaciones Montes de San Bartolo se cuentan hasta cinco, está el territorio de la “Mara 18”.

Al cercano poniente, están Prados de Venecia cuarta etapa y Las Margaritas, la zona de la “Mara Salvatrucha”. La disputa es constante, con pequeños intervalos de sosiego, mientras se entierra el último muerto o se simula olvidar el último ataque.

En cualquiera de los dos lados, la cotidianidad es la misma, los mismos movimientos, las mismas pequeñas casas, seguidas unas detrás de otras en los angostos pasajes.

En la Avenida Gran Canal, en Prados de Venecia, en donde los menores mataron a las indefensas víctimas en diciembre pasado, pareciera que nada ocurre. Las apariencias engañan.

Más uno

Se estima que sólo en la zona de Prados de Venecia y Las Margaritas habitan unas 50 mil personas. La estimación toma fuerza al caminar por los angostos pasajes y contar el número de casas. Sólo en un pasaje hay 60 casas. En cada hogar habitan al menos cinco personas.

Por las tardes, los menores deambulan en esos espacios tan reducidos, en las entrada de los pasajes, en las aceras. Caminan de un lado a otro y, luego, regresan al mismo punto, como que si fueran inquietos animales que, sacados de sus jaulas, no pueden escapar.

Los cálculos de la Alcaldía de Soyapango son más avasalladores: el municipio tiene una extensión de 29.8 kilómetros cuadrados. Una tras otra, 232 colonias y comunidades están juntadas en ese pequeño territorio, marcado por las constantes migraciones y un crecimiento demográfico desproporcionado.

Lo que hace unos años eran cañaverales, que se perdían en el norte, o terrenos baldíos ahora son populosas colonias. Sólo en esos 29.8 kilómetros cuadrados, habitan 600 mil personas (por hoy, se considera a Soyapango como la segunda ciudad más importante del país).

La acuciosidad hace más dramáticos y asfixiantes los cálculos: por metro cuadrado, conviven unas 20 personas.

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En la zona de Prados de Venecia y Las Margaritas, apenas existen unas cinco canchas de baloncesto y dos de fútbol para los 50 mil habitantes. Esa es toda la posibilidad de esparcimiento.

Únicamente imaginándose semejante hacinamiento, se pueden comprenderse algunos movimientos, como el de las pandillas y sus secuelas, según diversos estudios.

El investigador Carlos Umaña, en el libro “Los jóvenes en situación de exclusión social”, hace una aproximación al fenómeno:

“típicamente, un joven del Área Metropolitana de San Salvador vive en un área habitacional reducida, sin espacio suficiente y en condiciones de hacinamiento que lo inducen de manera física hacia la calle, donde encuentra un entorno que carece de la dotación de áreas verdes para su sana recreación y la canalización de sus energías”.

Ante este panorama, reflexiona Umaña, los jóvenes construyen respuestas destructivas contra el propio barrio que los margina o erigen marcaciones de poder, “en forma primitiva y establecen guerras territoriales entre diferentes bandas”.

Las marcas, unas grotescas y otras delicadas, son las mejores expresiones de la identidad y el control de las “maras”. A un lado de la calle El Limón, las paredes están marcadas con el número 18.

A tan sólo cinco metros, al cruzarse la calle, la “MS” y el “13” marcan el inicio del otro territorio. Por ningún lado se observan las cruces, las de aquellos inocentes que han caído abatidos en esa extraña guerra, librada en territorios tan pequeños y sombríos. Viven juntos, pero no revueltos.

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