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Convivimos
con un ángel
A cada segundo, en cada rincón, está su constante
recuerdo. Todos los días, en esta angustiosa lucha que continuamos,
la buscó, a veces siento que me va a hablar o que la voy
a encontrar en los lugares en los que solía estar.
Es un dolor tan inmenso, que hemos estado a un paso de la locura.
Esto es lo más duro que puede padecer un padre; créanme,
no se lo deseo a nadie. Todas las noches lloró a mi muchachita.
Esa tarde, ella, cuando llegó herida, la llevamos al hospital
y cuatro horas más tarde perdió el conocimiento. Cuatro
días después, murió.
Rosmery era tan inteligente. Iba a estudiar Noveno Grado en la
escuela Salguero, de Soyapango. A pesar de sus 14 años, estaba
convencida de que quería estudiar sicología. Al igual
que sus hermanos mayores -una estudia último año de
derecho, y el otro, segundo año de odontología-, era
dedicada.
Mire, no es que sea mi hija, pero ella era un ser muy especial.
Aunque ya tenía el cuerpo de una señorita, era una
niña a la que le gustaba jugar, arreglar la casa.
Y de repente, sucede esa desgracia. Esa no fue ninguna balacera,
como han querido decir. Al contrario, fue una ejecución.
Quien lo hizo fue un criminal, aunque haya sido un niño.
Me duele tanto, pero es exagerado el sistema en el que vivimos.
Yo quisiera preguntarle a los que velan por los derechos humanos,
dónde están los derechos nuestros.
El desconcierto es tan grande que me he hecho miles de preguntas.
Qué fue lo que tanto hice mal, para qué me castigarán
de esa manera. Si lo único que hemos hecho es dedicarnos
a nuestros hijos.
Ahora, que su recuerdo nos acompaña a cada segundo, nos
consolamos porque tuvimos la oportunidad de tener ese ángel
entre nosotros, de llamarla hija. Ahora, cada recuerdo, cada rincón,
cada palabra, es como un tesoro, tan valioso y tan triste a la vez.
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